La verdadera enfermedad que padecemos los colombianos no está en los hospitales ni en los consultorios.
La enfermedad real es la ceguera.
No queremos ver lo que ocurre. O quizás, simplemente, no sabemos cómo mirar.
Hoy presenciamos una polarización absurda alrededor del sistema de salud.
De un lado, quienes defienden el modelo actual con argumentos que ya no resisten el menor análisis.
Del otro, quienes proponen una reforma que no es más que un regreso a un pasado fracasado.
Ambas posiciones están atrapadas en un espejismo.
El modelo vigente en Colombia, instaurado por la Ley 100, está basado en el sistema Bismarck.
Un modelo que reconoce ciertos logros, como la cobertura de enfermedades de alto costo.
Pero tiene un pecado de origen: el mercantilismo.
Ese mercantilismo es implementado por instituciones conocidas como EPS, autorizadas por el Estado para intermediar los recursos públicos de la salud.
A lo largo del tiempo hemos visto crisis recurrentes que se repiten bajo distintos nombres.
La primera gran crisis fue la de UNIMED, en el año 2001, cuando colapsó con más de 1,5 millones de afiliados.
Después vino el escándalo de SaludCoop, que en 2011 terminó intervenida tras haberse convertido en la EPS más grande del país.
Luego, CAPRECOM —la EPS pública más importante— también quebró, dejando deudas millonarias y una red de corrupción política.
Hoy, la Nueva EPS enfrenta una situación similar, atrapada entre cuentas impagables y promesas incumplidas.
Y no es coincidencia. El sistema fue diseñado para eso: para que la salud fuera administrada por unos pocos con poder y acceso al dinero público.
Ese es el pecado original del modelo Bismarck tal como se aplicó en Colombia.
El gobierno actual, por su parte, propone una transición hacia el modelo Beveridge.
Un sistema donde el Estado asume directamente el control del dinero y la prestación de servicios.
Pero no se trata de un Estado técnico o neutral. Se trata del Estado político, capturado por los intereses del gobierno de turno.
En ese escenario, el pecado no es el mercantilismo, sino la politiquería.
El clientelismo. El uso de hospitales y recursos para pagar favores y sostener maquinarias.
Ya lo vivimos en el pasado con el Seguro Social y lo seguimos viendo en muchas regiones del país.
El remedio, una vez más, puede resultar peor que la enfermedad.
Ambos modelos han fracasado aquí y en otros países.
Lo vimos en Colombia, pero también en los sistemas estatales centralizados que colapsaron en Venezuela y Argentina.
Y sin embargo, los seguimos defendiendo.
Como si no existiera otra opción. Como si no pudiéramos imaginar algo diferente.
Walter Block, en Defendiendo lo Indefendible, nos recuerda que a veces las soluciones impopulares son las más necesarias.
Lo primero que tenemos que hacer es lo evidente.
Reconocer que el problema no es solo del sistema, sino de la falta de visión para superarlo.
Ni el gobierno ni la oposición han dado con el diagnóstico correcto.
Ese es el verdadero problema. Esa es la gran enfermedad.
Y mientras tanto, ponen a los ciudadanos a enfrentarse entre sí, sin ofrecer una solución real.
No hay peor ciego que el que no quiere ver.
Fernan Camilo Fortich Barrios


