martes, febrero 3, 2026

¿CORRE RIESGO LA VIDA DE DONALD TRUMP?

Opinión¿CORRE RIESGO LA VIDA DE DONALD TRUMP?

Cuando queda a la vista el comportamiento extravagante, muchos podrían considerarlo exageraciones desafortunadas, exabruptos grotescos de un millonario caprichoso, entrado en años, sin mayor importancia que la del chisme revisteril. Pero cuando se trata del mega rico y poderoso presidente de los Estados Unidos, estos hechos corren riesgo de cristalizarse más allá de la razón, de la resonancia lógica de lo vergonzoso, aunque el vulgo minimice la trascendencia o el establishment pueda naturalizarlo como algo común.

Donald Trump no solo es el hombre de siempre, buscando a hurtadillas evadir la prohibición de tener contacto físico con el emir de Qatar, tomar la mano del papa Francisco durante la sesión fotográfica protocolar y ordenar el virtual secuestro del presidente de Venezuela en funciones, Nicolás Maduro Moros. Es el arquetipo del mandamás acostumbrado a hacer cuanto le venga en gana, al pretender reducir el derecho constitucional a una mera recopilación de buenas intenciones, vueltas añicos mediante el uso arbitrario de la fuerza bruta, según la conveniencia del perpetrador.

A ojos de buen cubero, la inmensa mayoría podría tomarse a la ligera los actos de un descendiente de alemanes cuya madre ingresó ilegalmente en el país al cual gobierna por segunda vez, poseedor de indiscutibles habilidades casi innatas para amasar dinero de dudosa procedencia. Tampoco se dejó tentar por la conciencia de clase, construyendo la opulencia también a partir de relaciones, de saber acercarse a los sectores dominantes.

Así, lejos de abrazar el concepto de unidad, de identificarse con los suyos, los repudió. Eligió “salvarse a sí mismo”, algo muy en sintonía con la mentalidad de la derecha estadounidense, despreciando lo colectivo para satisfacer al máximo las distintas aspiraciones e intereses egoístas, acercándose a los sectores dominantes con el objetivo de defenderlos a rajatabla.

De no ser quien es, de carecer de las vinculaciones necesarias, las acusaciones de violencia, pederastia, violación, misoginia y racismo hubieran tenido, de manera indudable, mucho más éxito a la hora de llevarlo a la cárcel. Sin embargo, las grandes corporaciones o conglomerados económicos decidieron pasar por alto sus payasadas —una suerte de actitud y traducción gestual del pensamiento de las altas esferas—, encargándole la representación formal del poder que ostentan.

Esa visión ultraconservadora, retardataria, xenófoba, con aires de supremacismo blanco trasnochado, de rasgos fascistoides, descreyendo del poder popular o del Estado de derecho en desmedro de los acuerdos de cúpulas plutocráticas, fue la encargada de hacer viable la pesadilla de los dos desgobiernos de Donald Trump. Lo demás sería cuestión de tiempo, tras poner al frente a un sátrapa para el cual los bienes materiales concentrados, la participación nula de la ciudadanía y la defensa de los privilegios de casta son superiores al valor de las personas del común.

Orden interno

En definitiva, Trump no es más que un empresario anciano. A su edad, la muerte puede alcanzarlo a la vuelta de la esquina, como bien insinúan los dibujos animados de Los Simpson de forma graciosa, aunque no del todo grata, cuando ni el peor de los enconos amerita la desaparición física del peor de los contradictores. Del mismo modo, cualquier especulación podría desaparecer fácilmente, de la noche a la mañana, si los medios del mundo entero anunciaran la fatal noticia.

De prolongarse determinadas situaciones que comprometan la seguridad nacional de los Estados Unidos, de la misma manera en la cual su presidente manifiesta de forma terminante que “América nunca será comunista”, el mismo núcleo podría considerar, de la noche a la mañana, prescindir de su cuestionado liderazgo. Y tal posibilidad parte de numerosos episodios de la propia historia de este país.

