miércoles, febrero 4, 2026

A LA MEMORIA DE UN ARRIERO

OpiniónActualidadA LA MEMORIA DE UN ARRIERO

 

Hablar de los arrieros es hablar de la columna vertebral de la vida en las montañas del Viejo Caldas y Antioquia. Ellos no solo movieron cargas; movieron sueños, impulsaron economías locales y llevaron noticias que mantenían unidas a comunidades enteras. Su oficio, duro y digno, fue en su tiempo el motor que conectaba pueblos completos, mucho antes de que el asfalto y los motores se apropiaran de los caminos.

La arriería en Colombia empezó a tomar forma con la llegada de los españoles, cuando introdujeron mulas, caballos y burros en tierras donde el transporte dependía casi exclusivamente de los ríos o de la fuerza humana. Para el siglo XVII, pueblos como Honda y Mariquita ya eran centros de distribución importantes hacia las cordilleras. Desde allí partían rutas agrestes que se internaban en las montañas. Por esos caminos caminaban indígenas sometidos y esclavos africanos, cargando mercancías bajo el dominio colonial, mientras criollos y colonos iban organizando las recuas y perfeccionando los arreos, dando origen a un oficio que con el tiempo se volvería símbolo de identidad regional.

Las recuas —o muladas, como muchos las llamaban— eran caravanas de bestias cargadas hasta donde daba la capacidad. Desde Antioquia bajaban telas finas, aguardiente, hierro, clavos, herramientas; y desde el Viejo Caldas subían café recién tostado, panela, plátano, cacao, madera y toda clase de productos de la tierra. No había viaje en vano: si se llevaba carga, se traía carga. Era un sistema de doble vía que mantenía activa la economía y aseguraba que las bestias nunca caminaran vacías.

El arriero se vestía práctico, pero con un estilo único. El sombrero de palma o de fieltro lo protegía del sol y de la lluvia; la camisa de algodón y el pañuelo rabo de gallo no podían faltar; los pantalones ajustados, la ruana para el frío de la madrugada, el poncho para la lluvia y las alpargatas resistentes completaban su atuendo. Pero su alma se guardaba en el carriel: ese pequeño bolso de cuero donde llevaba desde agujas y navajas hasta fósforos, una vela de cebo, dinero, documentos y uno que otro recuerdo que lo acompañaba viaje tras viaje. El tapapinche, una especie de delantal grueso, le protegía la ropa mientras cargaba y acomodaba las mulas. Y todo ello se complementaba con aperos elaborados por manos expertas: cinchas, pecheras, retrancas, monturas y jáquimas que aseguraban las cargas para que no se perdieran por los abismos del camino.

Y es que esos caminos no eran cualquier cosa. Los caminos de herradura, abiertos primero por indígenas y luego ampliados por la colonización antioqueña en el siglo XIX, eran senderos angostos, empedrados en algunos tramos, con puentes de madera que crujían al paso de las bestias y con montañas que parecían tragarse la neblina. Los derrumbes, las crecientes repentinas de los ríos y hasta los asaltos de bandoleros eran peligros constantes. Viajaban en grupos porque la montaña, por más bella, era traicionera.

Por fortuna existían las fondas y posadas del camino: verdaderos santuarios para el arriero. Allí se comía, se descansaba, se cerraban negocios, se contaban historias y se tejían amistades. Eran centros de vida social y económica, lugares donde se trasegaban mercancías, noticias y hasta rumores. En esas ventas de camino el arriero se volvía comunicador, noticiero y amigo de todos. Su palabra era ley y su presencia era siempre bienvenida.

Además de comerciante, el arriero fue mensajero y custodio de valores. Antes de que existiera un servicio de correos eficiente o un banco en cada pueblo, eran ellos quienes transportaban cartas, documentos, remesas y encargos familiares. En su carriel viajaba la confianza de toda una región. Por eso muchos los llamaban los “banqueros itinerantes” de la montaña.

