lunes, febrero 16, 2026

FILOSOFEMA: EL HOMBRE SERÁ EL MISMO Y NO OTRA COSA

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Causa grata extrañeza, querido Zaratustra, que aquél moreno de andar atlético y bigotillo bien delineado, atractivo a una de nuestras amigas mutuas, dejara su afición por las lides electorales para dedicar parte de su tiempo a hacer reflexiones en El Opinadero, acerca de temas como la transformación material del hombre a causa de lo que han dado en llamar inteligencia artificial.

En aquél entonces, cuando Pereira era una aldea grande, compuesta sólo por La Circunvalar, algo así como el Partenón de sus dioses y patriarcas, y por dos vías lácteas que la cruzaban de lado a lado en medio de un ambiente fenicio repleto de tiendas comerciales, ambos nos dedicábamos al menester de especular con la verdad, Ernesto desde el poder político y yo desde el poder de la prensa escrita.  

Y digo Zaratustra que, tanto él como yo éramos especuladores de la verdad, porque no teníamos el privilegio de ser libres en el sentido estricto del término pues, como todos los hombres, nosotros dependíamos y aún dependemos de todo aquello a lo cual consideramos necesario para existir.

Pero dejemos este tema del poder y su íntima relación con la libertad para posterior filosofema. Por ahora quedémonos con tu apreciación tautológica, según la cual, si consideramos que la libertad es condición sine qua non para considerar algo como verdad, y si el informante y el político son los más carentes de libertad, entonces no es posible que de ellos emane la verdad.   

Retomando la cuestión que inicialmente animó nuestra conversación, me cuentas Zaratustra que Ernesto ha expuesto el fenómeno actual, consistente en la sustitución de esa manera natural de expresar nuestras emociones y sentimientos por la llamada inteligencia artificial, calificando esto como una degradación de la naturaleza humana, a lo que Consuelo ha agregado que no siempre el uso de dicha inteligencia es algo negativo.

También dice Ernesto que, por causa de esa nueva forma de expresividad, casi automática, cada vez nos parecemos más a las máquinas, que el hombre ha perdido su calidez humana y que su relación con el otro se ha vuelto impersonal.

Creo estar de acuerdo contigo Zaratustra en que la definición más aproximada de hombre es que es un ser al que sólo lo podemos concebir en sociedad, siempre relacionado con el otro, con capacidad para razonar y, por tanto, para dar fe de su existencia. Es el único ser natural capaz de reflexionar sobre sí mismo y decirse… “si pienso es porque existo”, tal como lo afirma Descartes en su duda metódica.

Son estas características las que le dan al hombre esa esencia indistinta de humano aunque, si nos atenemos estrictamente a la etimología de “humano”, término que deriva de “humus”, tierra, estaríamos siendo excluyentes respecto a todos los demás seres, sobre todo respecto a los demás animales, que también están sobre el suelo de nuestro planeta.

Tomemos pues la acepción de humano como el único ser que se piensa a sí mismo de manera racional y que, además, se reconoce como un ser con sentimientos y emociones, es decir un ser consciente.

Pero, ¿a qué viene ese énfasis sobre lo humano?, me preguntarás Zaratustra y yo te respondo. Para entender lo planteado por Ernesto es necesario referirnos también a aquella otra parte variable, o cambiante, que distingue al hombre de otros seres.

Aquella otra parte es la correspondiente a su forma de manifestar su esencia humana. Él hace parte de esa dualidad expuesta por muchos pensadores, en que la esencia permanece mientras la forma donde se alberga dicha esencia cambia, se transforma y hasta desaparece.

La esencia de las cosas existe por sí misma, pero se manifiesta de distintas maneras, de acuerdo con las propiedades o capacidades de expresarse que cada ser tenga o vaya desarrollando. Por su esencial capacidad de pensar, el hombre es el ser más cambiante en su forma de actuar, de expresar sus sentimientos y emociones.

No sucede lo mismo con los animales cuya manera de manifestarse sigue siendo regularmente igual, salvo algunas veces en que, el mismo hombre, los induce a adoptar formas de ser antinaturales.

Aventuremos un ejemplo Zaratustra. El hombre manifestaba su admiración por la luminosidad de la luna escribiéndole un soneto, ahora lo hace a través de lo que han dado en llamar un medio virtual, transmitiendo una imagen del bello satélite inscrito en el espacio. Los lobos siguen manifestando su atracción hacia ella por medio de sus aullidos.

Todo lo anterior nos sirve para deducir que la influencia de las nuevas tecnologías de la comunicación no está acabando con la existencia del ser humano, pues dichas formas de comunicar son resultado de esa capacidad esencial del hombre, cual es la de pensar.

¿Sería posible que algo salido de su esencia, acabe por eliminarla?, ¿que una idea termine aboliendo el pensamiento de donde ha surgido?

El hombre, mediante su capacidad esencial de pensar, creó la realidad virtual. Con ésta, como con todas las invenciones que él hace, busca mejorar su bienestar material, cambiando la forma de actuar, de expresarse y de comunicarse. Todos estos modos de comportamiento son los que cambian, pero no la esencia humana.

Entonces hemos de concluir Zaratustra que, con la llamada inteligencia artificial o con la realidad virtual, el hombre seguirá comportándose como ser social pero no relacionándose con el otro de manera presencial sino mediante imágenes de texto, a través de adminículos provistos de pantallas y seguirá haciendo ciencia apoyado en la tecnología digital, mas no en la experiencia.

Seguirá amando, odiando, sintiendo y emocionándose, sólo que toda esta sensibilidad la ofrecerá envuelta en los fríos y artificiosos moldes de la tecnología, mas no en los cálidos pliegues del corazón humano.

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