jueves, febrero 12, 2026

A PETRO COMO AL HUEVO, BUSCÁNDOLE SIEMPRE “EL PELO”

OpiniónA PETRO COMO AL HUEVO, BUSCÁNDOLE SIEMPRE “EL PELO”

Resultan tan grotescos los intentos de la derecha por “bajarle el precio” a la figura del Presidente de la República y de su gobierno, que de tanta vergüenza ajena ya causan gracia. La bajeza de los partidos tradicionales, así como de su “reina de belleza iletrada”, el Centro Democrático, necesita imperiosamente de la constante estupidez, del chisme barato de galería, porque no son capaces ni de copiar la mediocridad instalada desde los medios masivos de comunicación a su favor.

Nunca una contrapropuesta —a excepción de la de Germán Vargas Lleras para “sostener” el negocio de las EPS, entre otros del hermano— para proponer soluciones efectivas, asegurándose “que todo siga igual” e impedir, a base de artilugios legales, cualquier intento de transformación propuesto por el gobierno. El resto lo hacen las mafias, los parapolíticos, la flor y nata de la delincuencia enquistada en la suma de las ramificaciones del Estado, del Congreso a la Corte Suprema, pasando por la Fiscalía, la Procuraduría o el Consejo Nacional Electoral (CNE).

Con todos estos contrapesos, la eficiente administración Petro logró la recuperación de la economía, del salario real, de la producción; hizo bajar los insumos de los productos agropecuarios de primera necesidad. Ello, muy a pesar de las disidencias o la guerrilla del ELN, haciéndole flaco favor al gobierno popular a cambio de volver al negocio de las armas, de las drogas, de los veinte años de plomo del uribismo.

Pero, como la mayoría puede imaginarse, cuando el país comienza a salir de la horrible noche donde lo confinaron quienes se autoproclaman como los dueños de la moral, la ética y la salvación nacional, la mentira, la calumnia, la tergiversación se convierten en la suprema necesidad de los inútiles, viviendo a perpetuidad del erario público a través del dinero de los contribuyentes.

A la vez, la falta de visión, la completa inoperancia de los partidos de izquierda que, en contadas excepciones, fueron capaces siquiera de montar algún representante del gobierno nacional al interior de un concejo municipal, permitió la continuidad del reparto de la administración pública entre las distintas burocracias corruptas de la derecha. La metástasis, el clientelismo. El voto, detrás del mercado de unos pocos pesos; el contratico de seis meses, destinado a evitar la antigüedad del trabajador, el cual debería asignarse a personal capacitado, entre otros al maestro a raíz de su puntaje en lugar del “amigo” del político, con la complicidad del sindicato de turno.

La cuestión es que se intenta responsabilizar al Presidente de una situación instalada en el país mucho antes, ya no de su advenimiento al Palacio de Nariño, sino de haber llegado al mundo. Una Colombia donde los denodados esfuerzos fueron insuficientes al interior de las regiones a la hora de superar la democracia restringida, obligada a poblar las ventanas de afiches “sonrientes” de cara a cada elección, porque de lo contrario se podría estar “jugando con la cuchara”. Y “de postre”, mientras la justicia social comienza a dejar de ser “un chiste de mal gusto”, trabajadores empobrecidos por años de robo, empeñados en defender de manera arribista los intereses del patrón enriquecido a sus expensas, como parte sustancial del problema crónico que impide al país salir adelante.

La pregunta permanece imperturbable en el aire: ¿La culpa de todo la tiene Petro, tal cual versa una popular canción? ¿Acaso no lo es el mismo Congreso, el que lejos de impedir “volverse Venezuela”, utiliza esos votos amarrados buscando no perder privilegios ante las múltiples reformas presentadas desde el oficialismo? Teniendo en cuenta la realidad, ¿quién en su sano juicio podría pensar que personajes como el inepto “abogángster”, Abelardo de la Espriella, vendría a corregir los males colombianos de larga data? ¿Paloma Valencia, María Fernanda Cabal, provenientes de los sectores más retrasados, vinculadas a grupos paramilitares? ¿Quizás Jorge Robledo, Sergio Fajardo, dos fantoches funcionales al viejo régimen; el primero, dueño del peor de los resentimientos envidiosos hacia Petro y el segundo, otro incapaz de capa caída, delegado a reclutar “votantes indecisos” de un centro solo existente en la mente de unos cuantos ilusos o alevosos traidores? No, gracias. El actual modelo progresista debería continuar de la mano de Iván Cepeda. Colombia lo necesita. Tampoco por el bien de algunos, sino en beneficio de todos. Hasta de los más ricos, porque después de todo, “plata es plata”. Aunque de momento, ese sea otro tema.

¿Resucitar dinosaurios?

Como todo demócrata bien parido forjado en las luchas populares, deseoso de dar a entender uno de sus tantos puntos de vista, el primer mandatario se refirió a la naturaleza de la relación de la figura espiritual e histórica de Jesucristo con la de una de sus seguidoras, la santa católica María Magdalena.

Sin pretender realizar la noble tarea de restaurar el decoro de quien para millones de personas es el Hijo de Dios hecho Hombre, de inmediato la oposición creyó encontrar un nuevo motivo para denostar la imagen presidencial, generando otro frente de confrontación, esta vez intangible, donde lo tradicional se impone a la razón lógica, a la realidad objetiva o a las distintas posibilidades.

Seguramente —muchos tendrán razón— Petro debió haber omitido esas afirmaciones. Vuelven los recuerdos del extinto exsenador y candidato presidencial del Polo Democrático Alternativo, Carlos Gaviria Díaz, al asegurar ser agnóstico en plena televisión abierta, lo cual, según expertos, le restó votos en un contexto político donde la palabra del “dios Uribe” iba a misa —o sigue yendo— para miles de colombianos.

