La discriminación siempre empieza igual: alguien se convence de que vale más que los demás. Cuando esa arrogancia se instala en el debate público, la intolerancia acaba enmascarándose de virtud y el desprecio de argumento.
Hay fanáticos tan arrogantes y tan embriagados de superioridad moral que no les basta con defender sus ideas: necesitan convencerse de que quienes discrepan de ellos son inferiores. Y, en ese afán, terminan descalificando a diestra y siniestra, sin advertir que esa intransigencia también alcanza a personas de su propio entorno.

En este chat polarizador queda plenamente demostrado –según quienes se consideran propietarios exclusivos de la verdad– que la inteligencia en Colombia pertenece únicamente a la derecha y que la autodenominada “gente de bien” ocupa, en solitario, un selecto club de “iluminados”.
Para esos cruzados de la superioridad intelectual, más de la mitad de los colombianos vendría siendo una multitud de ignorantes y zarrapastrosos. Y lo más revelador es que, al lanzar semejante condena colectiva, terminan estigmatizando a numerosos familiares, amigos y conocidos que no comparten sus preferencias políticas.
Cuando se llega a esos extremos, el prejuicio acaba convirtiéndose en una caricatura de sí mismo: ya no distingue entre adversarios y seres queridos, entre desconocidos y personas cercanas. Su lógica es tan absurda que termina excluyendo, marginando y hasta segregando a quienes forman parte del propio círculo afectivo de quienes la practican.
Extraña manera de proclamarse superior: dividir a los colombianos entre inteligentes y estúpidos, entre egregios y réprobos, para acabar descubriendo que entre los supuestos desdeñables figuran padres, hijos, hermanos, amigos y personas por las que dicen sentir afecto y respeto.
¿Qué tal, ah…?
Quien necesita creerse más inteligente que todos para sostener sus ideas termina revelando que su mayor problema no es la supuesta falta de inteligencia ajena, sino la escasez de humildad propia. Porque la inteligencia auténtica convence con argumentos; la soberbia, en cambio, discrimina, descalifica, estigmatiza y excluye. Y cuando esas conductas se convierten en hábito, dejan de ser simples diferencias de opinión para transformarse en expresiones inequívocas de sectarismo y discriminación.
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* Periodista y corrector de estilo
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