Así como en lo agrícola cultivar tiende a generar significados para la alimentación y otros menesteres, cultivar el conocimiento humano busca estimular la acción y el pensamiento. De allí surge lo que se denomina cultura, entendida como el conjunto que estructura la vida colectiva de los diversos grupos sociales mediante variables materiales e inmateriales que producen normas, tradiciones, comportamientos asimilados, técnicas y demás características aceptadas por cada pueblo o sector coherente, resaltando particularidades encarnadas en sus integrantes.
Según Bronislaw Malinowski, cada cultura “es un aparato instrumental” que posibilita a los miembros de una colectividad resolver problemas concretos e implícitos en razón de satisfacer necesidades específicas. En la misma línea, H. Marcuse, desde su posición progresista y en el marco de la Escuela de Frankfurt, sostiene que la cultura debe entenderse como “un proceso de humanización que se caracteriza por el esfuerzo colectivo para proteger la vida humana, mitigar el mal causado por la existencia, encuadrándola dentro de unos límites soportables, estabilizar la organización productiva de la sociedad, desarrollar las facultades intelectuales del hombre y reducir o purificar las agresiones, la violencia y la miseria”.
La cultura, como forma de vida que rige interrelaciones, responsabilidades y conciencia de los seres humanos, está sujeta a transformaciones y evoluciones. Puede influir positiva o negativamente en el desarrollo económico y social, de acuerdo con el enfoque ideológico que se imponga. De ahí la importancia del espíritu creador, la solidaridad, la integración, la formación ciudadana y la participación honesta, valores que fortalecen el tejido comunitario y el respeto por lo público. En este sentido, la cultura se convierte en herramienta de convivencia, diplomacia, atracción de inversión y turismo; es clave para la construcción de la marca país y, al mismo tiempo, para el fortalecimiento de las capacidades intelectuales, la educación de calidad, la dignidad y el orgullo patrio.
Esto coincide con la apreciación de Tania García Lorenzo, colaboradora de la UNESCO para América Latina y el Caribe, quien afirma que “el desarrollo entendido como bienestar es un propósito anhelado por la civilización y, por ello, se encuentra en las agendas de los gobiernos”. En efecto, la cultura permite al ser humano situarse como sujeto y objeto de las transformaciones, en pro de su bienestar, en armonía con la naturaleza y con la sociedad, que le brindan raíz y abrigo.
En esta perspectiva, Claudia Hakim, artista y exdirectora del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), escribe el artículo Cultura, ¿dónde está tu victoria?, en el que señala que cuatro fuerzas negativas destrozan la nación: “la mentira, la violencia, la corrupción y la suciedad”, a las que califica como “enfermedades crónicas, síntomas de un cuerpo social debilitado, casi resignado”. Y agrega: “frente a ellas, la cultura no es un adorno; es la respuesta que puede abrir caminos de transformación”.
En este marco, la mentira se convierte en lenguaje común y la verdad oficial en falacia, lo que conduce a la pérdida de confianza y, sin esta, “no hay futuro compartido”. La violencia física se manifiesta en “el grito, la amenaza y la humillación”. Aquí la cultura cumple un papel esencial al contribuir a tramitar los conflictos. La corrupción, por su parte, se ha naturalizado como un robo permanente, mientras que la suciedad no se limita a la basura material, sino que refleja también la degradación de la dignidad y el irrespeto por lo público (ejemplo, el caso del mejoramiento de celda de detención de “Epa Colombia”, presentado como seguridad pero en realidad una apología del delito). Finalmente, la autora convoca a convertirse en “agentes del cambio” desde “la verdad, la paz, la ética y el cuidado”. Así, “la victoria de la cultura no será solo individual, sino un triunfo colectivo que nos unirá en la construcción de un país más justo, solidario y esperanzador”.
La cultura no debe verse como maquillaje. Es necesario integrarla como política pública transversal al desarrollo social y económico. Colombia tiene en su diversidad cultural una de sus mayores riquezas, incluyendo la resiliencia. Aprovecharla de manera estratégica es clave para levantar un porvenir más equitativo, próspero y reconocido en el mundo.


