Por Jorge Cardona
El galardón a MARÍA CORINA MACHADO como la premio nobel de paz 2025, otorgado por el Comité Nobel Noruego es el mejor reconocimiento que se le puede hacer a una valiente mujer que ha dado una lucha pacífica contra la dictadura de Nicolás Maduro durante largos años, quien no obstante haber sido inhabilitada por un organismo del estado politizado por el régimen, continúo su tarea de movilizar a miles de personas para que protestaran contra el Gobierno ilegítimo intentando de manera tranquila regresar a un sistema democrático en el vecino país.
No obstante que pudieran existir en el mundo muchas nominaciones a personajes igualmente merecedores de dicho reconocimiento, Latinoamérica debe celebrar como propio el galardón obtenido por MARÍA CORINA, pues significa un mensaje de estímulo, no sólo para los venezolanos víctimas del sistema, sino para los ciudadanos de dictaduras en ejecución como El Salvador, Nicaragua y Cuba.
Siempre he sido un convencido de que las armas y la confrontación violenta son la última instancia de rebelión de un pueblo oprimido y que el diálogo y la concertación generan mayores ventajas para la sociedad; sin embargo, en muchas ocasiones la razón y el bienestar general ceden ante los intereses del poder, lo que necesariamente desencadena estallidos como los que hemos presenciado en Venezuela y que no han generado más muertes porque lideresas como María Corina Machado siempre han estimulado a las masas a través de protestas y manifestaciones pacíficas y no a través de las armas.
Todo esfuerzo para que una vida se salve debe ser reconocido por encima de los esfuerzos o las omisiones para que una vida se apague, por eso cuando Juan Manuel Santos fue igualmente galardonado con el premio nobel de paz en 2016 por su gestión en el acuerdo de paz firmado con las extintas farc-ep, los números de muertos y heridos producto del conflicto interno disminuyeron vertiginosamente, demostrando el éxito relativo del diálogo como salida al conflicto.
Similar disminución en los muertos y heridos produjo el “mini acuerdo de paz” que en su momento celebró el gobierno del ex Presidente Álvaro Uribe Vélez con alias Karina, la sanguinaria líder guerrillera que aterrorizaba a diversas poblaciones, quien después de su desmovilización permitió reducir evidentemente las víctimas de extorsión, secuestros, masacres y homicidios en los departamentos de Antioquia, Caldas y Risaralda, acciones demostrativas de impotencia estatal que aunque controversiales por la sensación de impunidad que generan, igualmente son una alternativa sensata para recuperar la paz y la tranquilidad en un territorio.
Aunque por políticas internas del comité noruego no se conoce la totalidad de nominaciones al premio nobel de cada año, lo cierto es que Donal Trump esperaba dicho reconocimiento por sus gestiones en la pacificación del medio oriente y su mediación para la suscripción del acuerdo entre Israel y Hamás; sin embargo, hubiere sido una afrenta al creador del premio otorgar un reconocimiento a quien con una mano estimula la violencia con la venta de armas y apoyo irrestricto a Netanyahu y con la otra mano presume de facilitador de paz.
La doble moral de los EE.UU visibilizada a través del presidente Trump no podía ser reconocida porque se desdibujaría el premio, teniendo en cuenta la existencia de figuras con más trayectoria en las labores honestas de pacificación y organizaciones no gubernamentales que llevan décadas en acciones coherentes que conlleven a la paz.
No obstante, mientras estaba celebrando el nobel para María Corina, la nueva galardonada dedicaba el reconocimiento a los venezolanos y al presidente Trump, el mismo que vende guerras para luego ir a negociar con la paz, el mismo que sin ningún juicio ni debido proceso ordena enviar misiles a todas partes del mundo; por eso al final del día me queda el sabor agridulce de haber conseguido un nobel por sus formas para luego legitimar las banderas guerreristas de la intervención militar de EE.UU en Venezuela, cuando sabemos que a la potencia americana no le interesa si viven o mueren personas, sino el negocio detrás del suministro de petróleo y la limitación de los negocios de los chinos en Latinoamérica.
Pese a haber mancillado el reconocimiento, celebramos como propio el premio nobel de paz para la venezolana, que sirva como ejemplo de resistencia pacífica para las democracias modernas, como paradigma de resiliencia ante el poder ilegítimo de las dictaduras y como motivación para quienes creemos en que la garantía de paz sólo es posible cuando existen como mínimo tres poderes institucionales que se controlen entre sí, a través del legislativo, el ejecutivo y el judicial, independencia que está erradicada en el vecino país y que es precisamente el germen de la desigualdad que genera más violencia.
Jorge Cardona


