martes, febrero 3, 2026

CÓMO ME DUELE LA JUVENTUD

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Miscelánea

 

Seguramente no somos tan inocentes, no somos tan íntegros y probablemente, la mayoría de quienes llegamos a la edad madura carecemos de la autoridad moral para decirles a los chicos lo que deben y no deben hacer, en esos momentos en los que la juventud se muestra más rebelde e impetuosa, por naturaleza, en una época en la que el torrente de la vida es incontenible y las lecciones solo se aprenden en vivo y en directo, cayendo y tropezando y, de ninguna manera, por moralejas ajenas o buenos consejos.

Seguramente los que ahora somos viejos no hemos sido tan buenos, quizás tan solamente hemos contado con suerte.

Yo he tenido mucha de esa buena suerte y talvez por ello estoy aquí intentando sacar adelante a mis vástagos, una hija que está saliendo de la adolescencia y un hijo que apenas la empieza, pretendiendo criarlos en una especie de burbuja dotada de todo lo que yo hoy considero que es seguro para ellos, con mi versión actualizada del bien y del mal, procurándoles todos los cuidados y los atajos que les eviten sufrir. Movido por una especie de mecanismo de autocorrección, mirándome en el espejo de  mis experiencias, he querido hacerlo todo para que mis hijos jamás sientan dolor, para que no los engañen, para que no los abusen, para que no se encuentren nunca de frente con la tragedia

Permanentemente hago semblanzas de mi mismo, sobre los peligros que corrí, sobre las injusticias y las desgracias que debí sortear y superar para estar donde estoy; pero todos los días, el desinterés y la indiferencia de ellos, que también es natural, me convencen de que pierdo mi tiempo. Algo me dice que, en vez de ello, debo estar atento a las señales que me indiquen cuándo es oportuno y estrictamente necesario intervenir, porque el resto del tiempo mi lugar debería ser en la orilla, observando, dejándolos ser lo que son, jóvenes, extraños, incomprensibles, como marcianos, a los que es muy difícil enseñarles a vivir, porque a vivir se aprende solamente viviendo.  De nuestra parte sólo vale y sólo pesa el buen ejemplo.

Quizás la mayor de las luchas que damos cuando tenemos hijos es por no perderlos, porque verlos abandonar la infancia es eso, prepararnos para que cultiven sus propios gustos, para que tomen sus propias decisiones, con sus respectivos riesgos y, un día, se vayan; y claro, siempre, de una u otra forma, todos se van, incluso los que siguen habitando en nuestra propia casa.

Me avergüenza decir que vivo una rara felicidad cuando estoy en casa y sé que mis hijos están en sus habitaciones, ¿haciendo qué?  no sé, pero están ahí, y eso me permite respirar tranquilo; pero es una tranquilidad falsa, que detiene, que castra, porque hay un determinado momento en la vida de ellos en el que la mayoría de las cosas que necesitan para acabar de formarse, están afuera.

Nota. Escribo las presentes letras con la profunda tristeza que me ha causado la trágica pérdida de dos chicos universitarios el pasado fin de semana, en un terrible accidente de tránsito que ha llenado de luto a dos familias pereiranas, con las que solo puedo solidarizarme y decirles que no busquen explicaciones, que seguramente hicieron todo bien para sus hijos, pero que es imposible tener el control todo el tiempo, que es absurdo pretenderlo, que vivir no funciona así.

 

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