Desde el día en que el mundo cambió en ese marzo de 2020 —gracias a aquella pandemia que nos exigió reinventarnos— descubrimos que el trabajo no necesitaba una oficina para existir. El teletrabajo llegó para quedarse. Y no sólo transformó el “¿dónde trabajamos?”, sino el “¿cómo vivimos?” cada día.
Imagínate esto: suena el despertador temprano, tan rutinario como siempre; te estiras, te levantas. La ducha —ese primer ritual que despierta el cuerpo—, luego el desayuno, elegir ropa aunque solo será para ti mismo, encender el computador… y comenzar la jornada. Aunque estés desde casa, tu rutina no deja de tener ese mismo ritmo de presionar “encender” y estar presente, atento, disponible como si compartieras un escritorio con tus colegas. Porque ser trabajador remoto por razones de salud como en mi caso, o por la que sea como en el caso de millones en el mundo, no significa descanso —significa compromiso, responsabilidad y adaptación.
Y, por supuesto, hay respaldo legal en Colombia. El marco del teletrabajo se apoya en la Ley 1221 de 2008, que lo reconoce oficialmente como modalidad laboral. El Decreto 884 de 2012, que regula voluntariedad, condiciones y seguridad. Más adelante vino, el Decreto 1227 de 2022 que facilitó su implementación, incluyendo la posibilidad del trabajador de usar sus propios equipos y recibir compensación. También hay una normativa específica sobre el “trabajo en casa” puntual, regulada desde 2021 con la Ley 2088, la Ley 2121 y el Decreto 1662, y se suma la Ley de Desconexión 2191, que protege el tiempo personal del teletrabajador. Y muy reciente, a través de la reforma laboral 2025, se aprobó un subsidio de conectividad de hasta 200 mil pesos mensuales para quienes ganan hasta dos salarios mínimos.
El poder de la digitalización en el teletrabajo
Hoy en día, gracias a las TIC (Tecnologías de la Información y Comunicación), trabajar desde cualquier rincón de Colombia es posible. Videochats, plataformas colaborativas, almacenamiento en la nube: todo eso permite que las tareas ocurran en tiempo real, sin importar si estás en Cali, Bogotá, Pereira, Medellín o Santa Rosa de Cabal, o tu sala de estar. Este cambio ha sido clave para que el trabajo remoto no solo se trate de estar en casa, sino de mantenerse conectado, eficiente y comprometido.
Beneficios tangibles: ahorro, tiempo y productividad
– Ahorro económico real: Un estudio del MinTIC con colaboradores de Compensar calculó un ahorro mensual de cerca de 350.000 pesos por persona, gracias a la reducción de gastos en transporte, comida fuera de casa, parqueadero, entre otros.
– Tiempo recuperado: La misma investigación señala que se ahorran cerca de 3 horas al día, equivalentes al tiempo usado en desplazamientos.
– Mayor productividad y menos costos operativos: Diversos análisis muestran cómo las empresas perciben un incremento en productividad, disminución de costos operacionales, menos ausentismo y agilidad gracias a las TIC.
– Beneficio global en productividad y calidad de vida: Estudios internacionales indican que trabajar desde casa tres días a la semana puede ahorrar el 10 % del tiempo total en trabajo y desplazamiento, elevando la satisfacción laboral y reduciendo el estrés.
Conclusión y reflexión
En mi experiencia —y seguro en la de muchos—, estar en casa por razones de salud no significa inactividad. Mi jornada empieza como siempre: rutina, disposición, trabajo. Gracias a la digitalización y un marco legal robusto, este modelo es cada vez más justo y eficiente. Tanto yo como la empresa nos beneficiamos: yo gano tiempo, dinero y comodidad; la organización ahorra costos y gana productividad real y comprometida.
El teletrabajo no es una excepción: es parte del presente y del futuro laboral. Y, sobre todo, es una oportunidad para repensar cómo equilibramos la vida, la salud y el trabajo en un mundo cada vez más digital.


