miércoles, febrero 4, 2026

DE AMIGOS “INÚTILES” Y OTRAS FELICIDADES

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A Juancho lo conozco desde que jugábamos en la calle del barrio en mi natal Pereira, cuando las tardes se medían por goles, bicicletas y raspaduras en las rodillas. Luego fuimos juntos a la escuela y al colegio, compartiendo tareas, rumbas, secretos y castigos. Pasaron los años y la vida, con su costumbre de dispersarnos, nos llevó por caminos distintos. Durante mucho tiempo no volvimos a saber el uno del otro, hasta que un día —por esas casualidades que parecen guiños del destino— nos reencontramos en el aeropuerto de Barbados: él estaba de vacaciones e iba para Miami y yo volvía de dar una conferencia en esa isla del Caribe sobre el tema de programas sociales y pobreza.

El abrazo fue tan natural, tan efusivo, que cualquiera habría jurado que nos habíamos visto hace un par de días. No hubo silencios incómodos ni preguntas de compromiso como suele pasar a veces. Solo dos amigos riendo, recordando, poniéndose al día entre maletas y horarios. Echando rulo como dice Andrea, otra de esas amigas “inútiles “que la vida me ha regalado. Un par de amigos inútiles, Juancho y yo, felices de verse.

Y para entender de que se trata esto, quiero contar que hace poco leí una columna que me envíó otro amigo de ese combo de amigos inútiles, columna del profesor Arthur C. Brooks, de Harvard, quien afirmaba que para ser feliz uno necesita tener amigos inútiles. Esos que no te resuelven la vida ni te consiguen un contrato, pero te salvan de la soledad. Que no aparecen por interés, sino por afecto. Que no sirven para nada práctico, pero sin ellos nada tiene sentido. Que valen un potosí.

Y tiene toda la razón. Desde el colegio he tenido muchos amigos inútiles, y con los años he cultivado muchos más. Algunos han sido parte de mis aventuras profesionales, otros de mis derrotas más personales, y con todos comparto algo que no se mide ni se factura: la alegría simple de la amistad.

La amistad, en su esencia más pura, es un acto de gratitud desinteresada. Es una presencia que acompaña sin pedir, que escucha sin juzgar y que celebra sin envidiar. Aristóteles decía que “la amistad perfecta es la de los hombres buenos e iguales en virtud; pues desean el bien el uno del otro”. No hay mejor definición.

Algo parecido ocurre con los protagonistas de la serie española Machos Alfa, cuatro amigos que, en medio de la crisis de las nuevas masculinidades, se ven obligados a revisar sus privilegios, su identidad y su manera de estar en el mundo. Y, aunque son muy distintos entre sí y viven realidades totalmente opuestas, terminan siendo lo que siempre fueron: un grupo de inútiles amigos que se sostienen los unos a los otros con humor, torpeza y lealtad.

Con los años uno descubre que los verdaderos amigos no siempre están en el mismo lugar, ni disponibles a toda hora, pero están. Y eso basta. A veces es un mensaje inesperado, una llamada corta o una cita que se posterga mil veces hasta que por fin se cumple. Pero cuando ocurre, es como si el tiempo no hubiera pasado.

Recuerdo que después de aquel encuentro en Barbados, Juancho y yo nos sentamos a tomar un café en una esquina del aeropuerto. Hablamos de la vida, de los hijos, del trabajo, de los sueños y de las pérdidas. Reímos, como siempre, de lo que no tiene sentido. Y al despedirnos, los dos sabíamos que no hacía falta prometer nada: seguiríamos siendo “amigos inútiles”, pero imprescindibles.

Como bien lo decía Roberto Carlos en su canción “Un millón de amigos”, uno puede querer “tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar”, pero la verdad es que basta con unos pocos —los justos, los leales, los de verdad— para hacer más llevadera la vida. Y si miramos hacia el mundo anglosajón, “You’ve Got a Friend” de Carole King lo resume con una ternura que atraviesa generaciones: “You just call out my name, and you know wherever I am, I’ll come running to see you again.”

Amigos que no llegan cuando hay éxito, sino cuando hay silencio. Que no se sientan en la mesa por invitación, sino por cariño. Que no ofrecen soluciones, sino compañía.

Reconozco profundamente el valor de los amigos —los de antes y los de ahora— y me emociona pensar, como el profesor Brooks, que la felicidad no está en la utilidad de las relaciones, sino en su autenticidad. Algunos de esos amigos incluso se han puesto, por un rato, el traje de “útiles” cuando la vida nos cruzó en temas de trabajo o de ayuda mutua; pero pronto se lo quitaron, como quien se despoja de algo que no le queda bien, y volvimos a ser lo que siempre fuimos: dos amigos inútiles, sin deudas ni favores, pero con una complicidad que vale más que cualquier utilidad.

La amistad verdadera es ese refugio donde nadie espera nada, pero todos ganan.
Porque, al final, no se trata de usarnos, sino de acompañarnos.

Y si de algo estoy seguro, es que en esta vida hay pocas cosas tan necesarias como esos amigos que, aunque no sirvan para nada… sirven para todo.

Fernando Sánchez Prada
Comunicador, viajero y columnista

3 COMENTARIOS

  1. Ayyy lloré, que gran verdad. Esos amigos «inutiles» son los más utiles para el corazon!!! Un abrazo para todos los que lean este comentario y que la vida les regale muchos amigos de verdad verdad, de esos inigualables inutiles como dice Fernando

  2. Un artículo de esos que salen del corazón y muy verdadero, los amigos inútiles son los que más debemos cuidar y los que más alegrías nos proporcionan. Aunque dejemos de verlos, sabemos que siempre están ahí. Y no para utilizarlos, sino para compartir, para acompañarnos, para vivir juntos las mejores experiencias! Que suerte tener amigos inútiles!!!!

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