miércoles, febrero 4, 2026

LA DESTORCIDA BOGOTANA  

OpiniónActualidadLA DESTORCIDA BOGOTANA  

 

Por décadas y varios siglos Bogotá ha sido el centro aglutinador que centrifuga los desplazamientos y las movilizaciones de la población colombiana. De todos los rincones del país han ido llegando a la capital miles y miles de colombianos en una diáspora que ha originado una sociedad cosmopolita en la que los foráneos han alcanzado incluso a ser mayoría. Sin embargo, la idiosincrasia del rolo construida a través de los años sigue muy viva y se resiste a sucumbir ante las presiones advenedizas.

 

Tuve la oportunidad de estudiar y vivir por casi 10 años en la capital y eso me permitió una simbiosis con sus costumbres, su idiosincrasia, sus expresiones y su manera de hablar. Descubrí que se precian de hablar el mejor castellano del mundo, aunque Gabriel García Márquez en 1988 haya afirmado que «no puede decirse en qué lugar se habla un mejor español, porque no hay un castellano, sino muchos».

 

Descubrí también que los acentos son contagiosos. Para unos más que para otros. ¿Quién con algunos días de visita a la «madre patria» no se va de tapas muy majo con algunos «tíos» y algún «gilipollas»?. Y si es a Queens adónde vamos, rápidamente nos contagiamos del spanglish. Que se pega, se pega. Y no es solo la jerga sino también el tonillo.

 

En los últimos años hemos percibido alguna bogotanización de nuestro lenguaje. El inmenso desorden urbano que vive la capital colombiana ha originado una destorcida de grandes proporciones. Ahora es al revés. Hay una migración impactante de bogotanos hacia la periferia y hacia otras regiones del país en busca de un hábitat más tranquilo y acogedor. Y ahora que nuestra ciudad se ha visto invadida de capitalinos que han llegado huyendo de ese caos y queriendo sumergirse en la calidez de nuestras gentes es importante que comprendamos su jerga a veces un poco extraña. El «rolo» tiene muchos modismos, palabras y frases, que son difíciles de comprender para pereiranos y cafeteros.

 

Si les pedimos que aprendan de nuestras costumbres, que se adapten y que se contagien de la amabilidad, alegría y simpatía que profesamos también será menester que aprendamos su lenguaje y comprendamos su idiosincrasia:

 

  • Doña Carmela, camine sumercé invítese al pisco ese de Alfonsito y nos vamos pa’Usaquén. Ni puel chiraz nos podemos perder la repichinga. No más lleguemos nos jartamos dos polas y nos relajamos. Eso sí, hay que tener cuidado con ese chino balurdo porque es muy choro. Capaz es que se hace un chancuco y se nos vuela.
  • Ututui, que planzazo doña Gertrudis; pero apure pues que llegar allá es muy sobado.
  • Quiubo Alfonsito, camine que la Gertrudis invitó pa’un jolgorio. Pero eso sí, no más llegar y pedir paga chanconchán. Sonas con eso que usté siempre nos hace quedar mal y esta vez sí lo chivateo.
  • Qué va sumercesita, es que ustedes me tienen tirria. Se inventan esas vainas porque les gusta vaciarme.
  • Vamos pues Alfonsito que tengo un filo muy grande; el que se quedó, se quedó.

 

No más llegar, el Carlos nos ataja y le dice a Alfonsito:

 

  • Vamos a lo bien. Hágamen (sic) el favor y prueben (sic) esta delicia de longaniza. Yo invito a las amargas.
  • Gracias don Carlos, usted es un jailoso. Cojamos aquella mesa que de chepa está libre, echamos carreta y no nos demoramos que mañana tengo un examen muy teso y tengo que camellar.

 

Ala mi chato, si no entendiste búscate un rolo que te saque de apuros.

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