Con el paso del tiempo y la llegada de carreteras y ferrocarriles en el siglo XX, la arriería perdió protagonismo. Sin embargo, en municipios apartados todavía se mantiene viva, casi como un acto de resistencia cultural. Y en la memoria de nuestros pueblos sigue ardiendo, fuerte, gracias a las historias, a la música, a los festivales y a personajes que se dedicaron a mantener viva esa tradición.

Todo esto, que encontré investigando sobre la arriería, lo traigo aquí para hablar de un “amiguito”, como él nos solía llamar con cariño. Un hombre que representó lo mejor de esa tradición y que merece un homenaje profundo y sincero.

Me refiero a don Luis Ángel Hincapié Cardona, un arriero de verdad, de los de antes. Nacido en Belén de Umbría en 1915, vivió en Pueblo Rico y en Pereira. Además de arriero fue Concejal y Presidente del Concejo Municipal de Pueblo Rico. Padre de doce hijos, entre ellos el recordado periodista risaraldense Óscar Hincapié Velásquez.

A sus 81 años, cuando muchos ya descansan, él aún trabajaba como mensajero en la Tesorería Municipal de Pereira. Se decía incluso que era uno de los empleados públicos de mayor edad en el país. Y ahí, en los descansos del trabajo, nos relataba sus viajes como arriero de las primeras décadas del siglo XX, cuando se iba de Pueblo Rico —que en ese entonces pertenecía a Caldas— hasta Medellín, llevando productos y trayendo mercancías, cuentos y encargos. Sus historias eran tan vivas que uno podía sentir el olor del café recién molido, el sonido de las mulas pisando piedras y la neblina mojándole la cara.

Sus memorias estaban llenas de noches enteras en posadas, de trochas difíciles, de personajes que se encontraba por el camino y de anécdotas que él contaba con un talento natural para la narración. Ese talento lo llevó al programa “Contando historias” del Banco de la República, donde dejó grabado un pedazo invaluable de nuestra cultura. También fue escritor, poeta y un ser humano excepcional.

Decía, con una firmeza tranquila, que el trabajo le daba salud. Y quizás por eso vivió tanto y tan lúcido.

 

 

No se puede hablar de arriería en Caldas sin mencionar el nombre de don Luis Ángel Hincapié Cardona. Está escrito en la memoria de la región, en las voces de quienes lo escucharon y en la historia misma de nuestras montañas.

Recordarlo es honrar a todos esos hombres que con su recua, su carriel y su palabra construyeron la Colombia cafetera y montañosa. Porque este país se hizo paso a paso, carga a carga, carta tras carta, moneda tras moneda, por caminos abiertos a punta de machete, sudor y valentía.

Y entre todos ellos, don Luis Ángel…
fue de los más grandes.

2 COMENTARIOS

  1. Gracias mi estimado Javier por refrescarnos la memoria y traer a estos tiempos la historia a la que en una forma directa muchos de nosotros participamos como testigos mudos del quehacer de aquellos hombres , o en ocasiones colaborandoles con un favor pedido por alguno solicitando ayuda.
    Vale destacar también su característica rudeza y su vocabulario gráfico, propio de quienes tenían que lidiar con la más resabiada de las bestias como es la mula. De ahí la palabra » mulera» aparejo que le servía al arriero para arrear la bestia, secarse rl sudor o como tendido para recostarse, en el momento de darse un descanso.
    Y finalmente Javier, cómo olvidar a «Bocito» nuestro vecino José Rodriguez de Belén de Umbría famoso en el pueblo por su vulgar vocabulario, propio de los arrieros.
    Nuevamente Javier, gracias, gracias por permitirme sentir y recordar mis raíces pueblerinas , sembradas en esa tierra hermosa, mi querida Belén.

  2. Buen día Don Javier. Gran escrito.

    Los arrieros, que grandeza, personas capaces de transitar y abrir camino donde sea y como sea. Se inmortalizaron por su grandeza y gracias a ellos el progreso encontró por donde transitar .

    Felicitaciones estimados arrieros .

    Gran escrito

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