Fundado el 9 de febrero de 2020
LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

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CUANDO LA POLÍTICA SE DISCUTE A GRITOS, LA VERDAD Y EL PAÍS SIEMPRE PIERDEN

 

 

La conversación pública se empobrece cuando las etiquetas y la desinformación desplazan el rigor, la lectura y la sensatez.

 

En tiempos de polarización acelerada, cuando cada frase se convierte en munición y cada discrepancia en sospecha, la conversación pública parece más una batalla campal que un intercambio racional. Y, sin embargo, nada resulta más urgente que aprender a debatir sin convertir al otro en enemigo. El problema no es disentir: es hacerlo sin honestidad.

 

No todo debate vale si su base es la violencia verbal o la estigmatización. Se supone que los intercambios políticos deben ser espacios de argumentación y contraste, no de gritos ni de golpes bajos. Sin embargo, cada vez es más frecuente que, ante la falta de argumentos, se impongan los eslóganes vacíos, las frases insulsas o los insultos que pretenden reemplazar la razón.

 

Una vivencia reciente ilustra esta tendencia: la ligereza con la que ciertos sectores intentan asignar filiaciones extremas a figuras que no las tienen; como cuando un pariente muy cercano pretendió ubicar en la ultraderecha –sin sustento alguno– a un reconocido intelectual, al escritor Mario Mendoza. Ante mi corrección, argumentada y sustentada de esa mala interpretación, su reacción inmediata y característica fue la acusación sin matices: “Usted defiende un guerrillero”. Un mecanismo tan predecible como improductivo.

 

Conviene precisar algo esencial: no se trata de defender a Gustavo Petro como persona, ni de justificar errores o desaciertos que como cualquier gobernante pueda tener; para eso están sus asesores y su equipo de trabajo, encargados de resolver estos asuntos.

 

Lo que sí resulta necesario es rechazar las campañas de desprestigio basadas en falsedades y montajes: imputarle crímenes inexistentes, inventarle adicciones, repetir apodos degradantes o atribuirle conductas aberrantes sin una sola prueba. La calumnia no se convierte en verdad por repetirla más fuerte.

 

Esta coherencia se extiende, igualmente, hacia políticos de la orilla opuesta: cuando las agresiones, insultos o mentiras recaen sobre ellos, también deben ser denunciadas. Defender la verdad no debería depender de la camiseta ideológica del afectado. No es una cuestión de sectarismos: es una cuestión de ecuanimidad y decencia pública.

 

Queda claro –y vale la pena subrayarlo– que lo que aquí se defiende es un proyecto político progresista, un horizonte que intenta enfrentar las desigualdades históricas. Un proyecto imperfecto, sí, pero que merece ser debatido con argumentos, no con infundios.

 

En un artículo anterior, publicado en varios medios, expuse que la condición de exguerrillero puede adquirir una lectura distinta cuando la lucha responde a ideales de justicia social, igualdad y democracia. No se trata de glorificar la violencia, sino de contextualizar las trayectorias políticas sin la caricatura fácil.

 

Conviene insistir en algo muy concreto: es fundamental respetar el derecho de cada cual a opinar, pero no por ello se deben aceptar opiniones desprovistas de fundamento o moderación. No se trata de descalificar a nadie, sino de subrayar que las etiquetas apresuradas y los juicios apriorísticos sin sustento no construyen puentes ni soluciones. La política exige conocimiento, contexto, responsabilidad y rigor; no se puede reducir al intercambio impulsivo de las descalificaciones.

 

Por eso es necesario fomentar una cultura de lectura permanente y pausada, razonamiento serio y debate respetuoso. No solo para encontrar coincidencias, sino también para comprender las discrepancias sin convertirlas en armas arrojadizas contra familiares, amistades y conocidos. La discusión democrática se fortalece cuando se basa en argumentos y no en gritos, cuando se piensa antes de hablar, y cuando se escucha antes de responder. De cara a las próximas decisiones colectivas –incluidas las electorales–, vale la pena propender por un debate más informado, menos visceral e irracional…, más sereno y constructivo.

 

La calidad del país que anhelamos para el futuro depende, en gran medida, de la índole de conversaciones y debates que con altura tengamos hoy: de tal forma que la voz que prevalezca no sea la más ruidosa, sino la más reflexiva.

 

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* Periodista y corrector de estilo

 

www.ogil.info

 

 

+ 57 318 881 1133

 

ogilcorrectordeestilo@gmail.com

1 COMENTARIO

  1. Buen día Don Óscar. Gran escrito.

    Si siendo candidatos, gritan y difaman, cómo serán de gobernantes ?.

    El tema no es sólo la falta de capacidad de diálogo entre los candidatos y partidos políticos preocupados por el pueblo ( Presunción de la buena fe política), sino la falta de carácter de los votantes para exigir respeto por el discurso, ya que la esencia es el show del debate argumentado con ideas enfocadas pero no el show de la pataneria, la difamación, los gritos y lo más peligroso, el fomentar discursos de odios, polarizando a los votantes desde la irracionalidad.

    Ser cuidadoso en lo que se escucha, averiguar lo expresado, confrontarlo desde la crítica y desde la historia si los hechos riman con el presente, es la manera de exigirle a los candidatos preparación discursiva desde la razón y el buen tono, no la disyuntiva de la razón o el buen tono.

    Votantes, exijamos porque no se debe votar a la ligera, por el que más grite, mas difame y mucho menos cuando el discurso es una cocina .

    Feliz día

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