En los pasillos de la academia, en las calles de nuestras ciudades y en los territorios donde resisten comunidades históricamente ignoradas, se libra una batalla silenciosa: la lucha por la justicia epistémica.
Lejos de ser un concepto reservado a filósofos o teóricos del conocimiento, esta idea está profundamente ligada a las vidas cotidianas de quienes ven cómo sus voces, saberes y experiencias son sistemáticamente deslegitimadas.
La justicia epistémica es, en esencia, la demanda de equidad en el terreno del saber. Plantea que no todos los testimonios son escuchados con el mismo peso, ni todas las formas de conocimiento son valoradas por igual.
La filósofa británica Miranda Fricker lo explicó con claridad: existen mecanismos sociales que silencian o distorsionan lo que ciertos grupos tienen para decir.
Dos rostros de esta injusticia lo ejemplifican bien: La injusticia testimonial, que ocurre cuando los prejuicios hacen que no se le crea a alguien por su género, raza o clase.
La injusticia hermenéutica, que se manifiesta cuando no hay palabras o marcos conceptuales para nombrar las vivencias de comunidades marginadas.
Pensemos en una mujer que denuncia acoso sexual en su lugar de trabajo, pero es tachada de exagerada. O en un campesino que intenta explicar un saber ancestral sobre la tierra, pero es ignorado por “no ser científico”. Ambos enfrentan una forma de silenciamiento que no se ve, pero se siente: la negación de su derecho a ser creídos.
En América Latina, esta problemática tiene raíces hondas. Durante siglos, los saberes indígenas, afrodescendientes y populares han sido sistemáticamente subalternizados frente al conocimiento “universal” de matriz europea. Lo que no se nombra, no existe; lo que no se comprende, se desprecia.
Promover la justicia epistémica implica, ante todo, abrir los oídos. Escuchar activamente sin filtros coloniales ni académicos. Significa también cuestionar los prejuicios que arrastramos al evaluar quién merece ser creído. Y va más allá: supone enriquecer nuestras categorías para nombrar lo que hasta ahora ha sido lo innombrable.
No se trata de reemplazar un saber por otro, sino de construir puentes entre saberes. Valorar tanto una tesis de doctorado como una historia contada al calor de la comunidad. Ambos contienen verdades, ambas formas de entender el mundo.
La justicia epistémica no es una moda teórica, sino un acto radical de democracia. Porque quien no tiene voz, no tiene poder. Y quien no es escuchado, simplemente no existe para las instituciones que diseñan las políticas y distribuyen los recursos.
En tiempos donde el ruido mediático muchas veces eclipsa las voces fundamentales, defender la diversidad epistémica es también defender la dignidad humana. Así, promoverla no es sólo una tarea ética o académica. Es, en definitiva, un compromiso con un mundo más justo.



Estoy totalmente de acuerdo. -Me encantó este artículo-. Lo digo, porque lo he visto, y en momentos, lo he vivido.
En una sociedad donde cada vez vemos «profesionales » surgir, vemos también la decadencia de valores y el respeto; especialmente por parte de las nuevas generaciones, quienes – lamentablemente-, se preocupan más»por ellos», pues miden su calidad de vida por quienes son «por lo que hacen, con quien lo hacen y para quien lo hacen». Lo que claramente significa que si una persona no está a su nivel de preparación profesional y conocimiento intelectual elevados, «son menos» y por lo tanto no merecen el mismo trato que otra persona que este a su nivel, o por encima de ellos. -A esto, sumémole el auge en las redes sociales-.
Aunque vivo en Los Estados Unidos, y aquí en este país la justicia se rige por «hechos» y por igualdad de expresión, etc., también se siente este tipo de rechazos, y más, cuando le sumamos el racismo y el odio por parte de algunos a las pequeñas minorías.
Es lamentable que hoy, cuando se supone que tenemos más acceso a información, cuando entendemos todos estos factores; se esté dejando de lado los valores y la verdad que habita en cada una de estas personas excluidad, solo por el hecho de no estar a la altura, ya sea estatus social, cultural o económico adecuados para ellos, que valga la pena su interés y su tiempo para ser escuchados.
El ser humano es único en su esencia. Fuimos creados a la imagen de Dios; lo que nos hace iguales. Lo que significa que por mucho esfuerzo y por muy lejos que lleguemos, no tenemos el derecho de minimizar a otros que no lo han logrado; -por el contrario, lo correcto fuera que existiera empatía-.
Es deber humano el respetar, el aprender a escuchar, el tratar con dignidad, el darle su lugar, y atenter a las quejas o enseñanzas de «todos», sin prejuicios a nuestros mayores, primeramente, -los más vulnerables a estos rechazos-, y luego, a las personas que carecieron de formación profesional, ya que fueron la generación que se sacrificó porque sus hijos tuvieran «un mejor futuro».
Todos, en la manera que sea, tenemos y contamos nuesta verdad. Y me cuento entre ellos, porque a pesar que sí, tengo estudio universitario, no me siento más que otros, y estoy profesionalmente, debajo de otros, y reconozco humildemente que carezco de mucho conocimiento, pero esto tampoco me hace menos, y, aunque no posea un vocabulario extenso que adorne mis palabras al querer expresarme como quisiera, sí poseo mi verdad y también merezco ser tratada con respeto. Soy muy inteligente en mis propias áreas, y quizá más que aquellos que se jactan de serlo. Y como yo, así, somos todos. Defiendo la diversidad epistémica, porque toda voz merece ser escuchada.
Gracias Rosaura por tu comentario.