A propósito del artículo de María Elvira Bonilla, publicado el 15 de febrero de 2013 en El Espectador, vuelvo sobre un viejo fantasma que, al parecer, envejece mejor que muchos políticos: el centralismo bogotano. Ese mismo que ella describía como “una campana neumática controlada por un centenar de personas cuyo horizonte se limita a verse el ombligo”. Y mire usted, doce años después, la campana no solo sigue inflada: ahora viene con chapa nueva, discurso renovado y un sticker pegado al frente que dice “Colombia profunda”… aunque la sigan mirando desde la 85 con 11.
En 2013 escribí esta reflexión después de ocho años en el Gobierno, entre Uribe y el arranque del siguiente. Entonces denuncié lo que parecía una moda peligrosa: gobernar desde Bogotá sin saber dónde quedaba Sipí, si Quibdó era una capital o un crucero, o si La Hormiga era un municipio o un menú del día. Pero uno siempre pensó que con un gobierno que se anunciaba como “el cambio”, esa miopía territorial iba a tener cirugía láser. Qué ingenuidad tan adolescente.
Porque ahora, en 2025, descubrimos que la fórmula no cambió: lo que cambió fue la retórica. Antes era la tecnocracia clásica: “desde Bogotá se diseña y la región ejecuta”. Ahora es la tecnocracia alterna: “desde Bogotá escuchamos a la Colombia profunda”, mientras se decreta, se programa, se destina y se anuncia todo desde el mismo ombligo de siempre.
Sipí sigue sin existir. Quijaradó es un mito emberá. San Juan del Cesar continúa siendo un nombre que suena a novela. Uribia sigue sin aparecer en los mapas mentales del alto Gobierno. San José del Guaviare es, para muchos, una escala de cine. Pupiales podría ser un síndrome dermatológico. La Hormiga, un plato típico. California, un error geográfico. San Martín de Loba, un meme. La Uvita, un “¿y eso por qué diablos lo llamaron así?”. Saben el verdadero nombre de Cúcuta o que hay más de un San Andrés (De Tumaco, de Cuerquía). Y saben dónde queda Brazuelo de Papayal (Si, es un municipio)
Y no es solo que no lo sepan: es que no quieren saberlo.
En aquel momento conté cómo el presidente Uribe repetía que había que ir a las regiones, hablar con la gente, probar si lo pensado en Bogotá funcionaba en Arboletes, en Cumbal o en Tadó. Hoy la visita a las regiones es una escenografía: se baja la comitiva, se toma la foto folclórica, se repite el libreto y se regresa a la zona segura.
Lo dije hace doce años y lo repito ahora: no se puede gobernar un país que no se conoce. Y menos uno que no se quiere conocer.
Quizás algún día esta obsesión capitalina por verse el ombligo ceda un poco, y tal vez sepamos construir un país que no sea solo la sumatoria de tres localidades, dos avenidas y un despacho en la Casa de Nariño. Pero mientras tanto, seguiremos viviendo en esta “Colombia profunda”… profundamente ignorada desde Bogotá.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador, columnista y colombiano a morir.
Diciembre 2025


