jueves, febrero 5, 2026

DETENER LA PRISA PARA VOLVER A VIVIR

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En momentos en los que el cuerpo toma distancia de las exigencias diarias, más concretamente de las jornadas impuestas por el calendario, me sumerjo en una sensación atrayente, ¡pensar en mí! Un ejercicio que ha pasado a un segundo plano cuando somos conscientes de las entregas que exige el compromiso diario con el trabajo.

De enero a diciembre la vida nos pone a prueba. Hay prisas que se tornan inalcanzables, aunque al final, se logren. Pero, es una carrera sin límites, el tiempo no cuenta y por supuesto tampoco nosotros, casi que somos máquinas… lo que hay, es lo que hemos aceptado.

Lo incomprensible es que no es un propósito, sino la mecánica de la rutina en la que nos hemos matriculado, aunque sin formalidades. En cuyo caso sostenemos esos 11 meses y logramos responder hasta el final y en esa multifuncionalidad se posponen citas, proyectos, sueños… Al final hay que agendar ese encuentro para sentirnos vivos y mirarnos internamente.

Es así que, decido pensar en mí, regalarme un espacio donde pueda ser yo. Como soy. Natural, sociable, un ser humano como cualquiera, que llora, también sonríe y experimenta sentimientos, represados muchas veces por las mismas circunstancias del día a día.

Entonces me dispuse a regalarme vida, encuentros con personas que sueñan, que cuentan historias ávidas de ser escuchadas, pero, también de escucharlas. Es un recorrido excitante, que no exige nada, sin embargo, de valor incalculable.

Entro en otra mecánica de libertad para repensar la vida, para comprender a otros, para regalar abrazos, miradas comprensivas, frases elocuentes, uno que otro chiste, sonrisas que traspasan el alma transformando esas realidades en verdades llenas de magia. Una tarde de amigos, de travesías, de reconciliaciones con el otro, de disertación, pero de mucho respeto.

Y es que podríamos compararnos con el viento, siempre vamos de prisa arrasando con ella momentos que deberían ser parte de esa cotidianidad, que restablecen nuestras fuerzas y que brindan paz en medio de esa fuga de responsabilidades. ¿Por qué no detener el paso un instante? Podemos mirarnos con ojos de serenidad, esa que no deteriora; al contrario, es el balance perfecto para alcanzar la armonía cíclica, el equilibrio de una jornada.

Diciembre puede visualizarse como el mes que desestabiliza las finanzas, es el mes que nos brinda la posibilidad de reencontrarnos con ese yo oculto que surge para avivar la llama fraterna, el espacio de amigos, de personas nuevas que llegan a la vida y que tal vez van construyendo o quieran construir a nuestro lado.

Es el mes dadivoso. Nos nutrimos de amor familiar.

Con su advenimiento, los amaneceres sonríen sin el peso de la jornada laboral, hay más sonrisas en la mesa; las noches se arrullan con la calma del día sin afugias. El sueño se hace profundo, va al compás del tiempo y con la alegría de las luces navideñas que visten los hogares o adornan la ciudad.

Es la época propicia también para repensar la vida con gratitud, aún con aquella enfermedad de la cual aprender cómo sobrellevarla sin menguar sonrisas. Con los tropiezos presentes en el ejercicio de labores empresariales, los que nos ayudaron a ser cada día más comprometidos y dispuestos a transformarlos.

Con la pérdida de un ser querido, puesto que es en el dolor donde se comprende que, la vida hay que cuidarla porque es traviesa y puede escaparse sin avisar. Con las incomprensiones del otro, de los otros, ya que somos un pequeño y complejo mundo. Lograr la armonía toma tiempo, pero, hay que ir ejercitándose en ese propósito. Por último y no menos importante, agradecer por lo que tenemos, lo que perdimos, lo que nos decepcionó, lo que nos llenó de luz. Por todo.

Tal vez, mañana sobrevengan circunstancias que impidan vivir instantes para la posteridad, pero, mientras haya posibilidades de acercarnos a aquellos que vimos de manera fugaz, descubriremos mil maneras para continuar avanzando, oportunidades de crecer y de ser un referente también.

Es oxigenar el cuerpo, pero también el espíritu, es saber que detrás de cada persona hay un mundo desconocido que se despoja de su humanidad para liberar cargas con las que le era difícil caminar y en esa interacción poder hallar respuesta a múltiples interrogantes, sólo con una mirada, un gesto de aprobación, una sonrisa o un “de acuerdo”, “se vuelve a la vida, se respira otro aire”.

Aunque pasen los años y nos hagamos mayores, recordar la vida con benevolencia debe ser esa bandera, porque los recuerdos del pasado, los viejos amigos, son esa fuerza que empujará la carreta, aún desvencijada. Capturar esos espacios y reproducirlos, alimentan. Devuelven sonrisas.

El corazón es ese cofrecito que no debe cerrarse jamás. Por más que carguemos años, si le imprimimos fuego, vitalidad, estará siempre dispuesto a sonreír.  Al final del camino habremos realizado muy bien la tarea y descansaremos con la alegría de haber disfrutado cada instante, como tiene que ser para dar paso a ese nuevo inicio, otro año expectante.

La vida es un jardín que requiere riego. En esa diversidad nos hallamos todos, por ello, trabajar para que florezca debe ser una tarea diaria, que no acepta aplazamiento, por el contrario, nos permite sonreír a menudo.

No se deja de reír al envejecer, se envejece cuando se deja de reír”

Gabriel García Márquez

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