Quiero sumarme al debate que abrió Juan Guillermo Ángel en su texto “Mi Renuncia”, publicado en el Canal GQ de Luis García el pasado mes de septiembre. No se trata de repetir lo dicho, sino de recoger una verdad que compartimos: cuando lo público se maneja con decencia, cuando se abren ventanas y se rinden cuentas, los resultados son palpables. Pereira y Risaralda tienen ejemplos de sobra para demostrarlo.
Ahí están obras que cambiaron la fisonomía de la región: la pista ampliada del Matecaña, el viaducto César Gaviria, el cable aéreo, los escenarios deportivos para los Juegos, la expansión de nuestros campus universitarios. Todas pruebas de que cuando la gestión es transparente y el interés común prima, el dinero rinde y los proyectos se hacen realidad.
Pero no es solo la obra pública. En Risaralda también hemos tenido empresarios que son ejemplo de honradez y visión de futuro. El caso de Frisby, con la dupla Hoyos–Restrepo, que transformó un producto sencillo en una marca nacional asociada a innovación y servicio. Magnetrón, con Marcial Navarro, que supo abrir camino en la industria metalmecánica cuando pocos creían en ella. Apostar, con los Franco, que convirtió el juego legal en un mecanismo para apoyar la salud. Gerenciar y los Ossa, que modernizaron la gestión inmobiliaria. Gino Passcalli, de Alfonso Castillo, que dio estilo y prestigio a la moda hecha en Pereira. Busscar, con Roberto Gálvez, que demostró que la tradición carrocera podía reinventarse. A ellos se suman familias como los Santacoloma y los Castrillón, junto a tantos ingenieros locales que hicieron grande a Risaralda desde la obra civil.
Quiero destacar en este contexto a James Fonseca Morales, líder de Risaralda Cívica (también conocida como Vigía Cívica), que se ha erigido como un verdadero guardián de la transparencia. Su trabajo incomoda, claro, porque señala lo que muchos prefieren ocultar. Pero Fonseca no debería cargar solo con esa tarea, como si fuera un Catón el Censor contemporáneo. Los pereiranos tenemos que acompañarlo, respaldarlo y entender que vigilar lo público no es un capricho, sino una necesidad democrática.
La historia nos enseña que cuando sociedad civil, empresarios honestos y dirigentes transparentes se encuentran, el resultado es desarrollo. El problema es que en los últimos años hemos permitido que el civismo se debilite, que la apatía gane terreno y que algunos disfracen monopolios y corrupción bajo el nombre de progreso. Esa es la crítica que hay que hacer, pero también la propuesta que debemos poner sobre la mesa: recuperar el civismo, apoyar la transparencia y valorar al empresario que genera riqueza y empleo sin abusos.
No se trata de nostalgia. Se trata de reconocer que ya lo hicimos antes y podemos hacerlo de nuevo. El futuro de Risaralda no depende de discursos, sino de decisiones colectivas que protejan lo público, impulsen lo privado y devuelvan la confianza en nosotros mismos.



Buena columna. Resulta preocupante que los dirigentes gremiales actuales se han dedicado a realizar negocios privados. Los gremios se convirtieron en inmobiliarias. Ya no se construyen ni se ejecutan BIENES PUBLICOS para beneficio público. Los gremios ya no tienen por norte el bien común sino el lucro privado de la entidad.
Guillermo . Gracias por su acertado comentario . Es que lo publico no es solo lo del Estado . Lo público es tamo lo que todos hacemos para todos.