miércoles, febrero 4, 2026

EL LIBRO PERDIDO DE CIRCASIA

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Viajamos 45 minutos desde Pereira a Circasia, Quindío, para asistir a los actos inaugurales del “V Festival de Cortometrajes de Mujeres Colombianas, Directoras y Productoras”, que por primera vez se celebraba allí y donde nuestra hija fue designada como jurado para calificar los cortos en concurso.

Al terminar la jornada, tarde en la noche, la coordinadora general del evento, María Lila Quiroga Flores, nos invitó a visitar “El Libro Perdido de Circasia”.

Confieso que hasta ese momento, de Circasia solo tenía la referencia de ser el único municipio colombiano con un cementerio libre, existente desde 1917.

Pues Oh sorpresa, el Libro Perdido de Circasia, no es el título de un libro, es un sitio, un lugar acogedor, un refugio para caminantes del alma, a pocos pasos de la plaza principal.

Allí, Diego Valencia Barco, su propietario nos recibió, pues  es el anfitrión, cocinero por afición, librero de vocación, gran contador de historias, soñador empedernido.

Diego es muchas cosas a la vez personaje alegre, atento, cálido y dueño de muchas anécdotas. Sabe que, hasta el fin de sus días, llevará dentro si el espíritu del librero, que no renunciara al olor a viejo de los libros de segunda, ni al sueño de establecer, con el apoyo de su familia, su equipo de trabajo y sus amigos, “un sitio de tertulia que sea reconocido por todos”, como él dice, “para compartir, entre la buena comida, el tinto y el vino, largas tardes y noches de lecturas y charlas con mis amigos, y los amigos de mis amigos”.

En el aire del lugar flotaba el aroma de algo que me hizo cerrar los ojos, era el aroma de la masa madre recién horneada, albahaca fresca, y un toque leve a tomate asado. Era el olor de la pizza, sí, pero era mucho más. Era como un abrazo invisible que decía: “Bienvenido, aquí puedes quedarte”.

Diego prepara la pizza con una masa madre especial, bautizada “Teresita” en honor a su hermana desaparecida. No es cualquier pizza, es una de las más afamadas de la región, hecha con la sazón propia de casa.

Diego me habló de su amor por los libros, de cómo su hermana le sugirió el nombre de El Libro Perdido para su emprendimiento en pandemia, recordándole aquellas conversaciones familiares en las que ella le preguntaba: “¿Qué hubo del libro perdido?”, haciendo alusión al libro que durante muchos años buscó, “La canción del caminante”, del escritor Silvio Villegas, un ejemplar que le impactó en su juventud y que después encontró por casualidad, en una venta de segundas, en una acera de la fría Bogotá.

En El Libro Perdido no solo hay libros, también hay pinturas, antigüedades, como una máquina de escribir Remington de 120 años, un antiguo alambique, una calculadora mecánica precursora de la eléctrica, electrónica y la digital.

Diego colecciona lo que el tiempo deja atrás, fotos antiguas, revistas descontinuadas, y una  colección Crisol de Aguilar.

La mayoría de los libros han llegado por donación de los clientes, novelas románticas con dedicatorias desvaídas, enciclopedias olvidadas, poemarios con manchas de café. Diego calcula tener tres o cuatro mil títulos, y su colección sigue creciendo.

“Acá nadie viene solo a buscar, aquí también se viene a dejar”, dice Diego, mientras señala una pila de libros donados.

“Este es un lugar para compartir. Si a alguien le sobra un libro, lo deja. Si a alguien le falta un libro, lo lleva”. Y así, El Libro Perdido se ha convertido en un punto de encuentro, un pequeño faro en medio de Circasia, ese pueblo que respira libertad, donde el Cementerio Libre nos recuerda que la rebeldía tiene raíces profundas.

Mientras tomábamos una copa de vino, Diego compartía su sueño: hacer de El Libro Perdido un epicentro de tertulias, un espacio donde los libros sean el pretexto para reunir a la gente, para hacer comunidad, para fomentar el turismo cultural y habló de su proyecto de crear un gran museo del libro en Circasia, una idea que merece el apoyo de todos.

Sorprendió ver cómo, a pesar de la hora, la gente seguía entrando, una pareja pedía dos cervezas artesanales y una pizza para compartir, un joven buscaba algo de filosofía, y una señora del pueblo dejaba una bolsa con tomates y albahaca para Diego.

El Libro Perdido no es una librería, ni un restaurante, es un refugio, un lugar al que se llega por casualidad y al que siempre quieres regresar.

3 COMENTARIOS

  1. Mi estimado QH: el Cementerio Libre de Circasia se inaugura a comienzos de los años treintas. Gesta que nos es bien conocida. La iniciativa de los masones Braulio Botero y Julio Londoño es apoyada por toda la población. El Cementerio laico de Pereira se construye uno años después. Aunque Hugo Angel Jaramillo afirma que existió desde 1910. Perteneció a la Logia Libres hasta comienzos de los años cincuentas, cuando lo venden a la iglesia Presbiteriana.

  2. Javier excelente crónica, hay allí unos elementos descriptivos certeros y una narración amena, agradable y que pega al lector. Invita a conocer el personaje, su quehacer cotidiano y el espacio en donde se desenvuelve. Por allá iré con mi Flia un día de estos.
    Gracias por todos sus escritos .
    Saludo.

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