Por décadas, millones de colombianos se levantan antes del alba, cruzan ciudades, cultivan tierras, enseñan, construyen, cuidan, crean.
Trabajan más de 40 años con la esperanza de que, al llegar la edad de retiro, la pensión sea el premio justo por su entrega, abnegación, responsabilidad y contribución.
Se está haciendo muy común, que la mesada pensional, sobre todo las bajas, no alcance porque el costo de vida es implacable y la devora, así, el retiro se convierte no en un logro, sino en una condena silenciosa.
A la vejez la está afectando, no solamente el problema económico, también el desarraigo social, porque el trabajador que ayer era útil, hoy es etiquetado como “viejo”.
Las empresas, en lugar de preparar el tránsito hacia una nueva etapa, despiden sin ceremonia y gratitud y el relevo generacional se convierte en excusa para desechar a quien ya no encaja en la lógica de la productividad y lo peor de todo es que la ley apoya el despido opcional por pensión y así, el pensionado no solo pierde su salario, pierde su lugar en el mundo.
La sociedad colombiana ha normalizado esta expulsión, piensa que el pensionado “ya tiene lo suyo”, como si una mesada bastara para vivir, como si el espíritu no necesitara propósito, su alimento.
Nadie lo contrata, nadie lo escucha, nadie lo invita a seguir enseñando, creando, aportando. Se le arrincona como un mueble viejo, y se le condena al olvido.
El cuerpo envejece, no así la inteligencia, la experiencia no caduca y la sabiduría no se jubila y eso lo veo reflejado en los escritores que hacen sus libros después de los 60 años de edad, como para poner un ejemplo.
Conocí el caso de una universidad local que desvinculó de una a más de 30 profesores por estar pensionados. “Ya están muy viejitos”, dijo su presidente, que superaba los 80 años. ¿Y qué perdió esa institución? Perdió el alma. Perdió los relatos, las vivencias, la pedagogía tejida con años. Perdió la memoria viva.
La vejez no debería doler, lo que duele es el desprecio, lo que enferma es la soledad impuesta, lo que mata es el silencio que se instala cuando ya nadie llama, cuando ya nadie pregunta, cuando ya nadie necesita.
No echemos al viejo a la calle. No lo condenemos al rincón. Revaloricemos su papel. Abramos espacios para que siga enseñando, creando, soñando. Porque si la sociedad no honra a sus mayores, está condenada a repetir sus errores. Y si no les da voz, está renunciando a su propia memoria.
La pensión no debe ser el fin. Debe ser el comienzo de una nueva etapa de dignidad, participación y legado.
Porque el verdadero desarrollo de un país no se mide en cifras, sino también en cómo tratamos a quienes nos abrieron el sendero que hoy caminamos.
Javier Ríos Gómez



Dura realidad, la Universidad Libre fue quien despidió la memoria, craso error, poca empatía del presidente de esta entidad, a pesar de tener más años que la gran mayoría de profesores que retiraron. Las empresas solo les interesa el estado de resultados.
Javier , que buena tu disertacion sobre los “Viejitos” , todos deveriamos tener en mente que la experiencia y los cuentos enriquecen a los mas jovenes !
Buen día y un escrito Don Javier.
La vejez es aquel inevitable momento de la vida para los que llegan como esa pérdida paulatina o repentina de las capacidades para llevar un diario vivir de la mejor manera.
Es innegable la incapacidad para detener las enfermedades, eso es real, pero el olvido como esa sensación de soledad por abandono es la peor enfermedad.
Bondad con los adultos mayores ya que cuando fueron adultos jóvenes y maduros ayudaron al desarrollo de la sociedad.
Feliz día.
Yo siento personalmente el acompañamiento de mis hijos y de mi actual esposa, su presencia en mi vida es el el mayor apoyo que he tenido a mis 75 años