Prefiero un amigo vivo y cerca, que un ‘enemigo’ derrotado en redes.”
Volví a Pereira por fin de año y, como pasa con las ciudades que uno lleva en la sangre, no fue solo un regreso geográfico: fue un regreso mental. A los ritmos lentos, a las conversaciones sin agenda, a esas esquinas donde la vida no se disfraza de “urgente”.
Y, como siempre, hice lo que ya es tradición: le escribí a mi amigo Jorge Franco para vernos “a un cafecito”. Sin mucha producción. Sin protocolo. Porque las amistades de verdad no se programan como comité: se confirman con un “¿a qué hora llegás?” y un “nos vemos donde siempre”.
Donde siempre, en nuestro caso, es el salón de onces de La Lucerna.
Ese lugar tiene una geometría especial: no solo está en una dirección de la ciudad; está en una dirección del tiempo. Ahí íbamos de adolescentes a gastarnos, sin culpa y con alegría, los ahorros de la mesada del colegio en un cucurucho. Era un lujo pequeño, de esos que hoy parecen insignificantes, pero que en realidad eran entrenamiento para la gratitud: aprender a disfrutar con poco, pero con ganas.
Décadas después, el cucurucho cambió de forma. Ya no es el “premio” de la semana; es el símbolo. Entramos, nos sentamos, y el mundo —por un instante— bajó el volumen.
Jorge pidió su capuchino “tipo irlandés”. Yo pedí el mío tradicional, con mucha leche espumosa. Dos estilos. Dos maneras. Dos gustos. Como casi todo entre nosotros.
Porque sí: Jorge, pese a su apellido, ha pensado a la izquierda desde siempre. Y yo tengo una forma de pensar que no es precisamente la de la izquierda. No lo oculto, no lo maquillo, no lo uso como bandera para pelear: simplemente es así. Pero si algo me ha enseñado la vida —y una amistad de más de 35 años— es que pensar distinto no te convierte en enemigo. Te convierte, como mucho, en alguien que te obliga a afinar argumentos… y, mejor aún, a afinar humanidad.
En esa mesa, con los capuchinos humeando y el ruido suave de la ciudad detrás, hablamos de lo de siempre: del país, de la economía, de lo que funciona y de lo que no, de por qué cada uno cree lo que cree. Y, como siempre, hubo desacuerdos. Pero también hubo algo que cada vez valoro más: no hubo desprecio. No hubo superioridad moral. No hubo ganas de “ganar”.
En un momento —entre sorbo y sorbo— pensé en esa frase famosa que se repite tanto y que resume una ética mínima para convivir: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería tu derecho a decirlo.” La gente la atribuye a Voltaire; en realidad, la formulación se popularizó después (como una forma de describir ese espíritu). Pero el punto no es el autor. El punto es la idea: la convivencia no exige unanimidad; exige respeto.
Y ahí fue cuando recordé esa lista que vi hace poco: “Los verdaderos lujos de la vida”. Tiempo. Salud. Mente en calma. Mañanas sin prisa. Descansar sin culpa. Conversaciones significativas. Comidas hechas en casa. Personas que amas… y personas que te aman de vuelta.
Me pegó fuerte porque esa tarde, en La Lucerna, yo estaba literalmente sentado encima de varios de esos lujos. No por ostentación. Por consciencia.
- Tiempo, porque pudimos vernos sin correr.
- Calma, porque nadie estaba compitiendo por imponer su versión del mundo.
- Conversación significativa, porque hablamos con honestidad, no con slogans.
- Amistad, porque seguimos eligiéndonos, a pesar de las diferencias.
Y entonces me hice una pregunta que creo que muchos deberíamos hacernos: ¿cuántas amistades, cuántas relaciones familiares, cuántos vínculos valiosos se han ido al piso por discusiones que —miradas con serenidad— eran más ego que causa?
Es que lo que está pasando es triste: hay gente dejando de hablarse con hermanos por un candidato. Hay familias celebrando que “bloquearon” al primo como si eso fuera un logro cívico. Hay amistades de años convertidas en ruinas por un titular, por un meme, por un insulto lanzado con facilidad y sostenido con orgullo.
Y sí, la política importa. Claro que importa. Pero no puede convertirse en una trituradora de afectos. Porque al final, cuando uno quiere vivir más —y vivir mejor— descubre que la vida no se compone de victorias ideológicas: se compone de momentos. Y los momentos buenos casi siempre tienen algo en común: gente.
Yo, por mi parte, estoy en una etapa en la que valoro más decir “te quiero” a tiempo que tener la razón a destiempo. Valoro más una llamada a un amigo que un debate interminable que no cambia a nadie. Valoro más una sobremesa tranquila que una pelea digital donde todos salen más amargos.
Y lo digo sin romanticismo empalagoso: lo digo con realismo. Porque la vida no premia al que grita más fuerte. La vida premia —cuando quiere— al que supo cuidar lo esencial.
Volviendo a la escena: terminamos el café como terminan las buenas conversaciones, sin discurso final. Con una risa. Con una anécdota vieja. Con esa confianza de saber que podemos seguir pensando distinto… sin soltarnos la mano.
Salimos de La Lucerna y Pereira seguía ahí, con su ritmo y su memoria. Y yo me fui con una certeza simple: si hay un lujo verdadero, es este: poder sentarte con alguien que no piensa como tú y, aun así, sentirte en casa.
Porque vivir más no es alargar el calendario: es ensanchar la vida. Y la vida se ensancha cuando uno ama sin miedo, perdona más rápido, elige mejor sus batallas, y entiende que ninguna diferencia política vale lo que vale un abrazo que todavía puede darse.
“La política no puede romper lo que la vida tardó décadas en construir.”
Fernando Sánchez Prada
Comunicador y Columnista.



Excelente reflexión, todo la razón… El amor y la amistad está por encima de lo que piensa cada uno
Excelente su columna. Ojalá cale en conciencias equivocas cuando de valorar la existencia, que es sólo de instantes, se trata.
Es primera vez que lo leo pero me ha encantado su narrativa y, sobre todo, el tema en su fondo y su contexto.
Muchas gracias
Amalí
Así es Fernando, totalmente de acuerdo contigo. Esa es mi consigna actual: una divergencia política o religiosa no puede acabar con un amistad o una relación familiar. Aprovecho este contacto para invitarte a leer mi artículo anterior, que creo te va a gustar, se llama “Mi encuentro con Pereira”. Quedo pendiente de tu comentario. Saludos!
Adicionó al anterior comentario: me encantan los escritos coloquiales del
Día a día!
Gran reflexión.Hay regalos valiosos como una gran amistad, como tener la conciencia tranquila para disfrutar de momentos.Al fin y al cabo, de eso está hecha la vida, sólo de momentos.
Felicitaciones.