miércoles, marzo 4, 2026

PAVIMENTAR EL CAMINO DE LA VIOLENCIA Y LA BARBARIE

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Una sociedad que no crea como principios éticos colectivos la compasión, el amor, la diversidad y la diferencia, el respeto hacia el otro y la empatía, es una sociedad que cimienta odio.

 

La semana pasada escandalizó a un sector de la sociedad el video publicado en redes en el que se observa a una joven llamada Sara Millerey González casi agonizante después de una tortura que la dejó sin fuerzas para vivir. Describir un poco más lo visto en ese ignominioso video es rayar con el morbo que alimenta la falta de educación sobre el respeto a la diferencia y la diversidad humana, necesarias en cualquier sociedad.

 

El sufrimiento de una mujer vuelto un tenebroso espectáculo viral, con comentarios justificativos de la brutal violencia, evidencia las patologías de una ciudadanía que parece refractaria al dolor humano.

 

Por años vimos en la prensa amenazas, capturas masivas, secuestros, desapariciones forzadas, masacres, enormes fosas comunes y hornos crematorios con el fin de borrar cualquier evidencia de las víctimas, vimos cómo reclutaban de manera forzosa a los niños y niñas para hacerlos combatientes de una guerra que no era suya, cómo violaban a las mujeres con el fin de hacer daño a su contendor y, algunos leímos en  Fernando Garavito y en Alfredo Molano cómo se  jugó un partido de fútbol con la cabeza de un líder comunitario o en los llanos orientales hicieron un sancocho con el cuerpo de un guerrillero y muchas otras aberrantes acciones que deshumanizan a las víctimas y por supuesto a quienes fungen de victimarios, el homicidio de Sara no escapa a esta realidad tan agobiante.

 

También en redes leímos a quienes acuden a comparar a éstos delincuentes con un animal, tesis insostenible, pues Martha Nussbaum en “Emociones Políticas” nos recuerda que la compasión y el altruismo forman parte de nuestra herencia animal, por ello es absurdo animalizar a quien se permite sentir tanto odio y violencia y hacerla efectiva en su congénere desgarrando su cuerpo y por supuesto, su existencia. Esas personas no se acercan a los animales, por el contrario se alejan estrepitosamente de ellos, pues éstos matan solo por sobrevivencia y tienen un alto sentido de la compasión a diferencia de quienes cometen estos actos tan crueles.

 

También hubo quienes para comprender la situación afirmaron que el odio mata, sin embargo, descargar en un verbo infinitivo la acción humana es quitar responsabilidad al sujeto y a la sociedad, el primero que consciente de su acto alevoso y pérfido lo realiza y la segunda porque construye un relato excluyente y homogeneizante que son el caldo de cultivo para el surgimiento de quienes son capaces de desechar a otros seres humanos por su orientación sexual.

 

En las redes también se ha contado que militantes de un grupo paramilitar –figura que al parecer llegó para quedarse- presente en el área metropolitana del Valle de Aburrá fueron los encargados de asesinar atrozmente a Sara, de grabar la aterradora escena, de prohibir el auxilio de la joven, de viralizar el video y amenazar a periodistas del diario Q’hubo tras informar del hecho. Es claro que todo hace parte de un aleccionador homicidio, una macabra advertencia a las personas que reivindican su diversidad sexual con el único de fin de estandarizar la sociedad y sostener los roles de lo femenino y lo masculino que históricamente nos han obligado a soportar, en esta misma lógica el 15 de abril mataron a Guillermo Henao Montoya, miembro de la comunidad LGBTIQ+ en Medellín.

 

Homicidios que no son repudiados por la comunidad en general y mucho menos por las instituciones que juegan un papel importante dentro de ella, ni la iglesia católica, ni las demás iglesias cristianas manifestaron su rechazo a éstos actos, tampoco vimos a una clase política expresar su indignación, ni a una academia rechazar la violencia contra las personas diversas. Solo vimos declaraciones aisladas del Presidente, un sacerdote y algún@s opinador@s que se expresaron más desde su fuero interno que desde la institucionalidad de la que hacen parte.

 

También está la revictimización que hace el Secretario de Convivencia del Municipio de Bello que se negó a reconocer la identidad de género de Sara y también es revictimización cuando las instituciones no rechazan con contundencia y sin ambigüedad una narrativa de odio y un crimen que avergüenza a la humanidad.

 

Vale la pena preguntarse en qué tipo de colectividad caben y se expresan impunemente los asesinos de Sara Millerey y de Guillermo Henao, los que masacran a la población indefensa, los que desaparecen forzadamente a ciudadan@s, los que reclutan a menores de edad, los que violan y asesinan a sus parejas o exparejas?.

 

Una sociedad que no crea como principios éticos colectivos la compasión, el amor, la diversidad y la diferencia, el respeto hacia el otro y la empatía, es una sociedad que cimienta odio, que abomina a los diferentes, a los que no representan la tradición, a quienes tienen la valentía de expresar genuinamente su diferencia, es una sociedad que pavimenta el camino de la violencia e indiscutiblemente la barbarie.

 

@adrigonco

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