«En política, las palabras convencen. Pero mucho antes de que un candidato pronuncie una sola frase, su cuerpo ya comenzó a hablar.»
Existe una vieja creencia según la cual las elecciones se ganan con buenos discursos. No es del todo cierta. Los grandes estrategas de la comunicación saben que, cuando un ciudadano observa por primera vez a un candidato, su cerebro ya empezó a construir una opinión antes de escuchar la primera propuesta.
La postura, la mirada, la velocidad al caminar, el movimiento de las manos, la expresión del rostro, el tono de la voz y hasta la forma de saludar hacen parte de un lenguaje silencioso que el cerebro interpreta en apenas unos segundos. Es la comunicación no verbal, quizá una de las herramientas más poderosas —y menos comprendidas— de la política.
Las campañas invierten millones en publicidad, estudios de opinión y redes sociales, pero olvidan con frecuencia que el primer mensaje nunca sale de la boca del candidato. Sale de su cuerpo.
Porque una campaña no permanece en la memoria colectiva únicamente por un buen eslogan. Permanece cuando ese eslogan encuentra un gesto capaz de convertirse en símbolo.
Uno de los mejores ejemplos en Colombia fue el de «Mano firme, corazón grande». Aquella expresión no era solamente una frase. Era un sistema completo de comunicación. La mano levantada con firmeza, el dedo señalando con decisión, la postura erguida, la mirada frontal y un tono de voz firme transmitían exactamente el mismo concepto: autoridad con determinación. Durante años el gesto nunca cambió. Esa coherencia terminó haciendo que millones de colombianos identificaran al personaje incluso sin necesidad de escuchar su nombre. El movimiento dejó de ser un gesto para convertirse en una marca política.
El caso reciente de Iván Cepeda ilustra el fenómeno contrario. En la recta final de la campaña apareció utilizando el pequeño corazón formado con el índice y el pulgar, un gesto nacido en la cultura del K-pop surcoreano. Para quienes siguen ese movimiento musical, representa afecto, cercanía y agradecimiento hacia los seguidores.
Sin embargo, en comunicación el problema nunca es únicamente el mensaje. También importa el contexto.
Ese pequeño corazón pertenece a un universo cultural muy específico, asociado principalmente a artistas coreanos y a públicos adolescentes y jóvenes adultos. Buena parte de quienes lo reconocen de manera espontánea pertenecen precisamente a esos segmentos, muchos de los cuales apenas comienzan a ingresar al censo electoral o incluso todavía no votan. Para buena parte del electorado mayor de veinticinco años, el gesto simplemente no forma parte de su lenguaje cotidiano y, por tanto, carece de significado emocional.
Y cuando un símbolo necesita explicación, deja de funcionar como símbolo.
Pero existe un segundo aspecto aún más importante. Los gestos políticos no se inventan quince días antes de una elección. La comunicación no verbal exige repetición, coherencia y autenticidad. Cuando un candidato incorpora de manera repentina un nuevo código visual, especialmente uno que nunca había hecho parte de su identidad pública, el elector difícilmente lo interpreta como algo espontáneo. Más bien percibe un intento de adaptación estratégica. En comunicación política, la autenticidad vale mucho más que la creatividad.
Lo corporal visual importa ¡y mucho!
Las manos, sin embargo, son apenas una parte del mensaje. También hablan la postura, el desplazamiento sobre el escenario, la intensidad de la voz, el ritmo con que se desarrolla un discurso e incluso la relación del candidato con sus apuntes.
Un dirigente que ocupa el escenario con naturalidad, mantiene una posición erguida, proyecta la voz, sostiene contacto visual permanente y desarrolla sus ideas sin depender constantemente de documentos transmite una sensación distinta a quien prefiere una expresión corporal más contenida, un tono pausado y un mayor apoyo en papeles o notas para estructurar su intervención. Ninguno de esos estilos determina por sí solo la capacidad para gobernar, pero todos influyen en la percepción que construye el elector. La política no se analiza únicamente con la razón; también se percibe con la intuición.
Por eso resulta interesante observar la construcción comunicativa de Abelardo de la Espriella. Más que un saludo, su campaña desarrolló un ritual. La expresión «Firmes por la Patria», acompañada de una venia inspirada en la tradición militar, una postura corporal firme, un desplazamiento dinámico, una voz enérgica y una narrativa constante alrededor del patriotismo conforman un lenguaje visual coherente.
Sus intervenciones suelen desarrollarse sin acudir de manera permanente a textos escritos, lo que refuerza la percepción de dominio del mensaje y del escenario. Independientemente de las simpatías o diferencias políticas que pueda despertar, existe una disciplina comunicativa evidente: cada elemento cuenta la misma historia.
Y ahí aparece la diferencia entre un gesto y un símbolo.
Un gesto es simplemente un movimiento.
Un símbolo es un movimiento al que la sociedad termina otorgándole significado.
Ese significado no lo decide el candidato.
Lo decide la gente.
La historia política está llena de ejemplos. La «V» de la victoria de Churchill, el puño cerrado de numerosos movimientos sociales nacido en la vieja Unión Soviética, la mano firme de algunos liderazgos trascendieron porque dejaron de pertenecer a una persona para representar una idea colectiva.
Quizá las campañas deberían dedicar menos tiempo a preguntarse qué frase decir y más a comprender qué comunica el candidato cuando todavía guarda silencio.
Las palabras pueden convencer.
Pero el cuerpo habla primero.
Y, muchas veces, también termina inclinando la decisión del voto.
Fernando Sánchez P.
Comunicador, consultor y columnista.


