Desde que te concebí, el espejo físico dejó de importarme. Ya no era indispensable para identificar las huellas que van dejando los años, ni para corregirlas o tal vez para trabajar la estética tan esperada por todos. Ya me empecé a mirar en tus latidos, en cada pulsación que lograba percibir, en tu crecimiento y hasta en las reacciones que provocaba una canción quizás desafinada, o una melodía bien ejecutada o sencillamente el tacto de mi piel tratando de decirte cuánto amor albergaba mi cuerpo, mi ser, y que llenaba esa necesidad de verme reflejada en un objeto, porque ya me miraba en una personita que me transformaba, se podía percibir en la felicidad de mi rostro, lo que me hacía lucir bella. Como mamá.
Hoy, decido escribirte. No se estableció una fecha para celebrarte, seguramente porque hasta el (comercio), descifra que, para una madre, los 365 días calendario, son consagrados a tu ser. Pese a ello, hoy considero, necesario hacerlo, porque cuando hayas terminado de leerme comprenderás que no hay un solo instante de mi vida en el que tu memoria se incruste desde la alborada, hasta la caída del día y del cansancio de una jornada, para dibujar cada momento en tu grata compañía. Estás tatuado, sigues conectado al cordón umbilical, ese corte realizado con el alumbramiento, sólo fue un distractor del cuerpo, porque estarás atado a mí, toda la vida.
Es un homenaje también a la capacidad que tienes para ser fuerza en los momentos en los que nos visita la debilidad. Basta con tener la certeza de que hay un ser que confía ciegamente en esa madre, en mí. Que incluso la entronizas.
Sin instructivos para comprender tu lenguaje, me bastaba saber que, ante el llanto, debía considerar la prosodia del mismo y acudir a tu llamado de manera asertiva. Porque pude diferenciar el llanto de dolor físico y el de cubrir una necesidad vital. Pude leerte, sigo leyéndote aún sin tenerte aquí cerca donde el tiempo pareciera distanciarnos, pero con la certeza de que conozco tu ser.
La sicología me ha acompañado y sin ese título, identifico tus ausencias, tus dudas, tus conflictos internos y procuro encontrar el discurso o la orientación adecuada, aunque, quizás, sólo el silencio, baste, para, aprender a escucharte, como la mejor manera de decirte: Todo va a estar bien.
Ante la presencia de una enfermedad, del dolor físico, supe auscultarte y manejar con tacto lo que estaba al alcance de mi conocimiento, evitándote el dolor hasta volverme hábil cuando la escena se hacía presente. También descubrir tu ADN y todas las herencias que te había regalado, incluyendo las nocivas, así comprendía el lenguaje del cuerpo.
Conocí la geografía a través de ese mar de inmensidades en el que parecías naufragar cuando no lograbas comprender los fenómenos de ese sistema entroncado, complejo, lleno de accidentes. En ocasiones con un norte difícil de hallar, pero logrado al final del sendero.
Procuré dar solución a tus problemas sumando las oportunidades presentes, para restarle peso a cada momento de confusión.
Me convertí en artista en las lides del hogar: en la cocina, inventando recetas que fuesen de tu agrado, pero que estuviesen cargadas de los nutrientes necesarios para tu bienestar; con tus uniformes para que siempre lucieras impecable; con las tardes de lectura y colaboración académica para que sobresalieras en clase, porque parte de esa formación, se libraba en casa.
Intenté ser sastre, modista, pintora, en fin… Desempeñarme en todas las artes, aunque las desconociera, pero, asumí ese reto.
Mis manos se multiplicaban para trasladarme a muchos sitios cargando equipaje, pañalera, abrigos, mantas, en fin… No hubo limitantes para cumplir con propósitos de vida.
Te mostré el camino de la fe, de la espiritualidad y el respeto por ese Dios que ha sido nuestra fortaleza y guía y que es insigne en tu caminar. Es luz en tu vida.
Luché por hacer de ti un hombre, una mujer libre, es decir, esa persona que pueda caminar tranquilamente sin temores, porque es consciente de los principios y valores que recibiste en casa para ser ejemplo en la sociedad.
Te inculqué el amor por el otro, por el desvalido, por los amigos, los hermanos, por la familia, por los maestros, pero en especial por ti mismo, (a).
Al enfrentarte al mundo laboral sembré en ti la conciencia sobre la mejor actitud, dependiendo de la mirada adecuada, de tu postura, de tu amabilidad para transmitir al otro la armonía que se requiere en ese ámbito, aunque tu corazón sangrara internamente.
Ahora, que te has convertido en un hombre, en una mujer, puedo reconocer que ha valido la pena, que siempre valdrá la pena, cuando puedo ver ese fruto de años de esfuerzo y entrega. Por esto y por darme la capacidad para realizar tantas proezas contigo, por realizar lo intangible, por desafiar peligros, por volverme invencible ante el dolor de algún momento donde todo parecía oscuro. Gracias, hijo, gracias, hija.
Hoy, pude comprender que nada, ni nadie podrá arrebatarme el mejor título que he recibido. El de ser mamá. Sin perfecciones, sólo mamá.
«Uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere.»
Benedetti


