CONTRARREVOLUCIÓN (PERSECUCIÓN) CULTURAL

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A lo largo de la historia, la persecución de la cultura y los intentos de imponer un modelo de pensamiento único han respondido al interés de los poderes políticos, religiosos o ideológicos por homogeneizar a la sociedad y eliminar la disidencia. El propósito de «unificar» el pensamiento, las creencias y la ideología no es un invento moderno, sino una estrategia tan antigua como la propia civilización humana.

Recorrer los principales hitos de la censura y la persecución de la cultura en cualquiera de sus manifestaciones, ya sean artísticas, literarias o musicales, entre otras, requeriría un tratado de varios volúmenes. Para el contexto de un artículo periodístico, es necesario hacer una síntesis con autocensura.

Un breviario conscientemente autocensurado

En momentos en que en nuestro país se busca replantear el papel de la mujer en la sociedad, resulta válido abordar la persecución cultural desde una perspectiva de género, es decir, desde la historia de ELLAS.

La censura y la persecución de las mujeres en las artes y las letras no han sido hechos aislados, sino mecanismos históricos y sistemáticos para silenciar la voz femenina, borrar su autoría y castigar cualquier manifestación que desafiara el control patriarcal, la moral religiosa o el orden político. A lo largo de los siglos, esta exclusión ha pasado de la destrucción física de sus obras a la invisibilización de sus autoras mediante seudónimos masculinos y a las formas contemporáneas de censura digital.

La poeta lírica Safo de Lesbos, cuya obra celebraba el amor, el deseo y la subjetividad femenina, fue objeto de condenas morales a lo largo de la historia. Una tradición, cuya veracidad es discutida, atribuye al papa Gregorio VII la orden de quemar sus obras en 1073. La pérdida de gran parte de su producción literaria sigue siendo uno de los episodios que alimentan el debate sobre la conservación y la censura de la literatura antigua.

La destrucción de la biblioteca de Serapis, heredera de la célebre biblioteca de Alejandría, se produjo tras su clausura y el asalto de turbas cristianas y soldados romanos, en el marco de los decretos del emperador Teodosio I, en el año 391 e.a. Siguiendo ese ejemplo, el obispo Cirilo habría instigado a la turba que cometió el brutal asesinato de Hipatia, en el año 415 e.a., un símbolo de la violencia ejercida contra el pensamiento independiente. Brillante filósofa, astrónoma y matemática.

Durante siglos, el acceso de las mujeres al latín, la teología y la imprenta estuvo severamente restringido. Marguerite Porete (1250-1310), mística y escritora francesa, redactó El espejo de las almas simples. Tras negarse a retirar su libro de circulación, fue condenada por herejía por el Tribunal de la Inquisición y quemada viva en la hoguera en París, junto con sus libros.

Por razones de espacio periodístico y dado que este no pretende ser un documento académico, es necesario dar un salto en la historia.

Con el auge de la novela, las mujeres escritoras se enfrentaron a un veto comercial y crítico: la literatura escrita por ellas era calificada de «superficial», mientras que las obras complejas se consideraban «impropias de una dama». Para publicar y obtener reconocimiento, muchas renunciaron a su propia identidad. Las hermanas Brontë, Charlotte, Emily y Anne, tuvieron que publicar sus obras más destacadas, Jane Eyre y Cumbres borrascosas, bajo los nombres de Currer, Ellis y Acton Bell. Mary Ann Evans, por su parte, adoptó el seudónimo de George Eliot para garantizar que sus novelas de contenido político y social fueran tomadas en serio y no consideradas simples «romances femeninos».

Según Virginia Woolf, el ostracismo de las mujeres no fue un accidente biológico, sino el resultado de una estructura social deliberadamente diseñada mediante la dependencia económica y la privación de espacios propios, que las obligó a permanecer en la sombra de la historia.

En la actualidad, las formas de silenciamiento se han trasladado al entorno digital y a los regímenes teocráticos o autoritarios. Plataformas globales como Instagram y Facebook aplican algoritmos que censuran de manera desproporcionada el arte y la fotografía feminista, amparándose en políticas opacas sobre «desnudez», mientras permiten representaciones hipersexualizadas de la mujer desde una perspectiva masculina.

