Esta experiencia que voy a narrar, tiene un toque particular:
Es mis 69 y algo más, no había solicitado pasaporte alguno para viajar fuera del país, ya que siempre que he salido fuera de las fronteras nacionales, han sido con permisos consulares que no sobrepasaban la semana de estadía; en algún momento de mi juventud, empecé a hacer diligencias para tener los documentos necesarios para ir al otro lado de la tierra, a la lejana Australia, porque me presentaron la oportunidad de embarcarme en una travesía laboral, que me llevaría a Melbourne. Pero todo se quedo en los inicios, porque los costos de estas sobrepasaron los presupuestos, y a pesar de querer ir, no se dieron las cosas. Fue una especie de sueño efímero alimentado por otras personas, que tampoco se fueron, pero que mas tarde supe que no estaban en la ciudad. Cosas del destino, supone el corazón cuando todavía no tenia clara la visión de lo que era la vida.
Bueno aquí estoy contándoles en que consistió la visita a la Embajada Americana, donde uno entiende que esa Casa Blanca (White House) y su renombrado departamento de Estado, tienen su asiento en nuestro territorio ya que, considerándose la nación más poderosa del mundo, hace enarbolar su bandera con aires de potencialidad en medio del frio ambiente bogotano. Aquel estandarte me hizo recordar que a pesar de tener cincuenta estrellas que representa a los estados que lo componen, y que además tiene cinco territorios no incorporados, y el Distrito federal, sede del gobierno, es mucho mas reconocida con el número 13, ya que cuando se fundó como entidad administrativa de gobierno, eran trece colonias quienes estuvieron en sus inicios. La escatología bíblica le reconoce como la nación del trece.
En todo esto pensaba cuando llegando a esta estancia, acompañada de mi hijo y su esposa, observé la inmensidad de la edificación ubicada allí en la Diagonal 24 Bis entre calles 48 y 49 sector de Puente Aranda y me empecé a sentir en un sitio extranjero. Caminando despacio, detallé brevemente la fachada principal donde se veían claramente expuestos los letreros que nos decía que estábamos pisando suelo norteamericano; había muchos dispositivos de seguridad, y que la entrevista con el oficial consular, era dando prácticamente la vuelta a la manzana. Continúo escribiendo de este modo fue porque para mí, la ciudadana colombiana, todo esto era una novedad, la cual quedó muy enclavada en mi mente. Y ya verán el porqué, si analizan los diferentes roles que les voy a seguir contando.
Numeroso público rodeaba el campo verde y de calzadas peatonales, pero también había el infaltable tráfico vehicular y muchas oficinas particulares gestionadoras de trámites, que le daba un sentido de gran importancia al lugar donde las altas estructuras metálicas que había, demarcaban que las edificaciones allí dentro resguardadas, no solo por ellas, sino por un buen número de guardias de seguridad privada y de orden público, me dejaban una sensación de que adentro de estas instalaciones, se entreveraba un manejo muy minucioso para conceder ese bendito permiso de entrada al país “gringo”. Porque ya sacan ustedes en conclusión de qué si íbamos a visitar este sitio, era a sacar la VISA que permite viajar a USA.
Me río de mí misma, redactando estas líneas, porque fueron solamente unas tres horas las que ahí permanecimos, para salir luego bajo una pertinaz lluvia acompañándonos hasta llegar una pequeña cafetería, donde la fría humedad del viento y el nublado aire, nos dijo que habíamos concluido felizmente nuestra esperada visita. Porque tomando ese cafecito humeante pedido, nos encontramos con varios rostros, donde se veían lágrimas y gestos de disgusto, porque esa visa no se les había concedido, y concebí que iba a escribir cómo fue esa odisea de lograr esta autorización como lo describe el significado de visado, el diccionario consultado de que es una visa: sello, firma, visto bueno escrito o impreso sobre un documento de identificación, para entrar legalmente a países que lo exigen.
