Dicen que uno conoce su verdadero carácter cuando nadie lo está mirando. Y quizá por eso recuerdo con absoluta nitidez un episodio de mi vida profesional que me marcó para siempre. Yo era jefe de mercadeo de una importante firma, joven todavía, pero con las convicciones que mi mamá, doña Blanquita —esa mujer campesina que estudió solo hasta segundo de primaria pero que entendía profundamente la ética del trabajo— me había sembrado desde niño: lo que no es correcto nunca será negocio.
Un empresario se acercó un día a mi oficina para proponerme algo “atractivo”: una gruesa suma de dinero para que yo gestionara una campaña que desprestigiara el producto de mi propia compañía. Una campaña diseñada para “demostrar” un fracaso que en realidad no existía. Una campaña corrupta en su esencia. Me negué de inmediato. No solo eso: denuncié la maniobra dentro de la empresa. Preferí incomodar a más de uno antes que traicionar lo que me enseñaron en casa: que un atajo indigno termina volviéndose un precipicio.
Esa historia vuelve a mí hoy, en el Día Mundial contra la Corrupción, porque en Colombia seguimos sin comprender la magnitud real del daño que esta causa. No hablamos de un fenómeno lejano ni abstracto: hablamos del problema número uno del país, el que drena recursos, fractura la confianza pública y normaliza que “todo tiene su precio”.
Las cifras que se conocen son devastadoras. Estudios recientes estiman que la corrupción en Colombia podría costar cada año billones de pesos que deberían estar en hospitales, vías terciarias, pensiones, educación o ciencia. Peor aún, se estima que en América Latina la corrupción desangra hasta el 5 % del PIB de algunos países. Colombia no es la excepción. Y aunque cada gobierno promete combatirla —especialmente este, que llegó con el lema del “cambio”— los hechos van por otro camino.
La realidad es que ninguna administración se ha salvado. Este gobierno suma escándalos nuevos casi a diario, algunos tan graves que ya ocupan titulares internacionales. Pero sería torpe y reduccionista pensar que el problema está solo en la Casa de Nariño o en las altas esferas. La corrupción en Colombia es un fenómeno que se reproduce desde arriba… pero también desde abajo, en lo cotidiano.
Porque corrupto no es solo el funcionario que direcciona contratos o el político que financia ilegalmente su campaña. Corrupto también es:
– quien soborna a un agente de tránsito para evitar una multa;
– quien paga para saltarse la fila de un pasaporte o de una boleta;
– quien “arregla” un trámite con un funcionario porque “si no es así, no sale”;
– quien falsifica un certificado médico para faltar al trabajo;
– quien se roba la luz o el agua del vecino;
– quien cobra por pasar primero a alguien en un proceso que debe ser igual para todos.
La corrupción —hay que decirlo sin miedo— tiene un origen cultural. Está enraizada en la idea perversa de que “el vivo vive del bobo”, y de que el fin justifica medios que jamás deberían justificarse. Por eso no basta con que caigan los peces gordos: necesitamos una transformación mucho más profunda, una que empiece en cada uno de nosotros.
Combatir la corrupción es, antes que nada, una tarea ética. Una decisión individual. Un acto de dignidad.
Porque un país cambia cuando cambia la conducta de su gente.
Hoy, en el Día Mundial contra la Corrupción, te invito a mirar hacia adentro. A preguntarte cuántas veces has normalizado “pequeñas ventajas”. A comprometerte contigo mismo con un principio sencillo: no participar, no promover y no justificar ningún acto corrupto, por minúsculo que parezca.
El cambio real empieza por lo que decides hacer cuando nadie te ve.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador y columnista



Buen día Don Fernando. Gran escrito.
La gobernabilidad hace rato está en manos de los socios inversores del candidato ganador y ese cúmulo de cargos con libre remoción y nombramiento hace que el tema de la honradez y transparencia flaquee,además, esa frase que todavía perdura desde la práctica «plata o plomo» agrava la situación.
Si los cargos de libre remoción y nombramiento tuvieran otro dinámica, el tema mejoraría, pero como el nombramiento es «a dedo», condicionan a cualquiera desde la necesidad y desde el miedo . Esa falta de estabilidad y el futuro incierto y con la posibilidad de hacerse a dineros de otra manera se convirtió en una naturalizada mala práctica.
Tema complejo pero como dice la frase «cuando no se ataca el fuego se muere por el fuego», lo cual es un reflejo de la realidad Colombiana.
Debemos atacar el fuego.
Muchas gracias y un feliz día le deseo Don Fernando.
Isdaen gracias por su valedero comentario. Realmente es una labor de todos, de cultura, de educación y de transmitir a las nuevas generaciones.