En países como Irán y Afganistán, las mujeres artistas, poetas y músicas sufren hoy una persecución física extrema. Con el regreso del régimen talibán, se prohibió formalmente a las mujeres cantar, recitar poesía en público o estudiar arte, lo que las ha obligado a recluirse en la clandestinidad absoluta para crear.

En la historia de esta Viña de Cañarte, la exclusión y la persecución de las mujeres también han ocupado un lugar destacado. Un ejemplo es la marginación que sufrió durante muchos años Guadalupe Zapata. Mientras tanto, la narrativa oficial de la región exalta el progreso económico derivado de la caficultura como una gesta exclusivamente masculina, sobre una estructura profundamente patriarcal, clerical y excluyente.

El papel de la mujer se valoraba, principalmente, por su capacidad para engendrar familias numerosas —la mano de obra necesaria para los cafetales— y por el trabajo físico no remunerado que realizaba en las fincas. El peso de la censura moral era tal que autoras pioneras como Natalia Ocampo se vieron obligadas a incluir y publicar, de manera explícita, una dispensa formal de un obispo en las primeras páginas de su novela Una mujer, para poder distribuirla en formato de libro sin sufrir el ostracismo social absoluto.

Ahora, la invitación es a recorrer la historia de esta persecución cultural.

Los pitagóricos, en el siglo V a.e.a., constituyen uno de los ejemplos más tempranos y brutales de persecución cultural, política e ideológica de la Antigüedad. Una turba enfurecida rodeó e incendió la casa del atleta Milón, donde se encontraban reunidos los principales integrantes de la escuela pitagórica. Muchos de ellos quedaron atrapados en el interior, murieron quemados o fueron asesinados cuando intentaban escapar. Sus libros y tablillas matemáticas fueron destruidos o dispersados. Obligados a vivir en el exilio, los pitagóricos rompieron su estricto pacto de silencio y comenzaron a publicar sus libros y conocimientos por primera vez. Se salvó el Teorema de Pitágoras.

Sócrates (399 a.e.a) representa uno de los casos más célebres de persecución del pensamiento. El filósofo fue condenado a morir bebiendo cicuta, acusado de «corromper a la juventud» y de «no creer en los dioses de la ciudad». Su método de cuestionamiento constante desafiaba los fundamentos democráticos y tradicionales de Atenas. Por su parte, el modelo militar espartano aplicaba la xenelasia, es decir, la expulsión periódica de extranjeros, y prohibía el desarrollo de la filosofía, la retórica y las artes teatrales avanzadas, al considerarlas debilidades que corrompían el carácter guerrero de sus ciudadanos.

Bajo el mandato de Qin Shi Huang, primer emperador de la dinastía Qin, entre 213 y 210 a. e.a., se ordenó destruir textos filosóficos —especialmente confucianos— e históricos que no estuvieran alineados con la doctrina oficial del Estado.

Con la llegada del cristianismo al poder, surgieron grupos de monjes fanáticos y cristianos fervientes que, comparables con los extremistas modernos, destruyeron, decapitaron y vandalizaron templos paganos, estatuas y obras de arte de incalculable valor en todo el Imperio romano. Entre estos episodios estuvo la demolición del célebre Serapeo de Alejandría. El triunfo de la nueva fe —la misma a la que pretenden someternos hoy— conllevó la erradicación sistemática de la literatura y la filosofía que no se ajustaban a los dogmas cristianos. Textos científicos, filosóficos y poéticos fueron quemados.

La Inquisición medieval y el Tribunal del Santo Oficio, instituidos por la Iglesia católica a partir del siglo XII, persiguieron la herejía, la disidencia religiosa y el pensamiento heterodoxo. Entre sus hitos figuran la bula Ad abolendam (1184) y la Inquisición española (1478). La lectura de textos prohibidos fue castigada mediante instrumentos como el Index Librorum Prohibitorum, además de prácticas de coacción y tortura.

