La verdadera revolución contra la pobreza (sin discursos de balcón)
La escena se repite más de lo que creemos: un abuelo que aprendió a trabajar con el cuerpo – tierra, sol, oficio – y una nieta que trabaja con la cabeza – pantalla, datos, teclado -. No son dos países distintos: son dos décadas dentro de la misma familia. Y ese salto, cuando ocurre, no nace de un discurso sobre “igualdad”; nace de algo más concreto: movilidad social real.
La primera vez que entendí de verdad qué significa “romper un círculo de pobreza” no fue en una sala de reuniones ni en un documento de política pública. Fue en San José del Guaviare, en una cocina improvisada donde olía a leña, a grasa y a supervivencia.
Allí conocí a los Restrepo. Ella hacía chorizos para sostener a sus dos hijos. No era “emprendimiento” de vitrina: era resistencia. Su esposo había sido asesinado por la guerrilla y a ella le tocó cargar, sola, el peso de la casa y de la vida. Era madre líder y, en medio de todo, insistía en algo que hoy me parece el indicador más serio de esperanza: que Rodrigo, el mayor, terminara el bachillerato.
Años después -casi una década- la vida me devolvió esa historia desde otro lugar. Yo ya trabajaba con Naciones Unidas y estaba entrevistando candidatos para un cargo técnico en Guaviare. Entró un joven, bien presentado, con un lenguaje distinto: ordenado, concreto, con criterio. Cuando vi el nombre completo me quedé frío. Era Rodrigo Restrepo. Había estudiado en el SENA y luego había terminado una carrera a distancia. No estaba pidiendo caridad ni repitiendo el libreto de la victimización: estaba compitiendo, con méritos, por su primer empleo profesional.
Ahí lo vi con claridad: el círculo no se rompe cuando todos “tienen lo mismo”. Se rompe cuando una familia logra cambiar de escalón, cuando el hijo que nació con el destino escrito se gana el derecho a escribir otro.
Por eso me niego a aceptar la simplificación de moda: ser iguales no es que todos tengamos lo mismo. Esa idea es un error. La igualdad que vale no es de resultados; es de arranque. Que el punto de partida no te condene. Que nacer en un lugar no determine tu salud, tu educación, tu seguridad y tu oportunidad real.
Pobreza no es desigualdad: el enemigo es la condena, no la diferencia
La pobreza es falta de lo esencial: techo digno, salud oportuna, educación que sirva, ingresos estables, seguridad mínima. La desigualdad es distancia, proporción. Son cosas distintas.
Confundirlas es el truco preferido del populismo contemporáneo: se cambia el foco de lo urgente -sacar gente de la pobreza- por una obsesión abstracta por “igualar”. Y lo grave es que, mientras se predica igualdad en discursos encendidos, se olvida lo que sí funciona en campo: las mecánicas concretas que habilitan movilidad social.
Lo que sí funciona (cuando el objetivo es movilidad, no discurso en elecciones)
En pobreza, casi nada se resuelve con una sola intervención. Los círculos tienen candados. Lo que he visto que funciona, repetidamente, tiene estos rasgos:
1. Capacidades + organización: la combinación que produce autonomía. La segunda historia que me marcó es exactamente eso. Gracias al apoyo de una ONG brasileña, pudimos dictar cursos de administración básica a miembros de un programa de retornos: familias desplazadas por la violencia, intentando reconstruirse.
El curso no era glamuroso: contabilidad mínima, inventarios, costos, compras, decisiones. Lo sorprendente vino después. Con ese piso, se organizaron y crearon una cooperativa para comprar insumos agrícolas con mejores precios y condiciones. Cuando evaluamos el impacto algunos años más tarde, no solo habían mejorado ingresos: ya eran propietarios, tenían su propia comercializadora y estaban generando empleo.
Eso es romper el círculo: pasar del “rebusque” individual a la capacidad colectiva, y de la supervivencia a la acumulación productiva.
2. Educación útil: del oficio heredado a la competencia transferible. Rodrigo no “salió adelante” por magia. Hubo bachillerato terminado, formación técnica, universidad a distancia. Es decir: habilidades. Y algo clave: habilidades que el mercado reconoce.
