miércoles, febrero 4, 2026

LOS POBRES QUE DEFIENDEN A SUS OPRESORES: ENTRE EL HAMBRE, LA ESPERANZA Y LA MANIPULACIÓN

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Es una pregunta que muchos se hacen, y es clave entenderla en un momento donde América Latina y el mundo enfrentan grandes decisiones políticas.

¿Cómo es posible que las personas que siempre han sido explotadas y dejadas de lado terminen defendiendo a los mismos que los han mantenido en esa situación?

Durante mucho tiempo, los que tienen el poder han creado formas muy inteligentes de controlar lo que la gente piensa y siente. No solo lo hacen desde el gobierno y las leyes, sino también metiendo ideas en la cabeza de la gente que con el tiempo se vuelven «verdades» que nadie cuestiona.

Hay trucos psicológicos y sociales que se usan, pero casi no se habla de ellos.

Uno de estos trucos es el «sesgo de pertenencia». Esto significa hacer que la gente con menos recursos sienta que, a pesar de las enormes diferencias, es parte del grupo de los poderosos. Por ejemplo, un trabajador al que le pagan poco y defiende a su jefe millonario, lo hace porque, sin darse cuenta, cree que así está subiendo de nivel social. Es como si les dieran un puesto simbólico, sin valor real, pero muy efectivo: les permiten estar cerca, aunque nunca adentro. Y para muchos, eso es suficiente.

Así, vemos cosas que nos sorprenden: comunidades enteras votando por políticos que los hacen más pobres, aplaudiendo a líderes que nunca han visitado sus barrios, y enojándose con cambios sociales que, en realidad, los ayudarían.

Este fenómeno se hace más fuerte con otro truco: el «efecto de arrastre narrativo». Este consiste en repetir una idea falsa una y otra vez, por todos lados —en las noticias, redes sociales, discursos oficiales, iglesias, conversaciones diarias— hasta que se convierte en «verdad».

Es una manipulación muy profunda, que usa el poder de las historias para cambiar cómo la gente ve la realidad.

Frases como «los pobres son pobres porque quieren», «la izquierda solo trae miseria» o «antes estábamos mejor», son ejemplos de cómo se construye una forma de pensar que se resiste al cambio, incluso cuando los hechos demuestran lo contrario.

Los más ricos no solo controlan el poder económico y político, también controlan lo que se dice. Y cuando una mentira se repite mucho, la gente la cree y la defiende como si fuera suya, incluso si va en contra de sus propios intereses.

La tercera pieza de este rompecabezas es el «estatus aspiracional».

Se basa en la idea de que todos, en el fondo, queremos sentirnos importantes, respetados y exitosos. El sistema ha sido muy bueno en vender la idea de que cualquiera puede volverse rico si se esfuerza lo suficiente. Así, la persona pobre no se ve a sí misma como pobre, sino como un «futuro millonario en espera», alguien que está pasando por un mal momento.

Por eso, muchos prefieren apoyar ideas que benefician a los más ricos, con la esperanza —aunque sea falsa, pero muy fuerte— de que un día ellos también se beneficiarán.

Es la ilusión de subir en la escala social. Y mientras tanto, siguen votando por los que mantienen las cosas como están y que impiden que ese ascenso ocurra.

Todo esto sucede mientras los grupos que buscan un cambio y mejorar la vida de la gente intentan avanzar. Pero se encuentran con una dificultad adicional: luchar contra décadas de ideas y sentimientos que ya están muy arraigados.

No basta con mostrar datos, cifras o promesas lógicas. La batalla es también por lo que la gente cree que es el sentido común, por lo que se imagina y por sus emociones.

Por eso, no sorprende que cuando un gobierno progresista llega al poder e intenta hacer cambios importantes —como mejorar cómo se reparte la riqueza, asegurar derechos laborales y de todo tipo,  o hacer que los servicios públicos vuelvan a ser de todos—, una parte importante de la gente oprimida lo rechace con enojo, como si fuera un enemigo.

Este problema no es solo de un país. Pasó en Brasil, donde gente pobre defendió a Bolsonaro; en Colombia, con el miedo a Petro alimentado por años de malas ideas sobre la izquierda; en Estados Unidos, con millones de trabajadores de bajos ingresos que votan por millonarios que hacen leyes en su contra. Es algo que ocurre en todo el mundo, con raíces muy profundas y consecuencias peligrosas.

La lucha por un mundo más justo no será solo económica o política: será, sobre todo, cultural y de ideas.

Necesitamos desarmar las historias falsas, discutir lo que significan las cosas y crear nuevas formas de sentirse parte de algo, donde la dignidad no sea un sueño lejano, sino un derecho que todos tengan garantizado.

Los pobres no son tontos. Son víctimas de un sistema que ha aprendido a manejar no solo su pobreza, sino también sus sentimientos, sus sueños y sus miedos.

Mientras eso no cambie, mientras la política no logre hablarle al corazón tanto como a la razón, seguiremos viendo cómo los oprimidos defienden a quienes los oprimen… e incluso votan por ellos.

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