No todos los sitios donde se propongan invadir pueden, a la postre, ser tan accesibles como Venezuela, ni la Unión se encuentra pasando por su mejor momento. A treinta cuadras del lugar donde son entregados los premios Óscar, cientos de homeless —habitantes de calle— parecen multiplicarse sobre las calles, dando evidencia de la grave crisis política, social y económica. Cunden la incertidumbre, la desocupación y la falta de perspectivas de futuro, al tiempo que las grandes metrópolis son abandonadas ante la suba compulsiva de arriendos e impuestos.

Mientras tanto, el payaso de turno, engolosinado con ese “poder prestado”, ordena al ICE reprimir, asesinar y hostigar; organiza deportaciones masivas al acusar con falsedad a los migrantes de restar oportunidades laborales, cuando son producto de sus políticas y, al tiempo de enriquecer a las corporaciones, juega a la guerra mundial.

A fin de cuentas, si bien, a pesar de las masivas protestas en su contra, Trump logra de momento la tarea encomendada de ejercer un férreo control social, esa alianza estratégica al interior del poder podría quebrarse de manera espontánea e inesperada.

Posibilidad latente

Este estilo obsoleto de ejercer el poder, derivado de la época en la que Estados Unidos se erigía como policía del mundo, haciendo y deshaciendo a su antojo, no es apenas inviable por la existencia de la poderosa Rusia de Vladimir Putin o de la China de Xi Jinping, amenaza de muerte para su hegemonía.

En la misión histórica de presionar con relativo éxito el “patio trasero” latinoamericano, luego de subordinar a todo el continente, excepto Colombia, Brasil y hasta ahora Venezuela, el “gran país del Norte”, si bien no busca mejorar la calidad de vida de sus habitantes, pretende recuperarse con el “viejo truco” del despojo de los países de la periferia.

Sin embargo, del mismo modo que estos ejercicios hegemónicos amenazan las inversiones rusas o chinas —sobre todo en Venezuela—, Trump pretende anexionar Groenlandia, perteneciente al Reino de Dinamarca, como logró subordinar a sus intereses a otros países de la región mediante presiones y golpes de Estado.

La enorme diferencia es que la inmensa mayoría de naciones suramericanas pertenecen a organizaciones como la OEA (Organización de Estados Americanos), dominadas por los norteamericanos. En cambio, los daneses, miembros de la OTAN, forman parte de la Unión Europea, con todo lo que ello representa, aun con el peso de la presencia de Estados Unidos en esa organización, sumando otro posible frente de combate al de Ucrania, entre Rusia y los europeos que le prestan apoyo.

Se suma la inmensa deuda de la superpotencia con China, la disputa por los recursos, el conflicto en Palestina, junto a la reciente inestabilidad política de Irán, donde pretenden repartirse los beneficios petroleros con Gran Bretaña. Lo cierto es que, si las bravuconadas se hacen realidad o, por decirlo de algún modo, si a cualquier soldado se le escapa un disparo, sin dudas la humanidad entera ingresaría de inmediato en el período más oscuro de su existencia: un conflicto que nadie quiere, pero en el que ninguna parte está dispuesta a ceder absolutamente nada.

En un mundo donde la inexistencia del acreedor presume la del deudor, de no fallecer de manera natural el eventual responsable de una escalada internacional, de no poder ser destituido mediante el juicio político y de fracasar el intento de vencerlo en elecciones libres, la tarea no la cumplirá precisamente una revolución. La sociedad se encuentra demasiado adormecida, aunque lo haga sobre barriles de pólvora, soñando con exaltar o emular a sus propios verdugos. El poder político estadounidense, como brazo derecho del poder mundial, podría activar sus anticuerpos, como si matando al perro se acabara la epidemia de rabia, cuando el verdadero victimario es el orden social impuesto.

Carlos Alberto Ricchetti

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