Quizás la democracia no sea la mejor forma de gobierno para una sociedad o para una nación. La gran mayoría de los habitantes del planeta no dudaría en confrontar esta tesis. Pero los resultados universales invitan a la reflexión. ¿Acaso estoy insinuando que sería mejor una dictadura? No, pero bien vale la pena ahondar en la discusión.
La democracia no es un fin en sí mismo sino un medio al servicio de la humanidad y para casi todos es sin duda la mejor opción en el abanico de posibilidades de gobierno. El poder reside en el pueblo, que lo ejerce directamente o a través de representantes elegidos, basándose en principios de igualdad y libertad y donde todos tienen voz y pueden pedir cuentas a sus gobernantes, en medio de un marco de justicia y respeto por los derechos humanos.
Pero veamos. De entrada, la democracia en la época moderna recibe muchas críticas desde diferentes orillas. A pesar del acuerdo casi universal en que es el mejor sistema político y el único que no le inspira temor a los gobernados también se reconoce y acepta que es imperfecto.
El primer conflicto está en la igualdad del voto. Todos valen lo mismo independientemente de la formación de cada individuo, de su cultura y de sus capacidades. En Inglaterra, como en otros países, costó mucho tiempo admitir el voto de los campesinos y obreros en pie de igualdad con la gente educada o adinerada. Se cuestionaba que carecía de sentido darles el mismo poder para determinar los destinos de la nación al no tener, unos y otros, aptitudes equiparables para decidir sobre su voto. También se ponía en tela de juicio el grado de libertad con que cada cual podía formarse su propia opinión política. Esta realidad permanece en muchos países del mundo. El voto de las mujeres apenas se ha aceptado en algunas sociedades desde hace un siglo y es innegable que los más ignorantes y los más pobres son fácilmente manipulables a la hora de elegir. Y parece una utopía la idea de que con el tiempo fuera elevándose progresivamente el nivel medio de cultura política de los ciudadanos. Estamos muy lejos de haber alcanzado ese ideal en el que todos depositaríamos nuestro voto con un nivel de capacidad de análisis similar sobre lo que le conviene al país.
No nos engañemos. La mayoría de los colombianos y de los latinoamericanos se acercan a las urnas movidos por un interés muy particular. Detrás de un puesto o de un contrato, de una ayuda económica o de alguna prebenda. No tienen claridad sobre el enorme papel del poder legislativo en sus vidas y entregan su voto en un negocio básicamente clientelar.
Otro conflicto de la democracia moderna radica en el marco en que se desenvuelven los eventos electorales. La cultura política en una sociedad depende de la claridad y sinceridad con que hablen los políticos, del rigor y la independencia con que nos informen los medios de comunicación y de la intención que tengamos los ciudadanos para profundizar entre lo que unos y otros nos ofrecen.
La mayoría de los políticos mienten y los medios de comunicación están atrapados por unas élites manipuladoras que comparten intereses con los gobernantes. Hay una creciente desinformación intencionada en las redes sociales como estrategia electoral y detrás de los gobiernos se sitúan grandes grupos financieros y empresariales que no quieren que nada cambie y que intentan direccionar la opinión pública hacia lo que les parece más conveniente.
A pesar de todo esto, ¿sigue siendo la democracia el mejor sistema de gobierno? La semana entrante ahondaré en otros sistemas.


