Se puede protestar sin violencia. ¡Aprendan, mamertos! De hecho, el pasado 15 de junio, Colombia fue testigo de un hecho contundente, una manifestación ciudadana que quedará en la memoria por su simbolismo y su fuerza silenciosa. Las plazas de todo el país se tiñeron de blanco, no por obra de alguna campaña publicitaria, sino por las camisas de miles de personas que, de manera espontánea, salieron a las calles en la denominada “Marcha del Silencio”.
Su presencia tenía un doble propósito, tan claro como el aire de la mañana: mostrar un profundo rechazo a la espiral de violencia que ha consumido al país en los últimos tres años y gritar al unísono “¡Fuerza, Miguel!”, en un conmovedor gesto de respaldo al joven precandidato presidencial, Miguel Uribe Turbay, quien se debate entre la vida y la muerte tras ser víctima de un infame atentado en Bogotá.
Lo que diferencia a esta manifestación de otras es, precisamente, su carácter pacífico y cívico. En todas las ciudades, el desfile transcurrió en absoluto orden. El caso de Pereira fue emblemático; ante la ausencia de apoyo por parte de las autoridades municipales en ciertos tramos, fueron los mismos participantes quienes, con un sentido de responsabilidad admirable, se ocuparon de gestionar el tráfico vehicular para no paralizar la ciudad. Una lección de solidaridad y respeto que engrandece a quienes marcharon y deja en evidencia a quienes promueven el caos como única forma de expresión.
Este despliegue de cultura ciudadana contrasta dolorosamente con las ya rutinarias y cansonas “protestas” de la izquierda, frecuentemente respaldadas con recursos oficiales. En sus eventos no suelen faltar los encapuchados que siembran la violencia, los grupos indígenas que obstruyen el paso del Transmilenio en la capital, afectando a miles de trabajadores, ni los tamales gratuitos para asegurar la asistencia. Se trata de una concurrencia atraída más por el olor de la comida que por la firmeza de una convicción, una puesta en escena que busca aparentar un respaldo popular que no posee.
El pueblo, el verdadero, se manifestó en paz contra la violencia. Le demostró al mundo entero que la protesta pacífica y masiva sí es posible, aunque los mamertos y el Gobierno Nacional lo duden o, peor aún, prefieran ignorarlo. La ausencia de piedras, capuchas y vandalismo no le restó contundencia al mensaje; por el contrario, lo magnificó. El silencio de los manifestantes retumbó más fuerte que cualquier explosivo, y el blanco de sus camisas iluminó más que cualquier incendio provocado.
La “Marcha del Silencio” no fue solo una queja; fue una cátedra. Una lección de civismo para un gobierno que parece incapaz de garantizar la seguridad y para una facción política que entiende la protesta como sinónimo de destrucción. El mensaje es claro, la ciudadanía rechaza la violencia en todas sus formas, incluida aquella que se disfraza de “protesta social”. El Gobierno, por su pasividad ante el crimen, y los mamertos, por su apología al caos, simplemente se equivocan.



Me siento profundamente orgullosa de no ser parte del ‘pueblo’ que representa este gobierno, sino de pertenecer a ese otro pueblo que verdaderamente ama al país. Ese mismo que salió a la marcha histórica que usted menciona, doctor, donde demostramos convicción, dignidad y solidaridad con nuestros conciudadanos.