Hubo un tiempo —y no hace tanto— en que el paseo de domingo en Pereira era ir al aeropuerto. Las familias cogían para Matecaña como quien va a un parque: los niños a los columpios, los abuelos a tomar tinto, los papás a sentarse en las terrazas a ver aterrizar aviones, mientras se saboreaba una crema, una paleta de helado de agua o una oblea. Era toda una experiencia urbana, una forma de viajar sin salir de la ciudad. El aeropuerto no era solo un sitio de tránsito: era un símbolo de modernidad, orgullo local y punto de encuentro los domingos. Quién no comió la mazorca asada de camino al zoológico desde el aeroparque!
Hoy, en pleno debate sobre el futuro del transporte aéreo en el Eje Cafetero, vale la pena recordar esa conexión emocional que Pereira ha tenido siempre con su aeropuerto. Y preguntarnos con claridad: ¿qué papel queremos que juegue el Aeropuerto Internacional Matecaña en los próximos 30 años? ¿Seguiremos apostando por fortalecerlo como terminal líder de la región? ¿O renunciaremos a esa posibilidad en favor de un megaproyecto compartido, como Aerocafé o un aeropuerto regional en Cartago?
Lo primero que debe decirse es que Matecaña no es un aeropuerto más. Es uno de los más eficientes del país, con cifras crecientes en pasajeros, infraestructura moderna, terminal internacional y una ubicación estratégica. Desde su transformación en empresa industrial y comercial del Estado, ha logrado no solo autosostenerse, sino crecer con visión empresarial.
Pereira no puede perder competitividad en nombre de una integración mal diseñada. Cualquier proyecto regional debe respetar lo que ya existe, aprovechar las fortalezas instaladas y distribuir las oportunidades sin sacrificar nodos vitales. Porque si bien soñamos con una visión conjunta del Eje, eso no puede significar el debilitamiento de Matecaña ni la concentración de inversiones solo en una parte del triángulo cafetero.
¿Tiene sentido una integración aeroportuaria regional? Sí, si se construye desde la cooperación, no desde la imposición. Sí, si se reconocen las rutas ya operativas, la confianza de los viajeros y el peso estratégico de cada ciudad. Una Pereira sin un aeropuerto fuerte perdería no solo flujo económico, sino identidad y conexión con el mundo.
Pero la conversación no debe quedarse solo en lo técnico. Hay un vínculo afectivo entre Pereira y Matecaña. Un aeropuerto no es solo una pista y una torre. Es memoria. Es historia. Es futuro. Y lo mismo pasa con el parque Matecaña, que fue epicentro de paseos y que bien podría ser resignificado como espacio de ciudad vinculado a ese relato.
Tal vez la mejor manera de decidir hacia dónde volar es preguntarnos: ¿qué quiere Pereira ser en el mapa del país y del mundo? ¿Una ciudad que cede sus alas o una que las extiende con decisión, cuidando lo que ha construido, pero abierta a cooperar sin perder su rumbo?
Los niños que hoy miran los aviones desde los ventanales de las salas del aeropuerto, no están tan lejos de quienes lo hacíamos hace 40 años. El anhelo de volar, de conectar, de crecer, sigue siendo el mismo. La pregunta es si como ciudad nos atreveremos a defenderlo con la misma emoción con la que antes celebrábamos cada despegue desde nuestras terrazas dominicales.
Fernando Sánchez Prada



A ferna se le olvidó mencionar las mazorcas de maiz asado con sal y mantequilla. La verdad todo un paseo familiar dominical que yo incluso disfruté muchas veces. Mientras también veía a muchas personas de todas las edades aglomerarse en la entrada del zoológico y en nuestra mente se vislumbraba con orgullo su ampliación o traslado al sector de Cerrito. Buena. Fercho.
Carlos II que bueno saber de ti, siiii, es que hay tantas cosas buenas para recordar de los paseos a Matecaña, el raspao y el ponche por ejemplo, o los algodones de azucar. Esos son los recuerdos que se atesoran por la vida, aunque si miras, le hago al final del primer párrafo una mención de homenaje a esa rica mazorca que mencionas
Ferna
Carlos II que bueno saber de ti, siiii, es que hay tantas cosas buenas para recordar de los paseos a Matecaña, el raspao y el ponche por ejemplo, o los algodones de azucar. Esos son los recuerdos que se atesoran por la vida, aunque si miras, le hago al final del primer párrafo una mención de homenaje a esa rica mazorca que mencionas
Ferna
Que bellos recuerdos, Ojala hicieran un parque similar al que existió en esa época y seguir creando recuerdos.
Muy cierto! Especialmente con las remodelaciones y adecuaciones que se han hecho en el Aeropuerto para que sea de tala internacional. Dentro de este debate me parece pertinente darle espacio a la conversación de las aerolíneas internacionales que han tenido que cerrar vuelos por que a pesar de ser un aeropuerto con todas las adecuaciones, nos queda corta la pista, y un vuelo como el Pereira-Miami no ha continuado con su trayectoria ya por algunos meses. Sería maravilloso poder seguir construyendo y adecuando de tal forma que nuestro aeropuerto no tenga nada que envidiarle a las grandes ciudades del país y como dices en el escrito ser «Una ciudad que extiende sus alas con decisión, cuidando lo que ha construido, pero abierta a cooperar sin perder su rumbo».
Muy acertado tu comentario Salomé . Si. Ya tuvimos vuelos internacionales y se han pedido por falta de condiciones técnicas de la pista como ya explicó un experto en una columna anterior .
Si, era maravilloso, todos juntos, aunque nosotros nos concentrabamos en parque para disfrutar de los columpios, recuerdo que madrugabamos, a la misa y luego nos íbamos a pie hasta allá, era todo un paseo, gracias por recordarme tan linda aventura.
Cierto Melfi . Paseó por toda la avenida , fresas con crema en Sayonara y a Matecaña. En un tiempo vendían fritanga en la caseta de Nacederos