Las explicaciones televisadas del presidente Gustavo Petro el pasado viernes, sobre la situación financiera de la Nueva EPS, no sorprenden a nadie informado. No se trata de un hecho fortuito, aunque muchos prefieran hacerse “los de la oreja mocha”. Desde la entrada en vigor de la Ley 100 de 1993 hasta hoy, han sido liquidadas 128 entidades promotoras de salud; apenas 28 siguen autorizadas. Ya en el año 2000 la mayoría de EPS, acumulaban serias dificultades financieras.
Un ejemplo cercano lo constituye la primera EPS pública creada en Risaralda en 1995, que empezó a operar el 1 de enero de 1996 y, en diciembre de 1999, fue intervenida por la Supersalud para liquidarla en el 2002. Sus escándalos de corrupción fueron públicos: funcionarios y contratistas señalados de malos manejos, con muy pocos condenados. Entre los recuerdos más vergonzosos tenemos el viejo edificio en ruinas de la Avenida de Las Américas, adquirido a la fuerza en 1995 como sede de la EPS Risaralda. Aquel negocio se convirtió en símbolo del festín corrupto del momento. Lo más indignante es que varios de los politiqueros que participaron en esa debacle siguen vigentes, posando de buenos dirigentes y hasta de poderosos. Las ruinas de ese inmueble son hoy una fotografía fiel del camino de las EPS en estos 32 años: promesas quebradas y corrupción intacta.
Pero la corrupción en Colombia no empezó con la Ley 100. Ha sido el aire que respiramos desde hace décadas. Basta recordar que, en 1982, durante la presidencia de Julio César Turbay, la podredumbre institucional y la violación de derechos humanos provocaron la división del Partido Liberal, cuando Alfonso López Michelsen intentó un nuevo mandato. Ese desgaste facilitó el triunfo de Belisario Betancur, cuyo gobierno destapó los autopréstamos del Grupo Grancolombiano, la quiebra de entidades que captaban irregularmente dineros de ahorradores, y bancos dedicados al lavado. El nombre de Félix Correa y su Banco Nacional, aún resuena como emblema de la desvergüenza financiera.
Los fraudes en el sistema financiero nunca han sido excepciones, sino la norma. En 2012, el caso Interbolsa lo confirmó: pérdidas millonarias para inversionistas, empresas en crisis y una confianza en el mercado que se desplomó.
La gran aceleración de la corrupción llegó en el gobierno de César Gaviria, cuando se consolidó el neoliberalismo y la Apertura Económica. Privatización de la banca pública, liquidación de entidades estatales, venta del sistema eléctrico y de empresas de servicios públicos: cada operación escondía un negociado. Concesiones viales para dar y convidar, con sus numerosos y costosos peajes, para vías sin terminar y puentes desplomados. El país se llenó de los famosos elefantes blancos, obras saqueadas y abandonadas. Las reformas constitucionales y leyes que permitieron esas privatizaciones se compraron con los famosos “cupos indicativos”, que sirvieron para repartir contratos, enriquecer congresistas y corromper al electorado. Desde entonces, nuestras elecciones se financian con dineros oscuros y estructuras criminales. La democracia colombiana está profundamente carcomida.
Muchos se niegan a reconocer que la función pública terminó subordinada a la corrupción. La cultura del “todo vale” se impuso: el servicio al bien común dejó de ser propósito y fue reemplazado por la búsqueda de enriquecimiento fácil. El poder político es visto como un atajo a la fortuna y a la permanencia en el poder.
La evidencia es clara: las políticas neoliberales y las privatizaciones no resolvieron los problemas estructurales del país. La salud, la educación, la infraestructura y el desarrollo siguen en crisis. Lo único que se consolidó fue la alianza perversa entre clase política tradicional, contratistas y sectores privados que se lucran del Estado. Colombia, hoy como ayer, sigue siendo territorio fértil para la corrupción y la impunidad.
¡Por respeto a todos mis amigos lectores, no digo la palabra que quería usar para el título, pero me muero de las ganas!



ING. comparto a plenitud éste soberbio artículo, franco, escueto, sin ambages, es una cruel y triste realidad respecto la crónica y cancerígena corrupciones. La frase que quiso esperar debió glosarla con la certeza de que la inmensa mayoría de sus lectores la aplaudiríamos y saldríamos en su defensa por estar cargado de verdades irrefutables, eso lo que es o son.
Sí, empezamos a investigar y a escribir sobre la corrupción en Colombia, solo desde 1960 podríamos sacar una enciclopedia de 30 tomos de unas 500 páginas cada uno.
Exelente articulo. Leyendo estas verdades no dan ganas sino de llorar. No por los corruptos sino por nosotros que pasamos a hacer lo mismo cuando nuestro silencio lo confirma. O sea estamos de acuerdo, aceptamos y seguimos como si nada pasara , y esta gobierno actual resultó peor q todos los demás y eso q esperaron 70 años para llegar al poder , bendiciones