Volviendo sobre nuestros pasos iniciales, nos vimos frente a un gran portal, donde se veían altavoces, cámaras televisión de circuito cerrado, y una serie de empleados caracterizados por tener uniformes de la Embajada. Estas personas no eran precisamente americanos, como solemos decir a los estadunidenses, sino colombianos muy seguramente de la misma Bogotá y sus alrededores, quienes, con rostros serios nos observaban con ojos escrutadores. De los altavoces en manera repetitiva impartían secas instrucciones de cómo debíamos ordenar nuestro caminar por sendas pintadas en el piso de color azul y amarillo, y que no era permitido ni sacos, chaquetas, ni bufandas, ni chalinas, correas y cinturones. Había que dejar en el primer retén celulares que debían estar apagados, nada de encendedores, ni cortaúñas, navajas en los bolsos de las mujeres, frascos o cremas y otras veleidades que solemos cargar. Tampoco cigarrillos, ni dispositivos que tuviesen que ver con esta práctica, ni tampoco botellas, ni snacks de ninguna naturaleza, incluidos las consabidas gomas de mascar; es decir que bolsillos, carteras y otros elementos personales, debían pasar por una fuerte revisión humana los cuales dotados de aparatos detectores, y un pórtico de escaneo de inmediato detectaba si había algún dispositivo electrónico camuflado y similares, eran retenidos por los guardianes y se debía pasar una y otra vez por el escáner de seguridad, allí implantado.
Hasta los zapatos eran inspeccionados, por si había explosivos o pequeñas armas cortopunzantes que pudiesen servir para realizar un ataque dentro de la Embajada.
Pero además de todo esto, veía yo con mirada aguda cómo el parque automotor que había estacionado, eran carros de alta gama, con placa diplomática, y solo unos pocos de placa local.
Ya dentro de las oficinas mismas, volvimos a pasar en orden por filas, para refrendar las tomas gráficas y las respectivas biometrías de ojos y dedos, que hacía dos días nos habían tomado en las edificaciones del Sistema empresarial del CONECTA GOLD 4.
Por cosas que entiendo pero al mismo tiempo no comprendo, se me preguntó de quien estaba acompañada, y al responder, fuimos sacados de donde aguardábamos el turno, y nos pusieron frente a las ventanillas de toma de las fotografías y de las huellas dactilares; eso mismo sucedió dentro de la embajada misma. Se consideraba que, al parecer por ser adulta mayor, se tomaba esta consideración, pero yo veía asombrada, que otras personas de igual o mayor edad no eran atendidas igual que a mi y a los míos. Extraña circunstancia vivida e inolvidable. No quiero adelantarme a sacar conclusiones que pudiesen ser mal interpretadas, de acuerdo a mi percepción de las cosas que estaban ocurriendo.
Cuando al fin estuvimos al frente de la ventanilla número siete, no teniendo que estar en las largas colas, el funcionario que nos atiende detrás de un cristal, recibe los documentos que habían sido tramitados previamente a través de indicadores de correos electrónicos, y se inicia una entrevista que dura escasos ocho minutos; él hace unas cuantas preguntas a mi hijo que de forma muy espontánea, nos presenta a su esposa y a mí, como los acompañantes que solicitan la requerida visa y responde tranquilamente a los cuestionamientos de porqué se desea viajar a los Estados Unidos. Mi nuera está un tanto nerviosa y deja que él, le responda sobre lo que hacen y en qué trabajan. Revisa sus pasaportes y ve que han tenido recientes salidas hacia Centroamérica y el Caribe. Luego torna su mirada hacia donde yo me encuentro, y dice, ¿usted qué? atenta a su pregunta, exhibo una escarapela de una entidad de presencia humanitaria a nivel nacional e internacional, y atino a decir por 15 años. Fue lo único que hablé.
Sonríe este caballero, sonrisa que no olvidaré, y expresa: con eso tengo: BIENVENIDOS A LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA.
Sentí que la cabeza me daba vueltas, lágrimas rodaron por el rostro de mi linda nuera, y una amplia mueca de satisfacción se dibujó en el rostro del hijo.
¡Cuánto había costado entonces este momento!