Nicolás Copérnico (1473-1543) formuló la teoría heliocéntrica, según la cual la Tierra y los demás planetas giran alrededor del Sol. Esta propuesta contradecía directamente la interpretación bíblica oficial y la teoría geocéntrica de la Iglesia católica, que situaba a la Tierra en el centro del universo. Consciente del peligro y de las posibles represalias por herejía, Copérnico retrasó la publicación de su obra maestra hasta el año de su muerte. Décadas después, en 1616, la Iglesia católica incluyó formalmente su libro en el índice de libros prohibidos, donde permaneció censurado hasta 1835. Galileo Galilei (1564-1642) utilizó el telescopio para aportar pruebas empíricas que respaldaban la teoría heliocéntrica de Copérnico. Su defensa del método científico y de la observación astronómica chocó frontalmente con el dogmatismo teológico de la Contrarreforma. En 1633, la Inquisición romana lo sometió a un célebre juicio bajo la acusación de «herejía grave».

Tras la llegada de los imperios europeos, los procesos de evangelización y conquista del continente americano incluyeron la destrucción sistemática de templos, códices, lenguas y expresiones religiosas de los pueblos originarios, con el propósito de imponer una única visión cultural y religiosa occidental.

La Enciclopedia de Diderot y d’Alembert, en el siglo XVIII, fue objeto de una intensa persecución. Al situar la razón, la ciencia y los oficios mecánicos al mismo nivel —o por encima— de la teología, Denis Diderot y sus colaboradores desafiaron directamente el monopolio intelectual del absolutismo y de la Iglesia católica. El papa Clemente XIII condenó la obra, el rey Luis XV prohibió su publicación en dos ocasiones, en 1752 y 1759, y el Parlamento de París ordenó la quema pública de textos relacionados. Los enciclopedistas fueron calificados de herejes, corruptores de la moral y enemigos del Estado.

Miguel Hernández (1910-1942) fue un poeta español profundamente comprometido con la defensa de la Segunda República y la causa popular durante la Guerra Civil española. Su poesía, de gran valor estético y social, representaba la resistencia cultural frente al fascismo. El dictador Francisco Franco lo capturó y lo sometió a terribles condiciones de hacinamiento e insalubridad en las cárceles franquistas, lo que le provocó una tuberculosis severa que causó su muerte en prisión a los 31 años. En este contexto, resulta válido recordar que el político colombiano Laureano Gómez, pariente lejano, aunque cercano en ideas, de uno de nuestros ministros, era admirador de Franco.

La quema de libros del régimen nazi (1933), una práctica que a otro ministro actual le encanta replicar, marcó uno de los episodios más emblemáticos de la persecución cultural. En Alemania, el Partido Nacionalsocialista, liderado por Adolf Hitler, organizó hogueras públicas para incinerar miles de obras literarias, científicas y filosóficas consideradas «degeneradas», judías, pacifistas o contrarias al nacionalgermanismo. Para el régimen de Hitler, la música no era solo entretenimiento, sino también una herramienta de propaganda biológica y cultural. El jazz y el swing fueron catalogados oficialmente como música degenerada y sufrieron una persecución sistemática sustentada en el racismo y el nacionalismo extremo.

La Revolución Cultural Proletaria en China (1966-1976), impulsada por Mao Zedong, movilizó a las juventudes, conocidas como Guardias Rojos, para erradicar las «Cuatro Viejas»: las viejas costumbres, la vieja cultura, los viejos hábitos y las viejas ideas. Durante este proceso se clausuraron universidades, se persiguió a profesores, artistas e intelectuales y se destruyó patrimonio histórico. Lu Hongen, director de la Orquesta Sinfónica de Shanghái, se negó rotundamente a renunciar a su amor por la música clásica y a criticar a compositores occidentales. Fue arrestado y, tras sufrir brutales torturas, ejecutado en 1968. Antes de morir, pidió a su compañero de celda que conservara el recuerdo de la Novena Sinfonía de Beethoven.

El 28 de noviembre de 1986, la dictadura de Augusto Pinochet ordenó incinerar públicamente cerca de 15.000 ejemplares del libro La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, escrito por Gabriel García Márquez. Esta hoguera, encendida en el puerto de Valparaíso, fue el punto culminante de una política prolongada y sistemática de depuración cultural y quema de libros que la dictadura chilena ejerció desde el 11 de septiembre de 1973.