3. Acompañamiento que reduce fricción, no que reemplaza el esfuerzo. Cuando el Estado (o un programa) simplifica trámites, orienta rutas, evita que la gente se pierda entre requisitos, protege la permanencia escolar y acerca servicios, no está “regalando”: está removiendo obstáculos. En campo, muchas familias no caen por falta de ganas; caen por fricción, por costos escondidos, por burocracia, por el “vuelva mañana”.
4. Empleo y formalidad: el ascensor más estable. El verdadero cambio sostenido no es un giro de ingresos por un mes; es estabilidad, continuidad, protección social, crédito formal, posibilidad de planear.
Lo que fracasa (y por qué fracasa siempre igual)
También aprendí a desconfiar de ciertas fórmulas que se repiten porque sirven para la narrativa, no porque cambien vidas:
Fracasa lo que crea dependencia sin ruta. La ayuda puede ser necesaria, pero si no está conectada con capacidades, empleabilidad, productividad o formalización, se vuelve muleta permanente. Y una muleta permanente termina siendo relación política, no transformación social.
Fracasa lo que confunde cobertura con resultado. “Dimos cursos”, “entregamos apoyos”, “hicimos talleres”. ¿Y después qué? Sin seguimiento, sin evaluación, sin corregir lo que no funciona, la política social se vuelve un reporte bonito.
Fracasa lo que iguala por discurso y no iguala el arranque por diseño. La obsesión por que todos terminen igual suele terminar castigando el mérito y desincentivando el esfuerzo. La justicia social real no es emparejar techos; es levantar pisos.
Movilidad social: del azadón al computador, sin pedir permiso
A algunos les incomoda esta verdad porque rompe el libreto: Colombia sí ha tenido movilidad social, especialmente desde los 60 en adelante, con olas de modernización, expansión urbana, más acceso a educación, salud y mercados. Ha sido lento, desigual e insuficiente, sí. Pero ha sido real. Y existe un dato irrefutable: millones de historias como la de Rodrigo.
El punto no es negar la desigualdad ni romantizar el país. El punto es defender lo que funciona: la movilidad como política de Estado, no como excepción heroica.
La hipocresía del discurso: igualdad desde el confort
Aquí va la parte incómoda: abundan predicadores de “igualdad” que la proclaman desde sus cómodos apartamentos, mientras salen en su carro a comer por fuera, a los mejores restaurantes, por los extramuros de las ciudades. Es fácil hablar de lucha cuando uno no está luchando por la lonchera, el arriendo, el transporte, el copago o la cuota del recibo.
No se trata de prohibirles opinar. Se trata de exigir coherencia: si el foco es la pobreza, que hablen de cómo se rompe. Con rutas, con diseño, con evidencia, con trabajo serio. No con pose.
Y sí: se sigue leyendo mal a Marx (a conveniencia)
Parte del ruido viene de interpretar mal -o de forma interesada- los postulados marxistas: reducirlo todo a dos bandos, explicar la sociedad como un conflicto binario eterno, negar la existencia de la clase media y desconocer que la movilidad social es precisamente lo que desarma la determinación del origen.
Marx aportó lecturas potentes sobre condiciones materiales y alienación, pero usarlo como libreto para negar los ascensos reales -o para simplificar la vida económica moderna- es pobreza intelectual. Y, peor aún, es un obstáculo para diseñar soluciones.
Yo me quedo con dos imágenes: la madre que hace chorizos para sostener a sus hijos, y el hijo que años después se sienta al frente mío como profesional, compitiendo por su primer empleo. Esa transición – del azadón al computador – no la produjo una consigna sobre “igualdad”. La produjo una combinación concreta de educación útil, acompañamiento efectivo, organización productiva y oportunidades reales.
La desigualdad importa cuando bloquea el ascenso, cuando compra privilegios y captura reglas. Pero el objetivo central no es que todos tengan lo mismo. El objetivo es que nadie esté condenado a no salir.
Esa es, para mí, la definición más honesta de justicia social: igualdad de arranque, movilidad posible y dignidad sin permiso.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador y Policy Maker. Colombiano a morir


