He entregado mi vida entera a las letras, y aun así nunca me atreví a llamarme escritor. Ni siquiera escribidor. Apenas, quizá, un deletreador. O simplemente un enamorado de la palabra, convencido de que ella —más que las acciones— puede ser bálsamo y espada para resolver los conflictos entre humanos.
Amé las letras desde niño, cuando veía a mi padre inclinarse con solemnidad frente a su máquina Remington. Sus dedos, pausados pero firmes, golpeaban las teclas para dar vida a los editoriales de El Fuete, su periódico. Allí defendía, como él mismo decía, “el buen humor y los intereses de Pereira”. Esa imagen se grabó en mi memoria como un rito sagrado.
Crecí entre salas de redacción de radio, prensa y televisión, respirando tinta y sonido, soñando con el reconocimiento: esa única recompensa que reciben quienes se consagran al servicio social. Pero mi humildad me cegaba; nunca creí que mis escritos merecieran el escrutinio de un jurado.
En el fondo, me soñé coronado en la Roma Imperial, con un ramo de laurel como los poetas, atletas y generales. O con un ramo de olivo, símbolo de victoria, gloria y resurrección. Pero fueron solo sueños. Nunca concursé por un Pulitzer, ni por un Simón Bolívar, ni siquiera por el desaparecido premio “Hernán Castaño Hincapié”, que llevaba el nombre de mi padrino de bautismo.
Mis jornales —esa palabra que en latín significa jornada, pero también periodismo— los gané ejerciendo este oficio controvertido, tan odiado por unos y tan amado por otros, pero indispensable para la vida en sociedad.
Cuando llegó la pensión por vejez, me sentí libre de horarios y jerarquías. Y entonces, sí, por fin me atreví: fundé mi propia empresa, El Opinadero. Algunos la llamaron empresa de papel, por su exiguo capital. Pero era
empresa, al fin y al cabo, con visión, valores y principios, enfrentando obstáculos como quien enfrenta dragones.
Aquí llegaron plumas prestigiosas, aquellas que ya disputaban el favor de los lectores, y junto a ellas florecieron voces nuevas, escritores que nunca antes habían encontrado puertas abiertas. En medio de la diversidad nos hicimos Uno, y adoptamos el lema: “Todos cabemos aquí”. Porque se puede pensar distinto, se puede hablar distinto, pero nunca perseguir al contrario por sus ideas.
Hoy, seis años después de cultivar esta empresa de la palabra escrita, contemplo con gratitud y orgullo la comunidad imaginaria que hemos congregado. Una comunidad heterogénea que me acompaña y que ostenta el más bello sentimiento humano: la gratitud. Esa misma que me ha demostrado con un homenaje sencillo pero inolvidable: el premio de su amistad.
Déjenme reconocer a uno de ellos, cuya generosidad nos supera: Danilo Salazar Ríos. Guerrero jubilado en sus cuarteles de invierno, maestro que trasladó su aula al ciberespacio para enseñar con el ejemplo. Sus columnas son recuerdos compartidos, vivencias en primera persona que se vuelven patrimonio público.
Fue él quien, a falta de clubes ostentosos o salones de alquiler, nos ofreció la hoguera familiar el 9 de febrero de 2026. Allí, en las montañas de Santa Rosa de Cabal, nos reunió para celebrar el aniversario de El Opinadero. Qué bien se siente, Danilo, brindar con un pocillo de café caliente en ese paraíso natural, celebrar la vida y recibir el reconocimiento por el esfuerzo compartido.
Gracias, Danilo, por la inolvidable celebración y por ese pergamino que lleva su firma y la imprenta de Gutenberg en el fondo. Usted tomó la vocería de todos: de los prestigiosos, de los poderosos, de los bendecidos por la fortuna, de los ricos de espíritu, y de las dos escritoras que lo acompañaron —Amelia Restrepo y Amparo Bustamante— para recordarnos que estamos cumpliendo la tarea. Y para estimularnos a seguir, con pasión y con fe, la misión que la vida nos ha impuesto.
A usted, a mi esposa y cómplice en esta aventura Solángel López, y a todos quienes me acompañan y de una u otra forma ayudan al sostenimiento de la causa, mil y mil gracias.



Muchas felicidades por el tiempo y los años dedicados a la labor don Fernando; a papá un reconocimiento por su talante, su resiliencia su disciplina, me siento muy orgulloso de ser su hijo!!
Gracias a usted, Aldemar, por el privilegio de su amistad y la de su padre. Me uno a la parte final de su comentario, tiene un padre digno del mayor orgullo.
Que escrito tan bonito, estimado Luis Fernando. Esos recuerdos embellecen su relato y son muestra clara de su sensibilidad. Yo también quiero felicitarlo pues nada nos hace más felices que dedicarnos a esas actividades que nos gustan y nos llenan el alma, como es su caso. Deseo que este proyecto siga progresando y dure muchos años bajó su acertada dirección, ofreciendo información, opinión, respeto y acierto en su contenido. Agradezco de todo corazón la oportunidad que me ha dado de escribir para su periódico, pues he de confesarle que gracias a usted, encontré mi lugar en este momento de mi vida. Espero poder seguir acompañándolo por mucho tiempo en este maravilloso proyecto!
Muchas gracias Consuelo, con su apoyo y el de nuestros colaboradores columnistas, espero continuar cumpliendo esta misión para beneficio de una ciudadanía que cada vez requiere información de valor y opinión calificada.