En tiempo, en espacio, en dinero, y en tensión, hay toda una historia, que bien podríamos decir, a muchas personas les ha costado grandes esfuerzos, para lograr obtener la entrada legal al país considerado potencia mundial. Si hacemos un cuadro comparativo, tanto para aquellos que se han ido y se están yendo por el HUECO como lo calificó en su libro Germán Castro Caycedo, es tan desgastante como poder ir a conocer qué es el afamado sueño americano, que desde los tiempos de las post guerras, los orientales bien sea japoneses, chinos, coreanos y sus vecinos, viven por estar en el país del dólar, que todo lo compra: conciencias, mercancías, separaciones, familias, y vidas al por mayor y al detal, aquí entre nosotros, como en otras latitudes. No es sino ver el cuadro tan lamentable de inmigrantes que reúnen peso por peso para atravesar zonas inhóspitas hasta llegar a una temible frontera México-americana, y enfrentarse a la realidad más dura, que la que ya han protagonizado, que no hay control de ninguna naturaleza sensata para que ellos viajen, sino una serie de “empresarios” del dolor y la necesidad, y que son ellos los que sí están viviendo el sueño americano a costillas de otros, porque sus bolsillos se están llenando de dinero, producto del manejo malhadado que hacen de los que creen que en otra parte distinta a sus países, les va ir dizque mejor.
Esta visita a la Embajada, empezó desde hace mas de dos años, cuando se configuró el visitar a los EE.UU. por el gusto de conocer el país de las Cataratas del Niagara, el Gran Cañón, la estatua de la Libertad en la isla de Manhattan, el parque natural Yosemite, Walt Disney, y los fenomenales rascacielos que desafían alturas increíbles, junto a lo que hoy es el recuerdo de las Torres Gemelas. Pero yo sé que detrás de esta linda idea, es mucho el dinero que se ha tenido que invertir, cuanto es el estrés sufrido por el impasse sufrido por las dificultades que se presentaron a raíz de lo ocurrido entre los gobiernos de nuestra Colombia y el entrante Trump, y toda una serie de incidentes familiares, que son reserva del sumario-
Será que veamos todo con la mira de un día vivir en la celestial ciudad que ya vislumbró el telescopio espacial James Webb y su compañero Hubble. Yo espero algo más que esa expectativa. Y lo mejor de todo esto contado, lo creo con absoluta seguridad.
Gracias, gracias por permitir estar entre ustedes.



Exvelente cronica. Gran edcritora.
Leerla es un placer. Fluida y amena. Crítica, pero respetuosa. Con un lenguaje florido, pero claro para cualquiera. Esta experiencia con la embajada americana en particular es la que viven muchos, pero la aborda desde puntos diferentes como la estética del entorno, las sensaciones y la dinámica del momento.
Gracias a la escritora
Excelente narración, muchos rememoraran sus peripecias tras la a helada *visa*
Con un lenguaje cálido y sencillo nos relata el recorrido efectuado por los tres interesados y la deferencia obtenida qué permitió acelerar el trámite.
Hay algo sencillo pero impactante, en ocasiones, no se necesitan las palabras, la escarapela fue suficiente para darse a conocer.
Que el viaje sea placentero.
Magistral descripción de un momento único que todos vivimos y percibimos diferente, pero que sin duda es una experiencia muy enriquecedora y hasta divertida, gracias a mi madre por interpretar de una forma pedagógica esta inolvidable historia.
Extraordinario relato en crónica de una experiencia única e inolvidable, gracias por evocarla con tanta emoción y precisión.
Extraordinario relato en crónica de una experiencia única e inolvidable, gracias por evocarla con tanta emoción y precisión.
Excelente narración, muchos rememoraran sus peripecias tras la a helada *visa*
Con un lenguaje cálido y sencillo nos relata el recorrido efectuado por los tres interesados y la deferencia obtenida qué permitió acelerar el trámite.
Hay algo sencillo pero impactante, en ocasiones, no se necesitan las palabras, la escarapela fue suficiente para darse a conocer.
Que el viaje sea placentero.