Por Patricia Zorro Arellano.
Hace poco me encontré con un texto de Álvaro Restrepo (director del Colegio del Cuerpo) titulado: Cultura en la era del posconflicto.
Restrepo toma como punto de partida la definición que hace la UNESCO sobre Cultura y la cita textualmente para luego tratar de entenderla como a una persona con cuerpo y con alma.
“Cultura es el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social” Más adelante dice: “La cultura hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden”.
Ésta es la definición que Restrepo toma como punto de partida para su comparación e imagino entonces que las diferentes expresiones artísticas se asimilan al cuerpo y su contenido al alma. Esas expresiones como la danza, el teatro, la pintura, la escultura y la música y que tienen el enorme poder de generar reflexión en torno a todos los temas que atañen al ser humano.
He tenido la feliz experiencia de ver los cambios positivos que se generan en torno a la música, con canciones cuyo contenido hablan de lo que somos, de nuestros miedos, del perdón, de nuestra historia y de la enorme necesidad de sensibilizarnos frente al dolor humano.
Es sorprendente ver cómo las iniciativas particulares o de empresas que trabajan por el fortalecimiento de la cultura, mueven el mundo con actividades que invitan a la reflexión y aportan a la paz. En lo personal, realicé hace algunos años el festival Canto con Amor en el que niñas y niños que le cantan a Colombia, nos deleitaron con su enorme talento y con canciones llenas de mensajes de tolerancia y reconciliación. En estos encuentros, muchos de los asistentes me comentaban que después de escuchar los mensajes que les dejaba nuestra bella música colombiana, habían reflexionado sobre lo que podrían hacer para convertirse en generadores de paz.
Muchas de las letras de esas canciones invitan a pensar en la guerra y sus muertos, el desplazamiento, el perdón, la tierra y la voluntad de muchos para salir adelante y enfrentar el futuro; por ejemplo, hay un bambuco magnífico de la autoría de Eugenio Arellano que se titula “Hay Que Sacar al Diablo”, y que en una de sus estrofas dice:
“Que suenen explosiones de inteligencia, sobre el herido vientre de mi país, que el pueblo desde niño tome consciencia, que la violencia no lleva a un fin. Aunque ya se haya dicho, bueno es decirlo, hay que parar la guerra con la canción, porque solo el bambuco tiene permiso, de hacer llorar el alma de la emoción”.
Como periodista e hija de una mujer desplazada por la violencia de los años 50, soy testigo del dolor que ha acompañado a varias generaciones de colombianos. Aún faltan muchas generaciones más para que el alma de Colombia se sane, incluso serán varios años después de llegada la tan anhelada paz. Pero sólo nosotros tenemos el poder de cambiar un presente enfermo por un futuro donde el cuerpo y el alma no tengan tantas cicatrices. La reconciliación, el perdón y la tolerancia, unidos a la voluntad férrea de vivir en paz, serán los ejes transformadores del odio y el dolor, y la música (entre otras manifestaciones artísticas), tiene el enorme poder de generar esas transformaciones.
Necesitamos reconocer a nuestros talentos, y a través de ellos, reconocer nuestra identidad y nuestra capacidad para transformar el mundo.
Cultura con cuerpo y alma.
La extraordinaria compositora Luz Marina Posada plasma en su bambuco “Caminantes”, la dura realidad de quienes tienen que dejar su tierra, otro tema sobre el cual sensibilizarnos y reflexionar:
“…Y día con día, va creciendo el rio, que no encuentra mares para refugiarse, el rio de gente que va caminando, mientras se pregunta lo que nadie sabe, porque nadie sabe de quién es la tierra, que ayer fue la suya, esa tierra madre,
si es de los fusiles, o de las banderas, o de quien la sufra, la cuide y la labre…”
Termino, citando textualmente el final del artículo de Álvaro Restrepo:
“Un plan de gobierno para el posconflicto debe hablar de la reconstrucción de un ser humano integral para una Colombia renovada, culta, educada, creativa, innovadora y transformadora. Una Colombia sanada. O al menos —y eso ya es enorme— una Colombia en vías de sanación”.
Patricia Zorro Arellano.
Periodista y Especialista en Gerencia de la Comunicación


