El otro día en una tienda de barrio en Villa Santana, luego de darme un maravilloso paseo de vista de ciudad en el Megacable, vi una escena sencilla pero poderosa. Una mujer del Chocó le explicaba a una joven venezolana cómo preparar arroz con coco “al modo del Pacífico”. A su lado, un señor, evidentemente paisa antioqueño, preguntaba por los precios del día y se metía en la conversación con humor. Los tres terminaron riendo, como si se conocieran de años. Ese pequeño instante, cotidiano y sin cámaras, resume lo que está pasando en Pereira: una ciudad que se transforma con cada llegada, con cada nuevo acento, con cada historia migrante que se entreteje en nuestras calles.
Pereira ya no es la misma. Y eso está bien. Somos una ciudad en movimiento constante, receptora de personas que llegan desde Chocó, Tolima, Caquetá, Cauca, Venezuela y más allá. Vienen buscando oportunidades, escapando de la violencia o simplemente soñando con una vida distinta en un paraíso soñado lleno de cafetales y gente amable llamado Pereira. Algunos se quedan unos años. Otros echan raíces. Todos, de algún modo, nos están transformando.
Lo que ocurre en nuestros barrios no es una amenaza. Es una oportunidad. La diversidad que se respira en Cuba, Villa Santana, Samaria, la bajada al parque Comfamiliar o Caimalito no es un caos: es una riqueza. Pero esa riqueza necesita algo más que tolerancia. Necesita voluntad de convivencia, políticas públicas claras, y sobre todo, una ciudadanía activa que entienda que vivir juntos es también aprender juntos.
La interculturalidad no es solo que vivamos en el mismo espacio, sino que nos reconozcamos, nos respetemos y aprendamos del otro. Que un niño del barrio no vea como extraño al compañero que habla distinto o viste diferente, sino como parte de su misma historia urbana. Que en las juntas de acción comunal haya voces afro, indígenas, mestizas, migrantes. Que en las escuelas se valore la pluralidad como una fortaleza en la que aprendemos el respeto por el otro y no como un problema.
Claro, hay tensiones. La convivencia no es automática. A veces hay choques, prejuicios, rumores infundados. Pero ahí es donde el civismo pereirano tiene que despertar. Porque ser cívico hoy no es solo no botar basura o respetar al vecino. Es también defender el derecho a ser distinto, a venir de otro lado y a sumar desde la diferencia.
¿Y si en lugar de construir muros mentales construimos puentes barriales? ¿Y si en lugar de preguntarnos “de dónde viene” alguien, nos preguntamos “qué puede aportar”? Pereira no tiene que temerle a la diversidad. Tiene que abrazarla, organizarla, acompañarla, aprovecharla y celebrarla. Es que en algún momento de nuestra historia, la de nuestros antepasados también fuimos migrantes.
Estamos ante el reto de construir una nueva identidad pereirana, no excluyente, sino abierta. Una identidad donde quepan las cocadas del Pacífico, las hallacas(¿hayacas?) venezolanas, los cantos embera, el habla cantada tolimense y los sueños de quienes han llegado a sumar buscando restarle acá a las angustias que tenían allá de donde vienen.
Que nuestra ciudad no se llene de fronteras invisibles. Que siga siendo esa Pereira que nos recibió a todos en algún momento de la vida. Esa ciudad que no pregunta de dónde vienes, sino hacia dónde quieres crecer



Es un magnífico relato del crisol de culturas y experiencias que se bien día a día en cada una de las regiones de nuestro país lleno de gente maravillosa!
Estimado Luis Eduardo, asi es y en su Cali natal si que hay un ejemplo de crisol de culturas más allá del horizonte de nuestra patria
La ciudad sin puertas
Una excelente reflexión de ciudad; y es precisamente el enfoque de esta columna el que debería aplicarse desde la administración municipal, las instituciones educativas, las asociaciones gremiales y barriales, en las iglesias y sobre todo en el hogar. Fercho, este es un buen escrito. Bendiciones.
Nuestra Pereira definitivamente es la ciudad sin puertas y acoge de muchas partes del país… La familia de mi madre migró del Tolima hace años y aqui se extendió.
Una verdadera maravilla como doña Blanca creó toda una estirpe familiar en una nueva tierra a partir de sus propias necesidades y sueños.
Gracias Hugo Camelo por la reflexión sobre mi reflexión. Es cierto, todos somos parte de esta experiencia de vivir y convivir