La política contemporánea se ha convertido en un terreno de polarización extrema.
En medio de este escenario, los cristianos enfrentan una pregunta decisiva: ¿ cómo participar en la vida pública sin traicionar el Evangelio?
La figura de Jesús, lejos de ser un referente partidista, nos ofrece un modelo de liderazgo que desborda las categorías modernas de izquierda, centro o derecha.
Su mensaje fue radical, pero no ideológico; fue profundamente humano, pero no instrumentalizable.
Jesús redefine el poder desde la lógica del servicio: “El mayor entre vosotros sea como el más joven, y el que dirige, como el que sirve” (Lucas 22:26).
En un mundo dominado por imperios y jerarquías, su propuesta fue disruptiva, el líder no es quien manda, sino quien se entrega.
Esta enseñanza debería ser brújula para cualquier cristiano que ingrese en la política, no buscar privilegios, sino servir a los más vulnerables.
El Evangelio es claro en señalar la opción preferencial de Jesús por los pobres: “El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a anunciar buenas nuevas a los pobres” (Lucas 4:18).
En las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de Dios” (Lucas 6:20).
No se trata de romanticismo, sino de justicia social.
Un cristiano que apoya políticas que marginan o empobrecen contradice directamente las palabras de Cristo.
Jesús confrontó la hipocresía de las élites religiosas: “Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque diezmáis la menta, el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe” (Mateo 23:23).
La política cristiana no puede reducirse a moralismos superficiales ni a discursos de pureza ideológica; debe centrarse en la justicia y la misericordia, valores que Jesús colocó en el corazón de la fe.
Cuando Pilato lo interrogó, Jesús respondió: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). Esta frase es clave, Jesús no buscó instaurar un sistema político, sino transformar la vida desde la ética del amor.
Por eso, reducirlo a una etiqueta partidista es traicionar su mensaje. El Reino de Dios no se mide en votos ni en escaños, sino en actos de justicia y compasión.
La Biblia reconoce la autoridad civil (Romanos 13:1-7), pero también advierte contra la idolatría del poder.
Los cristianos están llamados a ser sal y luz (Mateo 5:13-14), a denunciar la corrupción y a defender a los vulnerables, pero cuándo la iglesia se convierte en brazo ideológico de un partido, pierde su misión profética. La fe no puede ser subordinada a la ideología.
Jesús no pidió votos, pidió discípulos. Y ser discípulo hoy significa encarnar la justicia, la misericordia y el servicio en medio de la política.
La participación cristiana debe ser ética, no partidista; debe ser profética, no ideológica.
Por último, si tu política contradice el Evangelio, no es Cristo quien guía tu voto, es la ideología la que guía tu fe.
Javier Ríos Gómez


