miércoles, febrero 4, 2026

¿QUÉ LE PASA A LUPITA?

OpiniónActualidad¿QUÉ LE PASA A LUPITA?

 

 

Por: Olga Cecilia Trejos Buriticá

 

Doña Guadalupe es una señora tan bien cuidada, que resulta difícil calcularle la edad; yo diría que por el tiempo que lleva casada y la edad de sus hijos, puede estar entre los 65 y 70 años.

Una tarde llegó a “Mi Rinconcito”, con muchas preguntas que la tenían agobiada.  En ese momento, estaba conversando con Antoni Bolinches, un amigo, psicólogo español, que me saca de estas situaciones, algo engorrosas, y me facilita la conversación con personas, que, como Lupita, como le gusta que la llamen, poco comparte sus asuntos.

Antoni Bolinches, acucioso como siempre, atendió mi llamado en compañía de su gran amigo Sigmund Freud y ya los cuatro, con un delicioso café y unas galletas, nos adentramos en la historia de Lupita.

Llevo de casada con Pedro, 48 años, tenemos tres maravillosos hijos, todos por encima de los 40’s. La hija menor salió de la casa, tan solo hace 5 años, cuando decidió disfrutar de su soltería y vivir independiente, pero dentro de la misma ciudad.

Ya el nido estaba vacío, Lupita y don Pedro habían compartido su vida, casa, hijos proyectos, sueños, caminos, este hogar estaba llena de todos. Hoy, cuando el tiempo pasó, los hijos crecieron y se marcharon, nació una nueva rutina, la de ellos dos, Lupita está viviendo una sensación muy rara, no sabe qué siente por Pedro, no reconoce si es amor o amistad, ya sus cualidades, esas mismas que un día la enamoraron, ahora la alejaban. A esta situación Freud la llamaba “Lo reprimido vuelve”. Comenzó a contarme de las emociones que habían sido sofocadas durante décadas, de los gestos que nunca habían sido reconocidos y del deseo que no muere, sino que cambia, porque, es cierto que este padre de la psicológica no ofrecía consejos fáciles, sino preguntas difíciles.

Muchos dirían que esta aversión que Lupita sentía por Pedro, era sólo una cuestión hormonal, simplemente rutina.  Pero, no era el caso, se veía claramente que ella dedicó su vida a su familia, su esposo, sus hijos, a que todo marchara como debía ser: “a la perfección” y así mantener el orden en el hogar.

Fue un cambio que se gestó desde la parte más interna del ser de esta mujer que ahora tenía más preguntas que respuestas, con respecto a su relación matrimonial, que para nada era romántica.  Ya sentía que vivía con un huésped, aún en la misma cama, pues, muchas veces, él se dormía primero y ni las buenas noches le daba.

Ella sentía algo ya había muerto en ella, no era rabia y mucho menos odio; era agotamiento psíquico por un cúmulo de frustraciones que no habían compartido, era un despertar tardío de una mujer que comenzaba a mirarse con otros ojos, encontrándose que, para ella misma, era una gran desconocida.

No sabía si lo había dejado de amar o era otra de las crisis de la edad adulta, pues, a simple vista, no existían causales legales para pensar en un divorcio. Estaba reconociendo la soledad dentro de la convivencia, aunque también entendía que el amor no era eterno por naturaleza, que debía ser alimentado, cuestionado.  Pero, Pedro siempre tenía la razón y muchos asuntos no se podían tratar con tranquilidad porque su malgenio, con más silencios y aislamiento llegaban a ser parte de esta familia. Al esposo, solo se le podía decir bueno señor, todo está muy bien, como tú digas. Buscando esa sana convivencia, esta madre y esposa dejó de reclamar, de pedir atención, de compartir sus propios sueños y proyectos.

Lo que no se renueva se estanca, lo que se estanca se enferma y era el caso de este matrimonio que se construyó sobre promesas y expectativas, envejece junto con los cuerpos, pero pocas veces con la madurez que se espera, en las personas que tienen edades mayores.

Se debía mirar esta situación con un análisis psíquico, emocional y simbólico, para explicar porqué, al igual que Lupita, tantas mujeres dejan de amar a sus esposos, con el paso de los años.

