Los “outsiders” son un fenómeno mundial en política. Un “outsider” es un actor que entra a la competencia electoral por fuera de los partidos políticos para construir una narrativa alrededor de una alternativa diferente a “los políticos de siempre” apelando a la idea de ruptura con todo lo existente y buscando conexión emocional con los electores a partir de un estilo personalista.
Estos candidatos surgen por la desconfianza institucional especialmente en los partidos políticos y por el incumplimiento de los gobiernos. Ambos se convierten en terreno fértil para dar una respuesta emocional al desencanto y prometer gobiernos fuertes y eficaces. Identifican culpables (élites o políticos) y montan una narrativa simple de cambio inmediato.
El fenómeno es posible gracias a las redes sociales que permiten al “outsider” difundir mensajes disruptivos, emocionales y polarizantes y llegar a audiencias sin necesidad del vehículo tradicional que eran los partidos políticos.
Colombia no ha sido ajena al fenómeno de los “outsiders”. En las pasadas elecciones tuvo a Rodolfo Hernández que, aunque tenía trayectoria política se posicionó como “outsider” con un discurso anti partidos y élites tradicionales y con promesas de cambio inmediato.
En el escenario político actual Abelardo de la Espriella se proyecta como el “outsider”. Al igual que Rodolfo, aunque lo apoyan políticos de los “partidos de siempre” (Liberal, Conservador, Cambio Radical, incluyendo el Clan Char) vende otra imagen para mantener la conexión con su audiencia antipolíticos.
Rodolfo tuvo una comunicación informal apoyada en el humor y el rechazo a la corrupción. Abelardo montó un show con mejor producción y un mensaje más combativo de hombre fuerte y mano dura. Aunque puedan parecer distintos son el mismo fenómeno. En Colombia tienen el rechazo de los votantes de centro y de amplios sectores de la opinión, lo que los hace candidatos débiles para ganar.
Por último, el fenómeno de los outsiders en Colombia refleja un malestar real frente al funcionamiento del sistema político. El problema no es lo que prometen sino cómo entienden el poder, las instituciones y los límites del ejercicio democrático. La capacidad de ser novedoso para los votantes no es la misma para tramitar los conflictos de un país dentro de las reglas establecidas.
Gobernar no es solo confrontar, generar indignación o prometer cambio, implica construir acuerdos dentro de la institucionalidad. El país no va a superar sus problemas pasando de un populismo de izquierda a uno de derecha.


