Suena extraño afirmar que la gente no sabe por quién votar en las próximas elecciones presidenciales, en medio del ambiente de polarización que vive el país. Algo menos de la mitad de los colombianos están atrapados en los dos extremos del espectro político: Cepeda o de la Espriella. Pero la mayoría de nuestros compatriotas sufre una extraña indecisión a tan solo cien días de los comicios electorales. Puedo asegurar que esta incertidumbre de la opinión pública radica en gran parte en la explosión de candidaturas que se vive en el panorama electoral. Aún, a la fecha, sobreviven más de cincuenta aspirantes. No creo que haya otra democracia, ni otro país del mundo, con tantos candidatos, incluso desconocidos. Para el ciudadano del común es muy difícil entender el panorama. Y peor es el asunto si tenemos en cuenta los complejos y diferentes procesos políticos de selección. Encuestas para empoderar a unos y descartar a otros, consultas interpartidistas o de cada bando, previas y posteriores, primera y segunda vuelta, etc.. ¡Asimilar todo esto es cosa de locos!
En este maremágnum solo sé que no sé por quién votar, aunque sí por quién no lo haré. No votaré por Cepeda y no es por el rumbo de la economía colombiana. Si le preguntamos a los empresarios grandes, medianos y pequeños del país cómo les fue el año anterior la gran mayoría dirán que bien. Si le preguntamos a los cafeteros responderán que tienen el mejor precio de la historia. Si indagamos a los economistas dirán que tenemos un nivel de desempleo muy bajo y los trabajadores rasos aplaudirán el incremento del salario mínimo. Del dólar es mejor no hablar; cuando estuvo a cinco mil pesos casi todos rajaban de Petro y ahora que está a tres mil seiscientos las mismas personas afirman que no es por él, que es la economía mundial. Lo que es innegable es que en términos económicos el país va bien y para los radicales no tan mal como se afirmaba. Entonces no es por eso que no votaré por Cepeda.
Es por el irrespeto a la separación de poderes, por las amenazas al Estado Social de Derecho, por la intimidación implícita en la propuesta de una asamblea constituyente, por asustar permanentemente a la democracia, por atentar contra la economía de mercado y contra los empresarios y por su ortodoxia comunista. Cepeda representa al cambio que no llegó, al Pacto que se perdió en la demagogia, a Petro que se endiosó hasta hacerse «inolvidable», a la izquierda que se contaminó de corrupción hasta superar a sus adversarios ideológicos y que fue incapaz de liderar una reforma política que era urgente.
Y quiero que perciban que no hablé del estado de la salud porque su anémica situación no es un problema de este gobierno solamente.
No votaré por Cepeda, pero tampoco por Abelardo. No me gusta su populismo, carece de experiencia en temas políticos y administrativos, copia sin reticencias las estrategias de Uribe hace veinte años en su campaña presidencial y de Bukele en El Salvador y hace gala —financiando toda su campaña— de una fortuna cuya procedencia no hace pública.
No veo en el «centro y en la «centroderecha» y en el resto del espectro a ninguno capaz de aglutinar y de convertirse en una verdadera opción de triunfo. Así que llegaremos a una segunda vuelta en un panorama que no me parece extraño. Todo se asemeja a hace cuatro años. Dos candidatos sin el carisma y la experiencia necesarias y la gente votando por el menos malo.