Lo que antes era seguridad, ya lo sentía como una prisión y lo que era rutina amorosa, se convierte en un ciclo cerrado en el cual nada florece.

Esta mujer tenía la claridad de saber cómo reaccionaba su marido ante cualquier estímulo o pregunta o conversación, ya le parecía inútil hablarle pues, sabía que no la escuchaba o que al segundo le preguntaría algo sobre lo que ya le había contado, mostrando total desinterés en sus manifestaciones. Ya la novedad se había ido, la capacidad de asombro había desaparecido.

El amor se había convertido en convivencia, a veces en hábito y en resistencia.

Entendí que la situación de Lupita era bien delicada, no estaba necesitando regalos costosos, romances de película, era su deseo de cambiar ese modelo de pasividad para sentir que estaba viva, un intercambio verdadero, pero, seguía recibiendo día tras día, el mismo silencio, las mismas frases cortadas, la misma ausencia de curiosidad.

Este vacío emocional era invisible a los ojos de los demás, desde afuera, todos la veíamos feliz y tranquila,  solo ella sabía qué batalla estaba librando.

Con ella, entendí que la ausencia de conflicto no es señal de paz, es más bien un síntoma de indiferencia que estaba minando su relación.

La visita debía concluir, Pedro pasó a recogerla para regresar a su normalidad familiar, de pareja, pero ya Lupita entendido que había muchas mujeres en su misma situación, culpando al nido vacío de sus dudas y sensaciones y no queriendo mirar que la razón estaba en la relación que tenía con su pareja, su compañero de vida.

Ella quería que todo cambiara, pero repetía cada comportamiento de forma igual, a como lo hacía cuando iniciaron su vida juntos, los silencios, el no comunicar sus dudas, sentimientos, sueños, deseos, proyectos, a la persona que había elegido para caminar por las sendas de la vida, pues estaba segura que no la iba a mirar o a escuchar.

Cuando la despedí, me asaltó una pregunta, Lupita estaba viviendo todavía el síndrome del nido vacío o era su corazón el que estaba vació, algo así como vacante.

Espero que Lupita regrese pronto, para disfrutar de otra buena conversación que compartiré con ustedes.

7 COMENTARIOS

  1. Excelente artículo y muy real. La mayoría de los hogares pasan por esta situación que solo refleja el apego a los hijos, al marido y hasta los amigos. Hay que procurar que se tenga salud mental, gestionando las emociones y definiendo, aclarando, sabiendo quien eres realmente y cuál es tu misión en la vida. Muy interesante que Lupita pueda expresar sus sentimientos y la psicoterapia es muy importante. Es básico y fundamental apoyarse en la meditación, en los amigos y entender que…repetimos historias.

  2. Qué tema tan interesante, invita realmente a reflexionar sobre cómo se debe mantener viva esa motivación que al inicio de la relación era una hoguera y que con el paso del tiempo se convierte en una pequeña llama. Motivos: varios, los que sean. Acción: Reavivarla y mantenerla activa, como Picasso: verlo todo color rosa, hasta el ocaso.

  3. Hummm….yo creo que todos los que compartimos la vida con alguien, se llega a estas épocas, más no creo que solucionarlas sea de uno para todos, creo cada ser debe poner de su parte,, con diferentes situaciones y cosas, pero que se llega siempre a lo mismo, tratar de vivir en paz los días que nos quedan…un abrazo a mi hermanita y prima del alma.

  4. Excelente artículo Olguita, una realidad muy común y se puede dar a cualquier edad, no es por la vejez porq hay parejas que se vuelven más unidas con los años. Más bien el hastío particular por circunstancias que sólo son del dominio íntimo de la pareja. En estos casos, la terapia de pareja involucra la participación de ambos para un buen diagnóstico.

  5. Este artículo trae una gran verdad, el amor se debe cultivar, sino se riega con pequeños detalles poco a poco se va muriendo.
    Lo tomo como ejemplo y si la vida y mi historia me dan algún día de compaginar con alguien tratare de cultivar ese amor antes que llegue el ocaso y juntos veremos el nacimiento de la luna, de lo contrario se volverá un constante verano, sin brisa ni primavera.

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