A propósito de una reflexión planteada por el historiador mexicano Juan Manuel Zunzunegui, en YouTube, denominada Resentimiento social, vale la pena detenerse en un fenómeno cada vez más visible en medio de la polarización, pues la razón parece haber sido desplazada por el odio. El debate público ha cambiado de tono; ya no se trata de confrontar ideas, sino de descalificar al contendiente. El diálogo ha cedido su lugar a la violencia, a la mentira, al grito, al gesto procaz y a la amenaza, (incluyendo la pugnacidad presidencial). No ha desaparecido la discusión; lo que se ha perdido es el respeto que la hacía posible. El escenario electoral acentúa estas tensiones. Allí donde debería florecer la deliberación sobre proyectos de país, se impone con frecuencia la lógica de la confrontación emocional. El adversario político deja de ser un interlocutor legítimo y se convierte en enemigo moral. Ese desplazamiento es peligroso porque debilita la democracia y erosiona la confianza social necesaria para vivir en comunidad.
No se trata únicamente de practicar la tolerancia, sino de comprender que la convivencia democrática exige reconocer la dignidad del otro, incluso cuando sus ideas resultan incómodas o contrarias a las propias. La democracia no consiste en eliminar el disenso, sino en hacerlo convivir dentro de reglas compartidas.
En medio de las campañas, el lenguaje adquiere un poder determinante. Las palabras pueden tender puentes o levantar muros. Cuando se recurre a la descalificación, al rumor o al miedo, se siembra un clima que trasciende la coyuntura electoral y se instala en la vida cotidiana. La política deja entonces de ser una herramienta para el bien común y se convierte en un campo de agravios permanentes. El momento electoral debería asumirse como una oportunidad para reivindicar valores fundamentales: la civilidad, el respeto por la diferencia y el reconocimiento ciudadano. Vivir en comunidad implica aceptar que nadie posee la verdad absoluta y que el destino colectivo se construye desde la pluralidad en tanto se comparte un mundo común, porque de lo contrario daría lugar al autoritarismo saqueador.
Resulta paradójico que las sociedades sean capaces de unificarse en torno a símbolos como un equipo deportivo, una bandera, una celebración y, sin embargo, se fragmentan cuando se trata de pensar el futuro básico de todos. El reto consiste en trasladar esa capacidad de encuentro al terreno de la política, sin borrar las diferencias, pero evitando que se conviertan en fracturas irreparables.
La desvirtuación del debate conduce al conflicto y dificulta los acuerdos. Cuando la paz se reduce a la imposición de una manía dudosa o al silencio de los avasallados, pierde su sentido. La paz auténtica se funda en la convivencia reglada, en el respeto mutuo y en la posibilidad de disentir sin temor. Norberto Bobbio advertía que la democracia no se agota en votar: exige cultura política, reglas y responsabilidad compartida.
Durante la Ilustración se defendía una idea ética profunda (atribuida a Voltaire), acerca de proteger la libertad del otro, no destruirlo por pensar distinto. Esa convicción sigue siendo vigente. La libertad de expresión solo tiene valor si ampara también la voz que incomoda; de lo contrario, se convierte en privilegio. Reconocer que la cultura política se construye en la forma como se debate, se escucha y se aceptan los resultados es, al estilo de Kant, un imperativo categórico. Y, sobre todo, reafirmar que vivir en sociedad exige respeto, derecho y humanidad. Solo así la política dejará de ser un campo de resentimientos, y volverse un espacio para construir en paz y con cultura democrática, el destino común.


