Este domingo 26 de abril se celebró una carrera atlética entre Bulevar del Bosque y El Tigre. El recorrido incluyó los 3.4 kilómetros de la vía Los Colibríes, escenario que hoy sirve de monumento a la desidia. Es necesario recordar que esta obra inició el 11 de octubre de 2021, con un plazo de 15.5 meses; hoy, tras 48.5 meses, se encuentra sin terminar, abandonada y saqueada. El valor inicial fue de $31.862 millones. Tras adiciones por $20.300 millones, la cifra subió estrepitosamente a $52.162 millones, sin contar aún con el costo de los predios. Da rabia el robo a las arcas municipales y la total ausencia de una justicia pronta, sensata y oportuna.
Este escenario de abandono no es un hecho aislado, es el síntoma de un mal crónico que viene sucediendo en la ciudad desde hace muchos años. Entre muchos otros conocidos, recuerdo una denuncia de saqueo a una empresa del municipio en el año 2017. Estando en el Concejo, un nefasto personaje, me pidió escuchar al propietario de una empresa que celebró un contrato con esa entidad por $250 millones, para prestar un servicio de limpieza del sistemas de tratamiento de aguas residuales. Este personaje me informó que solo fue intermediario de un dirigente muy conocido, dueño real del contrato, y que él solo cobró el 5% por prestar su nombre.
El contrato se terminó y liquidó en pocos días, recibido el dinero, le ordenaron sacar su comisión ($12.5 millones) y devolver el resto. Al pedir soportes contables, tras muchas peleas, solo le entregaron facturas por $40 millones. Él replicó que aquello era un atraco, como pretendían quedarse con $210 millones. Decidió en primera instancia poner en conocimiento ese hecho a la entidad, y por eso se me encomendó buscar a su gerente con el fin de reintegrar el dinero y hacer una liquidación real. En la reunión, el gerente escuchó la denuncia guardando cómplice silencio y posando de «santo varón», y finalmente, comprometiéndose a reliquidar el acta suscrita. Formulé las denuncias ante los entes de control y, con rabia lo digo, nada ocurrió. El dinero se lo embolsillaron y el «malo» terminé siendo yo por denunciar.
Hoy es un riesgo hablar de estos temas, pero es necesario. La corrupción en las regiones es de extrema gravedad. Mientras los cobros de impuestos y tarifas de servicios por entidades territoriales y empresas de servicios públicos crecen varias veces por encima de la inflación, los mayores ingresos de los ciudadanos —salarios, emprendimientos o giros del exterior— son devorados por estas mismas entidades. No hay capacidad de ahorro para las familias, ni para las pequeñas empresas.
Mi llamado (de nuevo) es a dejar de ser tolerantes. Los corruptos no descansan; crean permanentemente nuevas formas de saquear el erario, mientras la gente olvida y tolera con su silencio. Ya nadie cuestiona el pésimo servicio de la concesión de alumbrado público, ni el alto costo y el mal servicio prestado por el sistema integrado de transporte público MEGABUS. Tampoco los desastres del famoso catastro multipropósito a cargo del Área Metropolitana, que nos ha costado varios miles de millones, nadie dice nada de las cuantiosas obras adicionales en la Intersección Corales, adjudicada con estudios precarios e insuficientes, violación del principio de planeación y economía. Tiende a olvidarse, mediante maniobras de comunicación, las denuncias del pésimo servicio de aseo prestado en Pereira, por el cual operadores privados recaudan $140.000 millones al año sin vigilancia alguna y con la complicidad de la alcaldía. La administración miente al decir que caducará el contrato, pues no existe ni un solo llamado de atención real a su concesionario, en los pobres informes cuatrimestrales de interventoría, elaborados por funcionarios de Aseo de Pereira que no sienten vergüenza de su mediocridad.
Se requiere una sociedad que reclame. Ya viene la segunda etapa de Los Colibríes, más «carnuda», amarrada y maquillada. Nos están metiendo los dedos en la boca y, si nos descuidamos, se llevarán hasta las cajas de dientes.
Despierten, por favor: “Mientras la ciudad se prepara para el ruido de las fiestas, el silencio de las paredes de los colegios públicos que se derrumban, es ensordecedor».


