jueves, mayo 21, 2026

EL MAYOR REGALO DEL CIELO Y PARA EL CIELO

OpiniónEL MAYOR REGALO DEL CIELO Y PARA EL CIELO

Vivió la incertidumbre de las guerras, aunque, a decir verdad, salió bien librada de ellas, creo que la fe que llevó en las venas curtió su corazón, para que liberase la más grande batalla, la de ser “columna y sostén de una familia”.

La mejor imagen que conservo de ella es la versatilidad para reunir a la familia en un pequeño rincón de la sala donde vivió para regalar esa oralidad que fascina.

En medio de tantas historias y anécdotas recreadas por su padre, exaltaba los ánimos de los presentes, al mencionar personajes como el diablo y sus múltiples apariciones a jóvenes que desobedecían a sus padres, leyendas que pasaron de generación en generación y aún siguen vigentes.

Con una memoria que archivó los más recónditos acontecimientos de la guerra de los mil días y el temor generado en los habitantes del pueblo donde residía. Época donde el liberalismo se irrespetaba sólo con la mención de collarejos y el conservatismo, la otra corriente política de esa época, con el calificativo de godos. Política de arraigo, ya que hasta la vida se ofrendaba con tal de respetar el nombre del partido político.

La pérdida de su madre a temprana edad, marca su vida delegándole responsabilidades asumidas a pesar de no ser parte de sus sueños, pero, sí el reto que cumplió otorgándole la mejor calificación. Se hizo madre de sus hermanos menores y la mano derecha de su padre con sólo nueve años. Se topó con circunstancias adversas, descubrir los secretos de una casa, comprender que la sal de la vida, también era requisito para darle sazón a los platos que preparaba en un fogón de leña; delegar tareas a sus hermanos para encontrar equilibrio en las lides del hogar y que todo permaneciera ordenado. En fin, detalles que hoy cobran sentido, ya que su ejemplo ha trascendido.  Estos son apenas algunos datos que me permito evocar en este recorrido elaborado desde el 2 de enero para exaltar su nombre y perpetuar su historia.

El tiempo pasa, los recuerdos también persisten en su memoria, pareciera que estuviesen esculpidos para ser repetidos una y mil veces, su mente es maravillosa guardando expresiones que representan lo que es ella como hermana, hija, madre, abuela, bisabuela, tía y por qué no, suegra.

Aunque su mirada ya no tenga el mismo brillo que ofrecen los años mozos, lo que sí contemplo con asombro es ese bello color azul grisáceo, para algunos, casi que imperceptible, yo en cambio me quedo embelesada ante tanta belleza. Con ella logra identificarlo todo, los matices, esos que atraen por su colorido e indudablemente, los rostros del amor, de sus amores, de sus hijos.

Sus oídos un poco agobiados escuchan, ya no como cuando era niña o joven, están tornándose lentos, poco perceptibles, pero, lo intenta; es la lucha de la fuerza contra la insensatez de los años.

Ha perdido independencia, esa que no le impidió durante tantos años cruzar la Avenida Cuarta para cumplirle una cita a su hijo en aquel panteón del Cementerio San Bonifacio, en la ciudad de Ibagué. Una cita con el amor, con ese que le arrebataron y que le costó comprender. Ahora la movilidad depende del acompañamiento y apoyo para ordenarle a sus pies que no se detengan, necesita los brazos de otras personas para insistirle a su cuerpo y no doblegarse. Aún muestra ese ímpetu.

La tonalidad y timbre de su voz sigue intacta, es su mayor huella. De sus labios se escuchan palabras de gratitud por la vida, por nuestra presencia en momentos como este y como siempre para bendecirnos.

La observo con detenimiento, me sumerjo en dos manos, esas que también cuentan historias, tejieron ajuares para recibirnos y recibir a sus nietos, plancharon, lavaron, nos mostraron el camino indicado, pero sobre todo nos bendijeron. Son manos cansadas del camino, de las agujas que han invadido sus venas para tratar de ser alivio ante la enfermedad. Manos que enfrentaron pinchazos, que la invadieron de dolor, manos benditas.

Su espíritu, el mayor de los regalos, jamás desistió, siempre ha ido adelante del pelotón para mostrar que los guerreros la dan toda hasta el último minuto y que la fe es el instrumento que acompaña esa lucha, por eso sigue en pie, firme, orante. Es guerrera de vida, es ejemplo.

 Admiro sus cabellos, ese blanco nieve que lució con orgullo, apareció con los años después de que el tiempo arrebatara su originalidad reflejando la blancura de su alma.

Es luz en el camino de todos, sin embargo, ese pabilo pierde fuerza apagándose, pero persiste, porque la única verdad que su espiritualidad permite es, continuar en la batalla hasta que Dios lo decida. No es ella, ni la vida, es el dador, es ÉL.

Ahí radica la magnificencia de su belleza, porque no es la física, es la espiritual, la que lleva dentro de sí y que ha abanderado toda su vida. Por eso es, inigualable.

Enero me mostró que vamos por la vida sin rumbo fijo, de prisa, pero, cuando nos sentimos acechados por el peligro a perder algo valioso, nos detenemos, volviendo a las raíces, al pasado, al presente e identificar con detalle lo que hemos recogido en ese devenir.

El tiempo pasa, hacemos camino y nos centramos en ese recorrido, en nuestro andar, aunque en ese devenir, la arrastrásemos, porque si sonreímos, también lo hizo, pero si el dolor se asomaba, se adhería a su piel. Tarea interminable, nunca la liberamos de cargas, las llevaba en su lomo, pesándole inclusive más que a nosotros, pero no las sultó. Es mamá.

Hay que amar hasta el dolor, pero demostrarlo las 24 horas del día, que ese sentimiento se convierta en elixir de vida y motivación para que cuando el viento quiera arrebatarnos seres queridos, la misma naturaleza deposite la energía necesaria para que esa brisa arrolladora, llegue sin lacerarnos, sino con la tranquilidad del deber cumplido.

Hoy los recuerdos se hacen presentes en un vaivén de emociones difíciles de describir. La veo sentada en un sillón de la sala con el devocionario del padre Ignacio Larrañaga abierto, casi que, declamando cada oración, con la prosodia necesaria para comprenderla, hojeando cada partecita del mismo, sin prisa, no la tiene, hay paz en su alma.

Es ella, es mamá, es ejemplo, brillo, esperanza, sal en nuestro caminar. Su historia está presente en cada rincón de nosotros, de los que la vieron de paso por la clínica, de los que comprendieron el significado del verdadero amor o simplemente de quienes escucharon sus memorias.” Ella, el mayor regalo del cielo y para el cielo”.

Cuatro meses después, “su dolor se transformó en la sonrisa que esbozará al encontrarse con sus seres amados. Se acabaron las noches de vigilia por la agudeza de sus dolores y por la interminable lista de medicamentos que recibía con desgano. Ahora, el cielo festeja su llegada, mientras yo, aquí extrañaré su presencia, al tiempo que agradeceré su compañía en momentos aciagos y de felicidad”.

“La vida me ha hecho merecedora de una cifra millonaria: El amor desbordado de mamá”.

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