miércoles, febrero 4, 2026

LA LONGEVIDAD TIENE UN PRECIO

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Atendiendo a los cuestionamientos que suelen aparecer momentáneamente, me detuve, miré hacia atrás con la intención de realizar ese obligatorio balance. Ahí tomé como referente la presencia de un ser, pilar de la familia. Mi madre.

Cumplió 97 años, casi un siglo marcado por la sabiduría de una mujer que identificó las exigencias de la vida a temprana edad, que fue madre y ejemplo para sus hermanos, cayado para su padre al quedar viudo siendo muy joven, pero, halló en ella, la fuerza necesaria para no sumirse en la tristeza ante esa pérdida y velar por sus hijitos, que apenas vislumbraban la vida.

Desde esa corta edad entendió la sobriedad impuesta por ese recorrido que debía emprender, sin más herramientas que las entregadas por sus padres.

De armas tomar. Ninguna decisión se llevó a cabo sin que la última palabra saliera de sus labios, incluso, ese último voto de confianza era otorgado por mi padre:” Lo que diga su mamá, lo que determine ella”. Con diferencias y coincidencias, compartieron 54 años de matrimonio hasta que, él toma su equipaje para atender el llamado de Dios. Ella no abandona el camino, ha sido faro en la vida de sus hijos, nietos, bisnietos, sobrinos. Compañera de afugias y de logros.

Pero el tiempo no cesa de hablar, nos recuerda quiénes somos y cuál es el compromiso que debemos asumir. Lacera, deja huellas, van con el día, con el mes, con el año. Hoy se le ve cansada, aunque lúcida, tanto, que la admiración aún es más profunda, pero su mirada se ha transformado, sus ojos se nublan y su voz se quiebra cuando la vitalidad se ve afectada por las diversas circunstancias que acompañan su andar.

De espiritualidad arrolladora, sus labios sólo se abren para empatizar con lo que se encuentra en ese día a día, ama sin fronteras y quizás ese mismo amor es el que la hace un ser humano transparente, bello. Sin mezquindad, sin trampas para mirar al otro con bondad.

La noto agobiada, esos 97 le empiezan a pesar, pero es el cansancio inevitable, porque su organismo va a un ritmo que sólo ella puede soportar en silencio. Se pierde en sus pensamientos, se ausenta por largos períodos. Ya no encuentra esa pasión por la comida, la ve con desgano y hasta caminar le cobra ánimos, se fatiga en cada paso que da, hay un gran esfuerzo en ese ejercicio.

Es irónico, somos robles, madera infranqueable, vamos desafiando los quebrantos de salud, incluso, nos creemos invencibles y avanzamos, pero, ese cuerpo que habitamos no es perenne y nos va hablando, intentando que comprendamos sus exigencias, sólo es posible cuando ese árbol, se va doblegando. No puede seguir intacto.

La observo y aunque intento penetrar en su mente y corazón, sé que anhela descansar, es como cuando recorremos un largo tramo acompañado de los avatares del camino, en un momento determinado, deseamos encontrar el punto de llegada porque ya no soportamos más.  Se restablece el aliento al llegar a la meta impuesta. Sin embargo, es muy difícil comprender los procesos individuales, al fin y al cabo, somos el cúmulo de sensaciones que se desbordan en determinado momento. Quizás ella se encuentra en ese trance, ¡qué bueno intentar comprenderlo!

Ella va paso a paso como cuando se es niño y aprender a caminar se torna complejo, es lo cíclico, retornar a esa etapa, inevitable. Ese ejercicio le cuesta. Los pocos pasos que debe caminar por prescripción médica, la agotan, sin embargo, cuida de esa fragilidad que tiene porque es consciente del regalo que asumió y por el que sigue trabajando… “su vida”.

Hay que mirarla con ese amor que protege, pero no asfixia, que inquieta, pero no subyuga, que escucha, pero no impone, que aconseja, pero a la vez libera. Es el amor que se va transformando con los sucesos, con el viaje por la vida.

No sé si me lea, tampoco sé si escuche este sentir mío. Es la voz de alguien convencida de que para amar hay que ser libres y siempre buscando la felicidad del ser amado.

Hoy la reconozco como ese árbol invencible, al que le tributaré admiración profunda por su incansable lucha y por el legado que ha entregado.

Es un homenaje a la mujer que, teniendo el corazón roto, estuvo y continúa siendo el centro de la familia. Te amamos viejita hermosa.

5 COMENTARIOS

  1. Hermosas palabras Marinita, es increíble como sigue siendo el tronco de ese árbol Sánchez, de donde se desprenden las ramas de sus hijos, nietos y bisnietos, así como de nosotros sus sobrinos, ya que es la única que queda en pie, después de las batallas de la vida.

  2. La madre es el más grande y hermoso tesoro. Gracias a Dios porque aún puedes disfrutar de ella, hay que amarla cada instante, ella es la raíz de nuestra existencia. Un abrazo

    • Gracias, amiga, así es, por eso cualquier homenaje, es poco, la vida misma no alcanzará para recordarte, su entrega.Un abrazo.

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