Cuando toca pensar, ahí se complica la cosa para muchos
Juan José López Verdún tiene 43 años. Dos maestrías, un doctorado a punto de cerrarse, una biblioteca bien surtida y una presencia constante en redes sociales donde opina de todo. Juan José no grita. No insulta. No amenaza. Simplemente ya no escucha. Para él, el mundo está dividido con claridad quirúrgica entre quienes “entienden” y quienes “no han despertado”. Cuando alguien le presenta un dato que contradice su convicción, no lo revisa: lo descalifica. No porque sea falso, sino porque incomoda. Juan José no es ignorante. Es algo más peligroso: es alguien que dejó de pensar críticamente porque cree haber llegado a la verdad definitiva.
La historia de Juan José no es excepcional. Es, de hecho, cada vez más común.
Hannah Arendt fue una filósofa alemana nacida en 1906, judía, intelectual y testigo directo del ascenso del nazismo. Estudió con Martin Heidegger y Karl Jaspers, huyó de Alemania en 1933 tras ser detenida por la Gestapo y llegó a Estados Unidos en 1941. Desde el exilio escribió una de las advertencias más lúcidas del siglo XX sobre el poder, la mentira y la fragilidad de la verdad en las democracias modernas.
Arendt no analizó el totalitarismo como una abstracción académica. Lo vivió antes de que se volviera brutal. Observó cómo sociedades cultas y alfabetizadas dejaron de distinguir entre verdad y mentira mucho antes de que aparecieran los campos de concentración. Su conclusión fue inquietante: el mayor aliado del autoritarismo no es el fanático, sino el ciudadano cansado.
En 1951, en “Los orígenes del totalitarismo”, dejó escrita una frase que hoy resulta incómodamente vigente: el sujeto ideal del régimen totalitario no es el nazi convencido ni el comunista devoto, sino la persona para quien ya no existe la diferencia entre hecho y ficción.
No se trata de creer mentiras. Se trata de abandonar la búsqueda de la verdad.
Colombia no vive una dictadura. Pero sí atraviesa un momento delicado: la normalización de la confusión. El debate público se ha convertido en una guerra de relatos donde el objetivo no es convencer con hechos, sino agotar al ciudadano. Desde el poder se construye una narrativa moralmente blindada, emocionalmente intensa, que convierte la crítica en sospecha y la duda en traición. Desde la oposición se responde con relatos igualmente simplificados, diseñados más para provocar indignación que para esclarecer.
En medio de ambos extremos, proliferan las bodegas digitales, los bots, las tendencias artificiales y los discursos repetidos hasta el cansancio. No buscan que la gente crea. Buscan que la gente se canse.
Cuando todo parece manipulación, el ciudadano empieza a decir “todos mienten”. Cree que ha alcanzado una forma superior de lucidez, pero en realidad ha bajado la guardia. Porque cuando todo es mentira, nada merece ser verificado. Y cuando nada se verifica, cualquier relato —especialmente el que apela a la emoción— ocupa el lugar de la verdad.
El problema no es que un gobierno construya un relato. Todos lo hacen. El problema surge cuando ese relato se presenta como incuestionable, moralmente superior, impermeable a los hechos incómodos y defendido por seguidores que han renunciado a pensar críticamente. Arendt lo advirtió con claridad: el momento en que una causa deja de admitir preguntas es el momento en que empieza a parecerse a aquello que dice combatir.
La libertad no se pierde cuando gana una mentira. Se pierde cuando dejamos de distinguir la verdad.
Hoy la resistencia no es épica ni ruidosa. Es silenciosa e incómoda. Consiste en pensar incluso contra lo que queremos creer. En escuchar al otro sin asumir que es un enemigo. En exigir datos cuando la emoción desborda. En no entregar el pensamiento a cambio de tranquilidad ideológica.
Juan José López Verdún no es el villano de esta historia. Es su advertencia.
Porque una sociedad no cae cuando deja de hablar.
Cae cuando deja de pensar.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador y columnista, colombiano a morir
Enero de 2026



Buen día. Gran escrito Don Fernando.
El temor a pronunciarse y el ser señalado de polémico y problemática ha permeado el hacer más no el querer.
Otro detalle es el endiosar a las personas a tal punto de dar por cierto sin filtrar y confrontar lo que expresan.
Tema terrible. Yo soy cuestionador desde la argumentación informada y comprobada pero me ha generado tanto lío que he bajado la guardia porque solo es muy díficil.
Feliz día.
Muchas gracias estimado Isdaen. Los que piensan no pueden cansarse . Los que opinan no pueden dejar de hacerlo. Uno puede tener cualquier posición posible, pero no puede dejarse arrastrar por la pasión irracional.