En agosto de 2024, las autoridades talibanas anunciaron una ley sobre la promoción de la virtud y la prevención del vicio que impone nuevas restricciones a la población afgana. Naciones Unidas advirtió que la normativa profundizaba las restricciones contra las mujeres y las niñas, incluso en relación con el sonido de sus voces fuera del hogar.

En Colombia, los intentos de imponer modelos de pensamiento único y la persecución o exclusión de determinadas manifestaciones culturales han estado profundamente ligados a los conflictos religiosos, los intereses partidistas de los siglos XIX y XX y la violencia política, una dinámica que también se observa hoy. A lo largo de la historia del país se destacan los siguientes hitos:

Durante el virreinato, las autoridades españolas y la Iglesia católica prohibieron los rituales, las lenguas, los conocimientos ancestrales y las cosmogonías de los pueblos indígenas y de las comunidades afrodescendientes esclavizadas. Episodios como la quema de santuarios muiscas y la persecución del sincretismo religioso buscaban asimilar a la población bajo un único modelo cultural y religioso. La Regeneración y la Constitución de 1886, impulsadas por Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, buscaron centralizar el país bajo un modelo cultural homogéneo, hispanista y católico. Este proceso provocó la censura de textos científicos, como los relacionados con las teorías de Darwin, la persecución de la literatura considerada inmoral o liberal y la exclusión legal de cualquier culto distinto del oficial.

Durante las décadas de 1940 y 1950, tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, se radicalizó la persecución del pensamiento opositor. Gobiernos como el de Laureano Gómez —quien propuso una Constitución de corte corporativista y clerical, además de constituir un referente ideológico para el actual presidente— impusieron una estricta censura previa a los periódicos de filiación liberal y persiguieron a comunidades protestantes en zonas rurales, con el propósito de establecer una hegemonía ideológica absoluta.

El Decreto 1923 de 1978, conocido como Estatuto de Seguridad, expedido durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala, amplió las facultades judiciales a las Fuerzas Militares para combatir la disidencia política y los movimientos sociales. Bajo la doctrina de la «seguridad nacional», se persiguió a intelectuales, artistas, líderes sindicales y estudiantes. El pensamiento crítico o de izquierda fue calificado de subversivo, lo que derivó en detenciones arbitrarias, torturas y el exilio de figuras de la cultura, como el escritor Gabriel García Márquez en 1981. Intelectuales, profesores universitarios, líderes estudiantiles y poetas fueron recluidos en guarniciones militares.

Hoy en día, la censura sigue manifestándose de forma crítica en países como Georgia, Líbano, Hungría, Hong Kong, Pakistán y Vietnam, pero también en Estados Unidos, donde resurgen prácticas de censura. La junta escolar del condado de McMinn, en Tennessee, prohibió la publicación o las referencias a cualquier acontecimiento relacionado con el Holocausto. Un pastor antivacunas — Greg Locke, líder de la iglesia Global Vision Bible Church en Mount Juliet — ordenó quemar toda la saga de Harry Potter, mientras que en Oklahoma se propone una ley que permitiría a los padres vetar los libros que les resulten incómodos.

La historia está llena de episodios que recuerdan hasta dónde puede llegar la intolerancia. Desde la destrucción de la Biblioteca de Alejandría hasta las persecuciones contra los llamados libros heréticos durante los primeros siglos del cristianismo, la censura ha dejado una huella persistente.

«Buscad los libros de los herejes […] en todos los lugares —advertía Rábula, obispo sirio del siglo V—; siempre que podáis, traédnoslos o quemadlos en el fuego» (La edad de la penumbra, p. 170). A esta advertencia se suman las tenebrosas nubes que surcan los tiempos actuales.

El triunfo de la razón en estos tiempos irracionales es una tarea compleja y, a la vez, peligrosa. Aunque perseguida, la lucha por la libertad de pensamiento y expresión nunca debe abandonarse, pues constituye un derecho inalienable de todos los seres humanos.

Harold Salazar A

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