En Pereira, el civismo no fue una postal oficial ni una obra “de inauguración”. Fue —y sigue siendo— una manera de vivir la ciudad cuando todavía no había ciudad para todos. Por eso, cuando hoy se habla de “civismo pereirano” y se cae en los mismos referentes de siempre, se pierde lo más importante: la historia real ocurrió también en los barrios populares, en las laderas, en los bordes del río, en Cuba, en Kennedy, en Villa Santana, en San Nicolás, en tantos lugares donde la gente no esperó a que todo estuviera listo para empezar a construir.
Ese civismo no fue un discurso: fue pala, convite, minga, olla comunitaria, comité de vecinos, jornada de limpieza, cuadra organizada, trabajo voluntario. Y si uno se toma en serio los relatos que recupera el libro Ecos de Jaime Salazar Robledo —que asoma a las narrativas fundacionales de varios barrios de Pereira— entiende que la historia de esta ciudad no se explica solo por “grandes hitos”, sino por miles de pequeñas decisiones colectivas: llegar, asentarse, organizarse y mejorar el lugar donde se vive.
El civismo de barrio: cuando la necesidad se volvió organización
Pereira creció con oleadas humanas. Los años de la violencia política empujaron a miles a moverse; y a Pereira le tocó, como a tantas ciudades colombianas, absorber el golpe demográfico y el déficit de vivienda. Hay investigaciones históricas que describen cómo, hacia 1960, la ciudad recibió cerca de 50.000 personas en menos de 13 años, con un déficit habitacional que se contaba en miles de viviendas; y que sectores como Cuba empezaron a configurarse desde finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta en ese contexto.
Lo clave es lo que vino después: cuando el asfalto no existía, cuando el agua era intermitente, cuando la luz era un privilegio y el transporte un reto, apareció lo que hoy muchos olvidan: las juntas de vecinos y las Juntas de Acción Comunal como tecnología social de primer nivel. No eran un adorno participativo; eran el “sistema operativo” del barrio. La acción comunal en Colombia tiene marco jurídico propio precisamente por ese rol de organización democrática y representativa para gestionar necesidades colectivas y relacionarse con el Estado.
En la práctica, eso significó cosas muy concretas: organizar turnos para abrir zanjones, recolectar cuotas mínimas para comprar tubería, presionar rutas de bus, acordar reglas de convivencia, tramitar la legalización de servicios, exigir escuela, puesto de salud, cancha, salón comunal. Y hacerlo sin caer en la trampa de creer que “alguien vendrá” a resolverlo todo.
Nadie llegaba “a estorbar”: el recién llegado se volvía vecino
Hay una idea que me parece profundamente pereirana: aquí nadie es forastero. Quien llega, se suma. Y esto no es romanticismo: es memoria urbana.
Los que venían “de otros lares” —de veredas, de pueblos, de otros departamentos— entraban a barrios que muchas veces nacían con precariedad, sí, pero también con un espíritu de incorporación inmediata: el nuevo no era una carga; era una mano más. Esa es una ética de ciudad que vale oro y que deberíamos defender con más claridad hoy, cuando la conversación pública se contamina tan fácil con etiquetas.
Ese es el civismo más difícil: el que integra. El que crea pertenencia antes que propiedad. El que convierte una invasión o un asentamiento informal en comunidad organizada y, con el tiempo, en barrio con identidad.

Jaime Salazar Robledo: reconocer el liderazgo social sin maquillar la política
Y aquí entra un punto que vale la pena decir con cuidado, sin simplificar.
En Pereira, hablar de la fundación de ciertos barrios y de la dinámica de asentamientos en los 60 y 70 inevitablemente roza el terreno político. El libro Ecos de Jaime Salazar Robledo se presenta justamente como un perfil biográfico y una mirada a narrativas fundacionales de barrios de la ciudad, y vuelve a poner su nombre en el debate público local.
La invitación —y lo que se ha dicho alrededor del libro— recuerda a Jaime Salazar Robledo como un líder político conservador con papel relevante en Pereira durante décadas, hasta su asesinato en 1990.
