martes, febrero 3, 2026

LO QUE VEMOS, LO QUE CALLAMOS

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En momentos en los que la mente divaga y por qué no, el cuerpo, traje a mis pensamientos hechos que se repiten diariamente y que guardo con hermetismo, tal vez con la intención de usarlos oportunamente. Así que me dispuse a compartidos hoy.

He tenido que ordenarle a la retina que resguarde situaciones con la intención de no ser percibida ni generar incomodidad, pero, el procesamiento de dicha imagen recorre mi cerebro y de manera caprichosa precisa dicha información, para alcanzar objetividad procediendo a su análisis.

Escucho expresiones que se cuelan como dardos causando estrépito, pero las retengo en la cóclea, porque sé que allí serán interpretadas en silencio, ese que impide devolver con la misma intención lo generado por el otro, es decir, manejo dichas emociones.

En esos dos órganos de los sentidos me quiero enfocar, son suficientes para comprender la realidad que se vive en lugares públicos o privados y que son el pan nuestro de cada día. Pero, lo impactante de esta circunstancia es que, aunque veamos y escuchemos, nos comportamos con indiferencia. Las razones: innumerables, pero no aceptables.

En el mundo, múltiples personas son víctimas de maltrato, de acoso laboral, sólo para mencionar dos casos; sin embargo, el temor, la costumbre o no sé qué, han permitido traspasar fronteras, desbordándose el flagelo. Ya no hay límites, pero, sí, temor…

Temor a perder credibilidad ante quien tiene la potestad de leer la situación para proceder en la investigación; temor ante el mismo victimario a quien se le ha concedido poder, lo que lo convierte en indestructible, o simplemente es tan común dicha escena, tan repetitiva, que se ha normalizado. Se volvió parte de nuestra rutina.

Cuando vuelvo al pasado, percibo con nostalgia la educación impartida por nuestros padres y el gran apoyo que siempre encontraron en los maestros, lo que se constituyó en un engranaje. Ello posibilitó entregar a la sociedad seres desbordantes de principios, de seguridades y valores. Así que se caminaba con la frente en alto, despojados de actos improcedentes, de hechos que irrumpieran en la vida del otro. Hoy todo se ha normalizado, hemos aceptado el maltrato como si fuese parte de la vida, es más, denunciarlo ya es una amenaza. Esos seres llenos de entereza, se han ido desvaneciendo.

La cátedra de urbanidad, la de civismo, las cartillas de valores que compartieron aulas de clase, son historia, hacen parte de archivos históricos o muertos, pero que se quedaron abandonados en un recodo de la vida o sólo fueron parte de otra generación, que por supuesto no es esta.

Entonces, ¿qué esperamos de la sociedad actual? Como padres, nuestra obligación es formar chicos con entereza, que tengan la capacidad de escuchar para poder responder a través de un diálogo respetuoso e imponente, donde se deje por sentado que este es la base de toda relación. Hay que fortalecer en los chicos la seguridad y autoconfianza, lo que les permitirá desarrollar habilidades para comprender el mensaje del otro y la corresponsabilidad con sus actos.

Porque todos somos aptos para desempeñarnos en cualquier rama o área y no necesitamos la aprobación de quienes, usando debilidades no superadas, las ven como herramientas, se aprovechan y arrastran ese lastre. En lo que realizamos de manera inadecuada estamos proyectando las flaquezas que llevamos dentro, sólo para destruir.

Debe crearse una red de apoyo funcional, que refuerce dichas debilidades, al tiempo que vele por la tranquilidad y seguridad de las personas agraviadas que no encuentran salida ante dichas situaciones, están atrapadas y viven la desesperanza de un futuro incierto. Se encuentran en un túnel.

Las mujeres somos empoderadas, asumimos los retos que nos otorga la vida, somos empresarias, guerreras, amas de casa, líderes, amigas, compañeras, madres. Este último título garantiza la madera de la que estamos hechas, por lo que, incorporarnos frente a situaciones como las mencionadas, debe ser nuestra bandera. Callar ante lo que es nocivo, deteriora el alma.

Hay que volver al ser, tocar el alma del otro, pero con el lenguaje del amor, entendiendo la dimensión de esta palabra. Abrazar desde la profundidad, que en ese acto se abran puertas de confianza para dialogar sobre lo que pesa, lo que duele y genera heridas que tienden a no cicatrizar, e iniciar tratamientos en pro de esa salud integral. Es vital.

Enfatizar en los buenos actos evitando caer en el juego seductor del silencio, ya que este no aporta, porque se construye una delgada línea entre el agresor, quien lo percibe o sufre de ella, y ese silencio cómplice.  Vale la pena recordar lo que al respecto mencionó Martin Luther King:” Lo malo de la gente mala, es el silencio de la gente buena.”

Hay que invertir tiempo en salud mental, pero, sobre todo, emocional. Las grandes empresas invierten en edificios, en tecnología, en banalidades, pero nunca en el potencial humano, aunque se presuma en la inversión llamada humanización, es una gran falacia. El ideal: Empleados felices, empresas productivas.

Ojalá no tardemos en denunciar lo que vemos y oímos, estaríamos aunando esfuerzos para evitar agresiones que lleven al límite y que quienes las realicen, deambulen y se jacten de ellas provocando daños irreversibles.

Hay que trabajar por el equilibrio de una sociedad digna, luchar por lograr lo que se anhela, emprender vuelos tocando la cima, sin intimidarnos por quienes se sienten con derecho a mutilar nuestras alas.

1 COMENTARIO

  1. Buen día Luz Marina. Gran escrito.

    En el mundo actual se percibe al mismo tiempo fragilidad extrema vs agresividad extrema, en la cual un mismo actor puede ser agresor extremo y una víctima acomodada, como también se ve personas derrumbadas por su fragilidad y no fragilidad, además , de los famosos victimarios. Se ve de todo.

    Respecto al silencio, hay silencio estrategico como silencio imprudente. Detalle importante saberlo diferenciar.

    La preparación actual no debe ser solamente cognitiva sino convivencia, revestida de inteligencia para tomar la mejor decisión.

    Me asusta este presente para los jóvenes.

    Un feliz día.

    En este mundo cargado de competitividad se ve ese deseo de arremeter sin consideración para lo cual los jóvenes se deben preparar para todo tipo de situaciones con diversas personas.

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