Jaime Cortés Díaz
Los distintos eventos electorales se han venido agitando con aspiraciones desbocadas por el cuantioso número de candidatos que creen, a pie juntillas, en el derecho a elegir y ser elegidos, lo que implica un desgastante trabajo de recoger firmas que respalden, al menos, la posibilidad de aparecer en la foto del tarjetón. Las circunstancias actuales, acentuadas por hechos de gran impacto, como el cuestionado juicio penal que condenó al expresidente Álvaro Uribe Vélez a 12 años y el asesinato del precandidato y senador Miguel Uribe Turbay, han adelantado el proceso electoral, que hoy se encuentra en efervescencia.
En las dinámicas propias de la contienda, los sondeos, alianzas y demás estrategias para conectar con la opinión pública buscan involucrarla en el diseño e interés de movimientos que, con certezas o artilugios, procuran ganarse la confianza del electorado. El objetivo es reflejar en encuestas y comentarios la existencia de un sector dispuesto a creer en fórmulas salvadoras, llegando incluso a decir cualquier cosa para generar un vínculo efectivo con los presuntos sufragantes.
Desde hace tiempo, las manifestaciones en plaza pública dejaron de ser la vía principal para movilizar a la ciudadanía. Las ocupaciones urbanas y la circulación casi colapsada por la profusión vehicular han restado protagonismo a esa forma tradicional de comunicación política, más aún, cuando la tecnología ha transformado las concentraciones en eventos virtuales o de alcance simultáneo e inmediato. Así, el discurso grandilocuente y vibrante ha dado paso a mensajes capaces de llegar en tiempo real a audiencias que prestan atención e interés según sus problemáticas personales o las que atañen al rumbo de la Patria. El impacto es notable: campañas más efectivas, independientemente de si agitan o no sentimientos y emociones, pero con la vital tarea de sembrar inquietudes realizables frente a la apatía generada por la decepción, la fractura ideológica y estructural de los partidos, y el riesgo de que la democracia sea debilitada por caudillismos autocráticos.
Es urgente presentar planes creíbles de renovación, transformación social y territorial, así como de corrección institucional con el fin de recuperar el orden y el desarrollo del país. En ello, las plataformas digitales ofrecen la oportunidad de acceder, comparar y debatir programas con suficiente antelación. El país está sobrediagnosticado, incluidas sus posibles recetas habilitadoras. Ante la pobreza intelectual de los partidos políticos, los estudios de centros de pensamiento como Fedesarrollo, ANIF y la Academia, junto con los del Banco de la República y algunos capítulos del actual Plan Nacional de Desarrollo, pueden servir de base para construir propuestas sólidas y viables.
No se debe caer en diatribas que alimenten la división creciente, aunque sí mantener un debate informado sobre el rumbo del período que resta. Las jergas de confrontación contra el presidente de la República no pueden ser la única bandera de lucha. Salvo que ocurra una desfachatez delirante, habrá elecciones, y el combate político no debe limitarse a un blanco personalizado. Está en juego la convicción de que quienes resulten electos puedan impulsar cambios imperativos en materia de seguridad, salud, economía y empleo, reforma judicial, relaciones internacionales y déficit fiscal, así como en otros aspectos que no admiten espera. El cambio no consiste en reemplazar personas, sino en consolidar un Estado al servicio de toda la población, en una unidad de propósitos orientada a resultados verificables.
En 2026, más que elegir entre nombres y estandartes, Colombia deberá escoger proyectos de Nación. La ciudadanía tiene el derecho y la responsabilidad de exigir que las propuestas sean claras y orientadas al bienestar colectivo. La política nacional, marcada por la polarización y la desconfianza, necesita un giro hacia la transparencia y la planificación seria. Para lograrlo, es indispensable que las colectividades presenten propuestas completas antes de la definición de las candidaturas, y que estas se evalúen bajo criterios objetivos y constatables.