Mi lectura es esta: más allá de los usos políticos que pudieron existir alrededor de invasiones o procesos de poblamiento (y que sería ingenuo negar), también hubo liderazgo social real. Y cuando el liderazgo social es real, se mide por resultados humanos: familias con techo, comunidad organizada, gestión para servicios, respaldo a iniciativas barriales, construcción de tejido social. Incluso hay relatos locales que ubican a Villa Santana y sus orígenes en procesos de asentamiento donde su figura aparece como promotor o actor relevante en esa historia.
El crédito, entonces, hay que darlo donde se merece: no para santificar a nadie, sino para entender un hecho incómodo para los relatos fáciles: Pereira se hizo con una mezcla de urgencia, política, organización comunitaria y capacidad de trabajo colectivo. Y en esa mezcla, las JAC y las redes barriales fueron el motor que más empujó.
Lo que deberíamos aprender hoy (y no solo con nostalgia)
Si el civismo fue rasgo común en Pereira —y yo creo que lo es— entonces toca actualizarlo. No basta con decir “antes sí”. La pregunta útil es: ¿ cómo se ve el civismo en 2026?
Propongo tres ideas, simples y aplicables:
- Civismo es cuidar lo común sin pedir permiso para hacerlo.
Un parque, una esquina, una quebrada, una zona verde, un andén: lo común no es “de nadie”, es de todos. La ciudad se mantiene cuando los vecinos se coordinan.
- Civismo es organización barrial con agenda clara.
Las JAC no deberían ser solo un trámite o una pelea interna. Deberían volver a lo esencial: diagnóstico de necesidades, priorización, gestión, veeduría, convivencia. La ley las concibe como organizaciones democráticas y representativas; usemos esa herramienta con seriedad.
- Civismo es integración: aquí nadie es forastero.
Pereira no puede perder su mejor rasgo: la capacidad de convertir al recién llegado en vecino. Eso es seguridad social real, de la calle, del barrio: pertenecer.
Porque al final, el civismo no es una frase bonita. Es una práctica. Y en Pereira, esa práctica no nació solo en los lugares obvios: nació donde la ciudad se estaba inventando a sí misma, con barro en los zapatos y esperanza en la mirada.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador y columnista. Colombiano a morir



Así es, la historia de ciudades como Pereira está marcada por los muchísimos barrios que surgieron así, como invasiones de familias desesperadas que buscaban un espacio de tierra para hacer sus ranchos en los que poder dar un techo a sus hijos, y que con el tiempo, la organización comunitaria y un buen liderazgo lograron llegar a buen puerto para llegar a ser barrios ya consolidados y prósperos, que, uno con otro, conforman la historia de nuestra ciudad.
Mi estimado y admirado doctor Ramírez . Muchas gracias por su comentario. Por lo extenso no se preocupe. Somos de la misma esencia de argumentar aunque usemos más tinta , o bytes en este caso . Y estoy totalmente de acuerdo con usted Jaime Salazar y Camilo Mejía Duque están en mora de ser recordados y homenajeados de una manera especial.
Definitivamente la trascendencia de muchos protagonistas de nuestro acontecer humano se debe medir con la perspectiva histórica de sus resultados y no con el fragor inmediato de prematuras posiciones políticas contaminadas de sentimientos ciudadanos con pseudo objetividades racionales.
Me explico, a pesar de yo ser muy joven en las décadas de los 60’s y los 70’s y seguramente por pertenecer a familias con profundas raíces liberales (creo que por tradición más que por convicción) siempre descalificamos una corriente innovadora : “los viviendistas” quienes entonces eran unos promotores de invasiones ilegales que atentaban contra el régimen de propiedad privada que reina en las comunidades capitalistas como la nuestra. Y en cabeza de ese grupo de innovadores figuraba Jaime Salazar Robledo, líder político de raigambre conservadora profundamente vinculado al proceso de gestación y creación del departamento de Risaralda. Polémica ambigüedad creaban esas dos banderas por aquel entonces.
Sin conocer el libro ‘Ecos de Jaime Salazar Robledo’ pero interpretando la columna de Fernando Sánchez Prada creo que ya es hora de levantar el pedestal histórico que este mártir trascendental se merece desde siempre.
Pedestal que no es un regalo sino el justiciero reconocimiento a una vida dedicada al servicio de sus gentes con énfasis en las clases menos favorecidas.
Me excusarán por lo extenso del comentario.