miércoles, febrero 4, 2026

MI PEREIRA VIEJA -IV-

OpiniónActualidadMI PEREIRA VIEJA -IV-

 

A medida que transcurren los años las ciudades van cambiando y muchos de los que fueron sus íconos van desapareciendo. La Pereira de hoy es muy diferente a la que disfrutábamos en la mitad del siglo XX. Eran diferentes sus sonidos, sus olores, las aglomeraciones y las expresiones citadinas. Empezaré recordando los gritos matinales que servían de reloj despertador: voceadores de periódicos que desde las 5:30 de la mañana ofrecían a gritos el Tiempo, el Espectador y el Diario, un poco más tarde los domicilios con canastas que ofrecían buñuelos y pandebonos y los lecheros que pasaban por cada casa, primero con sus grandes cantinas de aluminio de las que extraían el líquido perlático con grandes cucharones para verterlos en los recipientes que las amas de casa les ofrecían y después, al modernizarse la oferta, en botellas de vidrio que las empresas lecheras El Cedral y La Perla ofrecían tapadas con un cartón a presión en el que se adhería la grasa y la mantequilla de la leche todavía «postrera», sin tratamiento alguno.

 

A media mañana los basuriegos corrían por las calles gritando «botella, papeeeel» y algunos voceadores —que aún sobreviven— ofrecían aguacates, compra de neveras viejas, arreglo de licuadoras, zapatos y ollas a presión, etc.

 

Caminar por el centro era una costumbre muy arraigada. Muchos matrimonios y enlazamientos se dieron a causa de encuentros ocasionales y a veces furtivos en  la Plaza de Bolívar, El Lago y el parque de la Libertad. Los pereiranos acudían para deleitarse con un helado de palo, algodón de azúcar o las melodías bullosas que producía en las tardes la retreta municipal (que aún no era sinfónica). El pueblerino parque principal se abarrotaba de vehículos parqueados en sus cuatro costados y las carreras séptima y octava se congestionaban con buses que reemplazaron al tranvía eléctrico —modelo y ejemplo nacional— en los albores de la década del cincuenta. Por esas carreras nos desplazábamos eludiendo fotógrafos improvisados que nos capturaban el instante y nos sorprendían al día siguiente con una foto impresa o con un visor en el que podíamos observarnos al trasluz. Era increíble cómo aquellos artistas empíricos parecían conocernos a todos y reconocerlos al día siguiente para entregar la foto o «arrimar» a nuestras casas con la misma intención. Era infaltable el agorero que con un lorito amaestrado nos ofrecía algún augurio que salía del papelillo que el animal sacaba de una caja plena de ellos acompañado de alguna golosina que servía de gancho para cautivar al transeúnte. Y famosos también eran los «cansuizos» (unas melcochas arrancamuelas) que se vendían en la puerta del Ley o los «pudines» de la séptima con 21.

 

En esta misma carrera, antes de la invasión de las ópticas, eran famosos el almacén La Marca, la heladería Tropical, las sastrerías y los consultorios médicos y dentales. En la octava estaban la Singer con sus máquinas de coser, el Ley, el Jotagómez, y el Malca entre otros. En las calles los bancos, los cafetines con sus billares (el Anarkos, el Continental, etc), los almacenes de telas y adornos y la Gran Joya del «turco» Kronfly.

 

Los taxis se pedían por teléfono a la Empresa India o a Tax Central y los mercados de igual manera. Las señoras, lista en mano, pedían primero el «grano»  y aparte las verduras y todo llegaba a domicilio desde la galería central, en la 17 con novena. Grandes canastos soportados en la frente de muchachos fortachones portaban toda la mercancía y cuando el pedido era muy grande entonces llegaban en zorras, canastos con dos llantas —y cauchos para frenar— que eran arrastrados por los mismos domicilios. Parte del paisaje citadino eran las carretillas, también de dos llantas, arrastradas por caballos que esparcían un olor a «boñiga» por toda la ciudad. ¡Recuerdos de mi Pereira vieja!

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