Sí, al Zhongnanhai, pero en aras de no forzar la pronunciación del lector, llamémoslo simplemente “El Palacio”. Hasta allí llegó el presidente Gustavo Petro con una comitiva de ocho ministros, en el marco de la cumbre CELAC-China, que se celebra en el gigante asiático y que él mismo preside con entusiasmo. China, que dejó de ser una potencia emergente para convertirse en el actor geopolítico más influyente del siglo XXI, se presenta ahora como una alternativa estratégica en medio del reacomodo del orden mundial.
El objetivo de la visita: explorar una nueva alianza comercial entre América Latina y el país asiático, en un contexto global marcado por el giro proteccionista de Estados Unidos. Washington ha redefinido las reglas del comercio internacional a su favor mediante subsidios y sanciones, provocando una ola de incertidumbre global. En este río revuelto, Colombia busca pescar una oportunidad.
Para el gobierno nacional, volcar la mirada hacia Oriente podría significar una ruta hacia la diversificación de mercados, especialmente en sectores donde nuestras exportaciones podrían tener alguna acogida en China: flores, café, banano, esmeraldas, petróleo. Pero seamos realistas: la balanza comercial con China es profundamente deficitaria. En 2023, el déficit superó los 13.500 millones de dólares, según cifras del DANE. Es decir, importamos 15 veces más de lo que exportamos. Este desequilibrio estructural no se corrige con un discurso cordial ni con acuerdos “amistosos”.
China, por supuesto, está interesada en nuestras materias primas, en especial petróleo, carbón y metales estratégicos. A cambio, nos inundará —aún más— de manufacturas baratas que amenazan la competitividad de nuestra industria local. Hablar de un acuerdo “igualitario” con una economía como la china, cuyo PIB es 30 veces superior al colombiano, es una ilusión diplomática.
No obstante, hay un viraje evidente: Colombia se acerca a la nueva superpotencia comercial, que además comparte con Petro ciertas simpatías ideológicas: Estado fuerte, desarrollo centralizado, transición energética no subordinada al mercado.
Mientras tanto, del otro lado del Pacífico, el presidente Donald Trump, observa con recelo cómo China gana terreno en su patio trasero. La relación con Estados Unidos también ha sido desigual: el TLC con EE. UU., vigente desde 2012, ha generado un déficit persistente que en 2023 fue de 1.920 millones de dólares, según el U.S. Census Bureau. Aunque exportamos principalmente combustibles, la industria local no ha logrado aprovechar plenamente el acceso preferencial a ese mercado.
Podríamos terminar repitiendo el mismo patrón con China: exportar materias primas e importar bienes manufacturados, profundizando así el deterioro del aparato productivo nacional. Todo esto sin una política industrial clara, sin un sistema de innovación robusto y sin una estrategia de inserción internacional coherente.
Lograr un acuerdo equilibrado con China requiere capacidad negociadora, músculo económico y claridad estratégica. Ninguna de esas condiciones parece estar hoy al alcance del Estado colombiano. Lo que sí tenemos es un presidente que, en su discurso ante la CELAC, volvió a invocar las mariposas amarillas de García Márquez, la dicotomía entre la vida y la muerte, y hasta a los vampiros. Una prosa que puede seducir al oído diplomático, pero que difícilmente impresiona en Pekín, donde el idioma que realmente importa es el del yuan.
De regreso a casa, los gremios económicos observan con inquietud la posible adhesión de Colombia a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (la nueva Ruta de la Seda). El sector privado teme una represalia comercial de Washington o un desbalance aún mayor con China. No es paranoia: las relaciones con EE. UU. se remontan a más de 200 años. Ha sido un socio (nunca gratis), con quien compartimos intereses estratégicos y, más importante aún, su capacidad de coerción internacional nos cobija. Estar del lado del padrino global que aún tiene el botón nuclear no es un asunto menor.
Entonces, ¿qué hacemos?
¿Seguimos con una relación asimétrica con EE. UU., pero con el paraguas protector del “papá de los pollitos”?
¿O giramos hacia China, donde hay más mercado, pero también más desequilibrio y menos garantías?
Lo cierto es que estamos ante un punto de inflexión geoeconómico. Cualquier decisión que se tome —o que se omita— impactará profundamente el modelo económico del país. Este es uno de esos momentos donde no basta la retórica, se necesita estrategia. Solo la historia dirá si este giro hacia Oriente fue una jugada maestra o un error monumental.


