Hay un punto en el que uno entiende que la discusión sobre la ciudad no se juega en los megaproyectos, ni en los discursos, ni en los renders brillantes que rotan por redes. La discusión real, la que toca la vida cotidiana, está en los detalles que parecen pequeños, tan pequeños que dejamos de verlos. Y, sin embargo, son ellos los que definen si habitamos un territorio digno o si simplemente sobrevivimos en él.
La ciudad que habitamos está construida por capas: decisiones de hace décadas, improvisaciones recientes, prioridades políticas, omisiones colectivas y hábitos ciudadanos. Y cuando todas esas capas no conversan entre sí, lo que surge es una ciudad incómoda, ruidosa, insegura, desordenada, una ciudad que duele.
No hay que ser experto para saber que nuestras ciudades son ruidosas. Pero nos acostumbramos: motos sin control, vehículos sin revisión, talleres en las calles, parlantes a todo volumen, obras públicas sin gestión acústica. El ruido cotidiano no solo molesta: enferma. Estrés, insomnio, irritabilidad, menor rendimiento en el trabajo y el estudio.
Y aun así no existe una conversación seria sobre el ruido como un problema de salud pública. Lo tratamos como un “mal menor”, como parte natural de vivir en una ciudad colombiana. Pero no lo es. El ruido revela una profunda ausencia de cultura urbana y una incapacidad institucional para regular lo más básico: el respeto por el otro.
También normalizamos algo que debería escandalizarnos: respirar aire tóxico. Hay días en los que salir a caminar o en bicicleta equivale a fumarse una chimenea sin querer. ¿Quién responde por eso? ¿Quién evalúa el impacto real de los buses antiguos, los camiones sin filtros, las industrias que siguen operando como si estuviéramos en los ochenta? Lo invisible no deja de ser destructivo. Y la calidad del aire es hoy un límite silencioso al desarrollo.
No hay seguridad sin iluminación. Y aun así, miles de calles permanecen en penumbra. Barrios enteros viven con lámparas deficientes, postes mal ubicados o zonas completamente oscuras. La noche se vuelve amenaza porque la infraestructura no acompaña. Caminar una cuadra oscura cambia completamente la percepción de riesgo. Un poste de luz puede ser la diferencia entre sentir miedo o sentirse seguro.
La gestión de residuos es otro espejo de nuestra capacidad o incapacidad de convivir. Basuras en andenes, bolsas rotas por los animales de la calle, puntos críticos que se vuelven permanentes, se vuelven paisaje; reciclaje público rezagado, contenedores insuficientes, calles sin basureros peatonales. La basura no es un problema estético: es un síntoma de desorden. Habla de cómo producimos, cómo consumimos y cómo cuidamos, o no cuidamos, los bienes comunes.
Miremos hacia arriba. Lo que debería ser cielo es un caos de cables colgados, rotos, repetidos, enredados. Herencias de empresas que ya no existen, redes que nadie reclama, instalaciones hechas sin criterio. Un territorio que no ordena su cielo difícilmente ordenará su futuro. La imagen urbana es más que estética: es mensaje. Y hoy, nuestro mensaje es ruido visual y descuido.
La accesibilidad no debería ser un tema “especial”. Es lo mínimo para que una ciudad sea justa. Rutas imposibles para personas mayores, sillas de ruedas que deben bajar a la calzada porque las aceras están destruidas, pasos peatonales mal diseñados, rampas inexistentes o simbólicas. La accesibilidad no es un lujo: es dignidad. Y una ciudad que no piensa en quienes tienen más dificultades no piensa en nadie.
Nuestras aceras, parques y corredores peatonales son campos de batalla: vendedores, motos, postes mal ubicados, huecos, publicidad, árboles mal podados, vehículos invadiendo. El espacio público es de todos, pero pareciera que nadie lo defiende. Un buen espacio público reduce conflictos, mejora la convivencia, impulsa la economía de barrio, dignifica la caminata diaria. Y aun así seguimos viéndolo como algo secundario.
Hay un consenso global: las ciudades del futuro son para caminar y pedalear. Pero en Colombia todavía es una actividad de riesgo. Ciclovías interrumpidas, mal conectadas, invadidas, sin mantenimiento o simplemente inexistentes. Cruces peligrosos, semáforos que no respetan tiempos del peatón, esquinas diseñadas para carros, no para personas. Promover la bicicleta no es pintar una línea amarilla. Es reorganizar la ciudad para que la vida sea más importante que la velocidad.
La ciudad nos está hablando. ¿La estamos escuchando?

Cada una de estas pequeñas fallas, el ruido, la basura, los cables, la oscuridad, los huecos, la contaminación, no son accidentes: son el reflejo de decisiones. Decisiones políticas, pero también decisiones ciudadanas. Un territorio no se transforma solo con obras grandes: se transforma con la suma de miles de detalles que hacen que la vida diaria sea más amable o más hostil.
La verdadera modernidad no se mide en metros de concreto, sino en metros de dignidad. El derecho a caminar sin miedo, a respirar sin enfermarse, a cruzar la calle sin jugarse la vida, a ver una ciudad limpia, iluminada, accesible y coherente.
La pregunta es simple, pero urgente:
¿Cuántas de estas incomodidades que normalizamos son, en realidad, señales de nuestra propia renuncia a exigir una mejor ciudad?
Lee más sobre este tema y descubre el artículo completo en el blog del autor:
https://blogvidasabatica.blogspot.com/
*Investigador y consultor en Sostenibilidad de Ciudades y Territorios, Economía Ambiental y Servicios Públicos.



Es un tema muy importante que debe ser abordado en todas las instancias, desde los gobiernos hasta el ciudadano común. Ciudades mal planificadas y llenas de carencias y molestias son el resultado de gobiernos indiferentes, negligentes e irresponsables, pero también de ciudadanos pasivos que no exigen lo que les corresponde y se resignan a vivir de esta manera. Cómo cambiar esta situación?
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Buen día Don Juan Fernando. Lo felicito por semejante escrito, el cual es una denuncia y un llamado de atención con criterio y evidencia sustentada.
Ese tema de señalar a las personas que hablan, ese cuento de que «es de sabios callar» es lo que nos tiene jodidos ante estas realidades ya que «normalizar»las malas prácticas es lo que nos tiene jodidos.
Pereira es una ciudad estrecha y muy ruidosa, la cual la hace enfermiza desde la negación de muchos y el cuerpo lo sabe y lo expresa.
El mirar hacia otro lado es terrible y lo ejemplifico: Se tiene un daño en la tubería de la casa y se mira la montaña creyendo que se va a solucionar esta situación.
Negligencia, omisión, ignorancia y falta de compromiso de muchos a partir de su alcance empeora la situación. Gobernador y Alcalde, pilas, hay que salir al paso.
Feliz día
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