Pero dejando de lado los aspectos de la táctica, de la estrategia, de cuánto conviene decir u omitir, el fin de la oposición consiste en reprender de forma pública a Petro como cabeza pública del gobierno, marcándole de paso a la sociedad lo correcto e incorrecto, transcurrido más del primer cuarto del siglo XXI.

La Iglesia Católica, ajena a cualquier acto de inocencia política “de defensa de la verdadera fe”, recoge el guante. No por asumir la misión histórica heredada de difundir la eventual carta de amor de Dios —los Santos Evangelios—, sino para echar el inmenso peso de su influencia contra el gobierno, al agregarle una piedra más al fabricado mote de ateo, cuando existen múltiples formas de creer y no creyentes hicieron más por el prójimo que muchos llamados “cristianos” en su vida.

Algunos teólogos sostienen el mero hecho de tener fe como un “milagro divino” al interior de cada ser humano, en tiempos donde la clase dirigente, de la cual hace parte a nivel estructural, es la absoluta culpable de la alarmante ola de insolidaridad, egoísmo, falta de empatía, violencia creciente e inseguridad que fomentan. Sobran ejemplos innumerables. Pero lo más importante:

Por eso no sorprende ni asombra la actitud de la Iglesia Católica. Igual, la de las sectas evangélicas haciendo del concepto de Dios un negocio. Ambos guardaron silencio frente a la corrupción, la desaparición de personas, la represión, la carestía de vida, los negociados, el robo, la crisis humanitaria y social, en medio de una justicia donde el poder es amo y señor, torciendo la voluntad del Pueblo. ¡Pero ahora se les da por atacar al único gobierno, junto al primero de Alfonso López Pumarejo y el del general Gustavo Rojas Pinilla, que le entregó tierras al campesino, generó empleo, inversión, pretende hacer de la salud un derecho o aumenta las pensiones!

Creer o reventar

¿En qué pueden afectar las creencias del Presidente, cualquiera de sus actos privados, cuando se tiene como norte la paz total, el bien común de Colombia, de sus ciudadanos? ¿Pierde Jesús cualquier ápice de santidad, así se haya casado, tenido o no relaciones sexuales con María Magdalena, de quien las más recientes investigaciones científicas aseguran no haber tenido el rol pasivo que generalmente las iglesias asignan a las mujeres?

Según la Constitución de 1991, Colombia es en teoría un Estado de Derecho laico, aunque, como en numerosos aspectos, esto no se cumpla a rajatabla. Al margen de la continuidad de la educación religiosa en los establecimientos educativos, sí existe la libertad de conciencia y de expresión, porque la humanidad no transita la Edad Media desde 1453, cuando tuvo lugar la caída de Constantinopla en poder de los turcos. ¿Que sigue consagrada al Sagrado Corazón de Jesús? ¡Por supuesto! Para los creyentes.

Las vicisitudes de época, los adelantos técnicos, los descubrimientos arqueológicos e históricos no contradicen la creencia, la fe, sino los sistemas de las distintas religiones llenos de dogmas, a estas alturas en su inmensa mayoría poco prácticos, incomprensibles o desmentidos a partir de sorprendentes hallazgos. Estos suelen generar lógicas dudas en algunos, mientras para otros vienen a develar las tinieblas de los misterios de la fe, al reforzar y brindarles la posibilidad de mejorar sus convicciones espirituales.

Ciencia y creencia van de la mano, si bien pretenden mostrarlas divorciadas como si abrazar las evidencias físicas fuera dejar de lado la espiritualidad o la certeza de cuanto no se ve pero se percibe presente fuera tildado de superstición, fanatismo o locura. Es la falta de desarrollo de conciencia de la humanidad, su contracción a imponer diferencias, a distanciar a los distintos grupos humanos elaborando sistemas sociales perversos, la empeñada en negarlo a favor de conveniencias sociopolíticas y económicas.

Nada ni nadie, excepto la naturaleza tangible comprobada desde la objetividad al interior de lo real, es dueño de la verdad. Para los creyentes, reside en Dios, Alá, Buda, Krishna. Dentro de todos, en diferente medida. Los mismos Evangelios son un compilado de buenas intenciones, de instrucciones precisas a la hora de construir mejores personas, de inducir a la hermandad, a compartir, pero a través de la visión de personajes históricos en los parámetros de los albores del cristianismo.

Existen interpretaciones variadas en el denodado esfuerzo, la vocación constante del ser humano de restar, dividir y señalar según criterios indeterminados. Lo que sí resulta inconcebible es el autoconvencimiento de haber alcanzado la Salvación, el Reino de los Cielos, imponiéndose u obligando a los demás a vivir en el siglo III como pretenden los talibanes. Más cuando supuestamente Dios no exige sufrimientos ni privaciones, sino nobleza, pregonar el amor a los semejantes e invita a disfrutar los favores de una existencia hermosa de ser vivida. Casi un mandato indirecto a construir el Estado solidario ideal como una necesidad en pos de alcanzar el máximo grado de bien común a partir de la armonía de los derechos y las obligaciones. Todo en el marco de la justicia social, facilitando la consecución de bienes materiales o espirituales a fin de garantizar la vida digna.

Un concepto muy apartado del de los usuales delincuentes de guante blanco, llenándose la boca de preceptos bonitos, pero en la práctica útiles al momento de engordar el patrimonio. Siempre a espaldas de la gente a la cual desprecian o pretenden engañar, se dicen “gente de fe” como si pudieran ser ejemplo de algo, además de fingir la defensa de Dios, cuyas enseñanzas contradicen en cada acto de sus miserables vidas atiborradas de dinero público.

CARLOS ALBERTO RICCHETTI

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